Tuesday, September 23, 2014

Papa Francisco:Escuchar a Jesús con los oídos y con el corazón

Sta. Marta: la vida cristiana es escuchar la Palabra y ponerla en práctica

El Santo Padre en la homilía de este martes, invita a escuchar a Jesús con los oídos y con el corazón


El santo padre Francisco ha recordado en la homilía de este martes en la misa matutina en Santa Marta que la vida cristiana es "sencilla". Consiste en escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica, no limitándose a "leer" el Evangelio, sino preguntarse de qué forma sus palabras hablan a nuestra vida.
Las palabras que Jesús decía sonaban nuevas, como nueva aparecía la autoridad que llevba. Palabras que tocaban el corazón y en los que percibían "la fuerza de la salvación" que anunciaban. Por esto, ha precisado el Papa, la gente seguía a Jesús, "por conveniencia", sin demasiada pureza en el corazón, quizá por el "querer ser más buenos". A propósito, el Pontífice ha señalado que en dos mil años el escenario no ha cambiado mucho. También hoy muchos "escuchan a Jesús como esos nueve leprosos del Evangelio que, felices con su sanación, se olvidan que de Jesús les había devuelto la salud".
Y el Papa lo explica así: "pero Jesús continuaba hablando a la gente y amaba  a la gente y amaba a la multitud, hasta que punto que dice 'estos que me siguen, esta gran multitud, son mi madre y mis hermanos'. Y  explica: 'aquellos que escuchan la Palabra de Dios, la ponen en práctica'. Estas son las dos condiciones para seguir a Jesús: escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica. Esta es la vida cristiana, nada más. Sencillo, sencillo. Quizá nosotros la hemos hecho un poco difícil, con muchas explicaciones que nadie entiende, pero la vida es así: escuchar la Palabra de Dios y practicarla".
Tal y como explica en pasaje del Evangelio de Lucas, es así como Jesús replica a quien le decía que sus parientes le estaba buscando. El Papa ha recordado las palabras de Jesús: "Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica". Por eso, Francisco ha indicado que para escuchar la Palabra de Dios, la Palabra de Jesús, basta abrir la Biblia, el Evangelio. Pero estas páginas no son leídas, son escuchadas. "Escuchar la Palabra de Dios es leer eso y decir: '¿pero a mí esto qué me dice, a mi corazón? ¿ Qué me está diciendo a mí, con esta palabra?" Y así, ha observado el Pontífice, nuestra vida cambia.
"Cada vez que hacemos esto --abrimos el Evangelio y leemos un pasaje y nos preguntamos: '¿Con esto Dios me habla, me dice algo? Y si me dice algo, ¿qué me dice?-- esto es escuchar la Palabra de Dios, escucharla con los oídos y escucharla con el corazón. Abrir el corazón a la Palabra de Dios. Los enemigos de Jesús escuchaban la Palabra de Jesús, pero estaban cerca de él para encontrar un error, para hacerle resbalar, y que perdiera autoridad. Pero nunca se preguntaban: '¿qué me dice Dios en esta Palabra?' Y Dios no habla solo a todos: sí, habla para todos, pero habla a cada uno de nosotros. El Evangelio se ha escrito para cada uno de nosotros".
 Por otro lado, el papa Francisco ha recordado que poner en práctica lo que se escucha "no es fácil", porque "es más fácil vivir tranquilamente sin preocuparse de las exigencias de la Palabra de Dios". De este modo, ha afirmado que algunas pistas concretas para hacerlo son los mandamientos y las bienaventuranzas. Contando siempre con la ayuda de Jesús, también cuando nuestro corazón escucha pero finge no entender, ha precisado. Asimismo, ha indicado que Él "es misericordioso y perdona a todos", "espera a todos, porque es paciente".
Para finalizar, el Obispo de Roma ha indicado que "Jesús recibe a todos, también a aquellos que van a escuchar la palabra de Dios y después lo traicionan. Pensemos en Judas. 'Amigo', le dice, en ese momento en el que lo traiciona. El Señor siempre sembra su palabra, solamente pide un corazón abierto para escucharla y buena voluntad para ponerla en práctica". Y así concluye Francisco con una oración: "Guíame Señor sobre el sentimiento de tus mandamientos, es decir, sobre el sentimiento de tu Palabra, para que aprenda con tu guía y la ponga en práctica".

