Friday, August 27, 2010

Los quejosos

He vivido en mi vida con muchos “quejosos” y, por eso mismo, desde que logré despegarme de un modo total y radical de toda persona asi -en términos humanos obviamente- me ha quedado una hiperalergia cuando la detecto. No sé si sea justo o no, no se si deba mejorar eso también o no, pero sencillamente no soporto las quejas ni las personas que se quejan.




Hasta tal punto, que si bien reconozco que la regla emperatriz de todas las reglas, en cuestiones humanas, es el equilibrio, en todo equilibrio, aquí no encuentro equilibrio posible, la queja, por experiencia personal, hay que arrancarla de cuajo, es un cáncer, un agujero por donde se nos escapan todas las posibles energías para enfrentar el problema que nos “aqueja”. Sé que esto puede desatar la polémica, y estoy dispuesto a cambiar mi punto de vista, o a ampliarlo, si alguien me ofrece una visión superadora aportando con su experiencia un equilibrio distinto del combatir de un modo radical toda queja posible. Pero a esta conclusión he llegado en mi experiencia personal, sin que nada nunca la haya contradicho o negado, o siquiera me haya hecho dudar de que las cosas son de ese modo. Bueno, por eso, para debatir y salir de esta opinión solipsista les dejo este post.

Otra actitud típicamente egocéntrica es la queja. Este fenómeno merece una consideración especial. La queja parece sobrepasar el horizonte estrictamente humano, ya que es posible observar un proceso análogo hasta en los animales. No parece imprudente afirmar que la totalidad de los animales de un grado de desenvolvimiento superior, es decir aquellos que poseen una mayor capacidad perceptiva de valores (intentiones) respecto del medio que los rodea, presentan este fenómeno. Cuando un animal está sufriendo un dolor actual, expresa ese dolor actual por varios medios, chillidos, estremecimientos, etc. Esa expresión de dolor parece tener el fin inmediato de un pedido de auxilio a los de su misma especie, dejando de lado la eficacia actual de ese pedido, parece ser también un modo de reclamar la solidaridad del medio en la comunicación al medio del dolor propio. Esa comunicación del dolor tiene un papel importantísimo en las crías de cualquier raza, ya que llama la atención de los padres sobre cualquier peligro inminente. Es por eso que hasta en los animales las crías siempre son más chillonas y quejosas que el animal adulto y desarrollado. De aquí nos resulta patente que la queja en una personalidad infantil es un modo de perpetuar el deseo del nido, es decir de la seguridad de la vigilancia paterna. En el hombre esa comunicación del dolor adquiere también la característica específica de un deseo de alivio al participar a otros el sufrimiento propio. Sin embargo, esa comunicación tiene un efecto indeseado, si lo único que se busca en el otro es la captación de su atención por medio de la conmiseración ajena. Ese efecto indeseado es que la expansión de nuestro dolor a otro, por medio de la comunicación de ese dolor, crea una especie de caja de resonancia que termina aumentando el mismo dolor. Esto sucede porque la comunicación del dolor deja de ser una búsqueda esperanzada en el otro de la solución al problema, o de la visión que nos hace encarar, del modo más realista posible, el sentido último de ese dolor. Por tanto, si dejo de buscar ayuda real en el otro, para simplemente captar su atención por medio de la queja, encontrando únicamente el alivio transitorio del tibio refugio en el otro, es claro que esa comunicación del dolor o queja lo único que hace es aumentar el dolor. Esto podemos verlo clarísimamente en los niños, cuando un niño se golpea y nadie lo ve, en el caso que el golpe no sea muy fuerte, muy probablemente ni siquiera llore. Por el contrario, si percibe que está siendo visto, exactamente en el momento que toma conciencia de eso, comienza a llorar, justamente para atraer la compasión ajena. Y llora no necesariamente porque adopte una actitud artística absolutamente consciente, imposible en el niño. Llora porque de algún modo la percepción ajena aumentó realmente el dolor subjetivo. Ese aumento del dolor se da porque el otro cuando percibe nuestra miseria, de algún modo, la confirma. De un modo inconsciente es como si dijera “no es una ilusión que estoy sufriendo otro también percibe que estoy sufriendo”. Entonces si el padre le resta importancia, porque ve realmente que el golpe carece de ella, rápidamente el llanto se extingue. Si por el contrario, refuerza la confirmación del dolor por medio de un consuelo desproporcionado a la magnitud del dolor, es muy probable que el llanto se extienda mucho más de lo necesario. Y si ese sobreconsuelo o sobreprotección es una actitud constante, por parte de los padres, en la etapa de crecimiento, esa sobreprotección nos va a dar un resultado seguro: una persona incapaz de afrontar por sí misma el dolor. El defecto contrario, es decir el de carencia afectiva por parte de los padres, puede conducir al mismo resultado, aunque en bastante menor grado, y no como consecuencia directa. En este caso, la incapacidad de una persona para enfrentar el dolor, no sucede como un desprendimiento necesario de la carencia. Se llega a esa incapacidad por un camino indirecto, es decir que esa carencia afectiva genera un complejo de inferioridad, que a su vez se refuerza por medio de la autocompasión. La autocompasión, como veremos, termina generando una incapacidad de afrontar los sufrimientos. Por tanto, la educación de este problema va a ser siempre enseñar a la persona que cuando comunica el dolor es para encontrar en el otro una esperanza, una solución o la visión del sentido de ese dolor, en definitiva para esperar del otro una ayuda real y no simplemente el dulce refugio de la compasión. Siguiendo ese principio, la comunicación del dolor tiene que ser lo más natural posible, sin exageraciones, sin tomar poses artísticas artificiales, siendo siempre una exposición de los hechos lo más objetiva posible. Ahora bien, surge una duda de orden práctico, ¿qué hacer cuando estamos en la duda de si estamos queriendo comunicar nuestro sufrimiento para buscar compasión o si realmente buscamos una ayuda concreta?. Creo que una norma sana es retener esa comunicación de nuestros dolores hasta no tener una idea clara de la ayuda en concreto que vamos a pedir. Es mejor el riesgo del defecto de comunicación de las tribulaciones que el riesgo del exceso. Por supuesto en este punto estamos hablando de personas que tienen la manía de quejarse, y es necesario reeducarlas. Todavía podría objetarse que reprimir la queja o la expresión del dolor es algo dañino siempre, ya que existen muchas personas que reprimen esas quejas y que no expresan esos dolores y eso ciertamente no les ayuda ni les hace bien. Esto es totalmente cierto, salvo por una pequeña distinción, lo único que se reprime es la queja externa, es decir la comunicación a otros del dolor propio, no se reprime la queja interna sino que se alimenta con un proceso de autocompasión. Ciertamente que esta situación crea una bomba de tiempo, y entre dos defectos, el de quejarse externamente y el de quejarse internamente, es siempre menos dañina la queja externa, y al mismo tiempo esta se presenta como un alivio para la queja interna. Sin embargo, este desahogarse no termina de resolver el problema íntimo de la actitud del hombre frente al sufrimiento, que es la raíz última de la antedicha dificultad. Ese desahogo es apenas un parche transitorio y ambas quejas deben ser reeducadas. Tanto la que busca la atención externa del otro, como la que busca el refugio en sí mismo por medio de la autocompasión

1 comment:

enREDarse said...

Hola Padre Roberto... pasamos a comentarle que hemos agregado su blog a nuestro proyecto de "Cristo en Red":

http://www.cristoenred.com.ar

BENDICIONES EN EL SEÑOR!
-Raúl-