sobre el sinodo de la familia en octubre









ANDREAS SOLARO / AFP
Nos encontramos a escasos días del Sínodo extraordinario de los obispos, en el cual abordarán los problemas de la familia en el mundo actual. Aunque cueste trabajo creerlo, el planeta es más grande que Occidente donde, por cierto, la prensa ha generado expectativas fuera de lugar.

El objetivo del Sínodo, como bien explicó el Cardenal Parolín, no es cambiar la doctrina de la Iglesia pues ésta depende del Evangelio, sino abordar los problemas de la familia y del matrimonio, para definir una estrategia pastoral que vaya desde lo local, hasta lo global. El reto es fenomenal. Personalmente me llena de gozo saber que, en el mundo de los relativismos y las frivolidades, hay una institución que se toma en serio un hecho que habrá de acompañarnos toda la vida: la familia, la que sea, como nos haya tocado.

Las falsas expectativas obedecen, más allá de la mala leche que pueda existir, a la falta de conocimiento sobre el modo en que se desarrolla un debate en clave católica, de manera especial cuando entran en juego grandes temas como la familia. Nada más falso que la idea de la soberana intransigencia dentro de la Iglesia, aunque la tentación siempre existe por lo que es necesario combatirla sin cuartel. Nunca falta quien confunda la autoridad con la inmovilidad. Para entender cómo se desarrolla un debate dentro de las coordenadas católicas es necesario atender, en principio, a cinco elementos.

1.-Domina la máxima de San Agustín: en lo esencial unidad, en lo dudoso libertad y en todo caridad. Lo esencial es poco y sólido pues depende de la doctrina emanada del Evangelio y la tradición. Así, porque el suelo es firme, los debates suelen ser intensos. Sin embargo, cuando se respeta lo esencial impera la caridad que no debe confundirse con sonrisitas edulcoradas y decentes intercambios de saludos. En un debate serio, como el que ahora presenciamos previo al Sínodo, la caridad se afirma con apertura y diálogo, es decir, buscando la verdad aunque falten las sonrisitas. En cambio, cuando lo esencial no se respeta, la libertad se torna en diatriba y la caridad se ausenta. Entonces, la catolicidad se pierde. Hasta el momento no hemos observado a nadie en esta situación y estoy seguro que no lo encontraremos.

El debate entre los cardenales Kasper y Müller resulta apasionado a momentos, pero sigue la lógica de San Agustín. Ninguno cuestiona la sacramentalidad del matrimonio, que es lo esencial, por lo que argumentan con gran libertad sobre la atención pastoral a los divorciados vueltos a casar. Otros cardenales se han sumado al discusión, lo que es lógico además de muy saludable. Que nadie se alarme, al final la caridad ganará la partida. Lo veremos.

2.- El debate mantiene un orden específico acorde al diálogo fe y razón. Se observa un problema, se plantea una hipótesis, se buscan los argumentos a favor y en contra echando mano de muy distintos saberes teológicos, científicos, sociológicos, históricos, etc., para tomar decisiones firmes e informadas. Lo normal en estos casos es la participación de diversos actores eclesiásticos en diferentes momentos -sean laicos, religiosos, presbíteros, obispos, teólogos-, a través de consultas, como asesores, etc. Se tiene la profunda convicción de que la realidad es el mapa de nuestra existencia; la razón, el medio que nos ayuda a comprenderle y; la fe, la brújula que orienta el camino.

Al parecer, en el caso arriba comentado, con el permiso del Papa, Kasper y Müller llevan distintas partes y, seguro, están muy convencidos de lo que dicen. El mismo Papa se encargó de plantear la hipótesis a debate sobre la conveniencia de, en ciertos casos, después de periodos penitenciales, aceptar a la comunión sacramental a los divorciados vueltos a casar. Lo cierto es que el método se va cumpliendo y material para discutir en este sensible punto abunda, como en otros más. Las decisiones pastorales, estemos seguros, no se tomarán a la ligera.




3.-Se promueve el diálogo entre justicia y misericordia. Si sólo la primera, nos acercamos al rigorismo que traiciona la justicia; si sólo la segunda, se confunde con el laxismo que es lo opuesto a la misericordia. Cuando el debate se realiza dentro de las coordenadas fe-razón y justicia-misericordia, entramos al terreno de la caridad lo que, por otro lado, confirma el viejo principio de la cultura católica: et-et, sumar en la caridad.  El lector podrá dibujar un plano cartesiano en cuyo centro se encuentre, precisamente, la caridad. Será de gran ayuda para entender dónde se ubican las distintas posiciones con sus matices y, también, cómo ninguna de ellas abandona el terreno del Evangelio y la tradición.

4.- Las diversas escuelas teológicas ocupan un lugar muy importante en el debate. Hoy, es necesario tomarlo en cuenta, desde el Cardenal Newman se busca centrar la reflexión en la dignidad de la persona frente a los excesos colectivistas, individualistas y utilitarios de nuestro tiempo. Este personalismo filosófico y teológico ha estado muy presente en el magisterio de los últimos papas, incluido Francisco. El principio es sencillo. Cristo nos muestra la plenitud de nuestra humanidad porque nos abre el camino hacia Dios. El diálogo entre fe y razón, entre nuestra frágil humanidad y Jesús, entre la justicia y la misericordia se orienta hacia la dignificación de cada persona y de todas las personas con el fin de hacerse realidad en la particularidad de cada cultura. Francamente, en el momento actual del debate y habiendo revisado las diversas posiciones, observo en los participantes, sin excepción, la misma intención y vocación por la persona.


5.-El debate se somete en todo momento a una prueba de autenticidad: la fe en la razón debe coincidir con las razones de la fe. Sólo entonces estamos ante una genuina discusión dentro de las coordenadas católicas.

El proceso en su conjunto conduce a tomar decisiones firmes en el terreno pastoral, aunque resulten impopulares o políticamente incorrectas. Su implantación y desarrollo podrá tomar generaciones, pero se llevará adelante. En el momento culminante de la toma de decisiones, no debemos olvidarlo, el Papa estará sólo frente a Dios.

 La denuncia profética de Paulo VI contra la mentalidad antinatalista de nuestra época y de la injusticia sistémica contra los pobres del mundo, así como su defensa no menos profética del Concilio, del ecumenismo y la libertad religiosa son buenos ejemplos de lo que aquí exponemos. Su valentía, tan atacada dentro y fuera de la Iglesia por motivos en ocasiones disímbolos, permitió a los católicos avanzar en medio de dificultades. Hoy, la promoción de la vida y del diálogo ecuménico e interreligioso, la defensa de la libertad religiosa, la afirmación de la Doctrina Social de la Iglesia y el mismo Concilio son realidades cotidianas para los católicos del común; pero suelen olvidarse las grandes polémicas que desataron en su momento. Incluso, hubo quienes abandonaron la catolicidad por sus extremismos asegurando ser, cosa curiosa, los auténticos católicos.

La sinodalidad en la conducción de la Iglesia tan amada por Paulo VI, como ahora por Francisco, confirma la responsabilidad personal de cada obispo y del mismo Papa en la toma de decisiones. Poca sorpresa, Ratzinger lo explicó con maestría: la Iglesia camina por el delicado equilibrio entre la colegialidad y la responsabilidad personal, los laicos incluidos obviamente. Una vez más, el viejo principio: et-et, sumar en la caridad.

Porque hay orden y claridad en los debates eclesiásticos puede existir la libertad. Pensar que la Iglesia pudiera alcanzar un estado de quietud argumentativa es llamarse a engaño. Esto nunca ha sucedido, ni siquiera en los tiempos apostólicos, lo que constituye una de las más grandes riquezas de la catolicidad. De hecho, uno de sus más importante motores a lo largo de la historia y razón por la cual resulta tan apasionante estudiarla. Estoy seguro que el Sínodo sobre la familia, en sus dos capítulos, no será la excepción. Sus decisiones marcarán el rumbo de la Iglesia en la presente y futuras generaciones. Sólo una recomendación: ¡abróchense los cinturones de seguridad porque esto se pondrá muy emocionante!

resumen de la vida del Padre Pio mi santo preferido

San Pío de Pietrelcina - 23 de septiembre
«Uno de los más conocidos estigmatizados. Sufrió muchas pruebas, pero fue agraciado con numerosos dones y carismas. Es un moderno cirineo que no solo se abrazó a la cruz personalmente, sino que ayudó a otros a portarla»
- Francesco Forgione es una de las figuras emblemáticas del siglo XX, extraordinariamente probado y aclamado como santo antes de su muerte. Lo inexplicable tuvo en él a uno de sus insignes representantes. Fue, sin proponérselo, vía de controversia para los incrédulos, de los que eligieron la razón como bandera. Es un instrumento del cielo para mostrar a los reticentes y al resto del mundo la grandeza y el poder infinito del amor de Dios, clave única de tanto misterio, acogido sin dudar por los sencillos y humildes de corazón.
Un caudal de dones: estigmas, bilocación, curación, profecía, lágrimas, penetración de espíritu, de perfume (sus estigmas olían a flores), etc., fueron llegando a la vida de este capuchino, que solo quiso ser «un fraile que reza», en medio de incontables sufrimientos, sirviéndole como peana para alcanzar la gloria eterna. «Los ángeles solo nos tienen envidia por una cosa: ellos no pueden sufrir por Dios. Solo el sufrimiento nos permite decir con toda seguridad: Dios mío, mirad cómo os amo». Entendió perfectamente las palabras de Cristo: «Casi todos vienen a mí para que les alivie la cruz; son muy pocos los que se me acercan para que les enseñe a llevarla». Este moderno cirineo no vaciló; portó la cruz elegantemente hasta el fin de sus días, unido al Redentor, infundiendo aliento a los demás y ayudándoles a llevar la suya: «Ten por cierto que si a Dios un alma le es grata, más la pondrá a prueba. Por tanto, ¡coraje! y adelante siempre».
Nació en Pietrelcina, Italia, en el seno de una humilde familia, el 25 de mayo de 1887; fue el cuarto de ocho hijos. A los 5 años tuvo la primera aparición del Sagrado Corazón de Jesús, y tiempo después comenzaron las de la Virgen, que perduraron siempre. A esa edad le asaltaron los envites del diablo, que no cesaron de atormentarle a lo largo de su existencia. Su ángel de la guarda, cuya presencia se le hizo patente, le fue asistiendo en su misión. Fue un niño silencioso, disciplinado, tímido, sensible y estudioso. Devotísimo de Jesús y de María, se las ingenió para que el sacristán le permitiese acudir al Sagrario cuando el templo estaba cerrado.
Era pequeño cuando por su mediación sanó un niño que tenía malformaciones y al que su madre, desesperada, arrojaba contra el altar. Ingresó con los capuchinos en 1903. La víspera se le apareció la Virgen acompañando a su divino Hijo, quien le animó en el paso que iba a dar poniendo la mano sobre su hombro. En otras visiones terribles de sesgo diabólico había contemplado los sufrimientos que le esperaban, y Cristo le confortó asegurándole que estaría junto a él hasta el fin del mundo. También María le consoló.
Se ordenó en Benevento en 1910 con este sentimiento: «Que yo sea un altar para tu Cruz. Un cáliz de oro para tu sangre». No gozó de buena salud. De pequeño había estado a punto de morir de fiebres tifoideas, y aún así llevó una vida austera, de grandes ayunos y penitencias. Poco después de ordenarse, muy enfermo tuvo que regresar a Pietrelcina para reponerse. Fue de convento en convento y sirvió en filas; seguía sin mejorar. En 1912 este fraile de fuerte carácter y cierta rudeza, pero de inmenso corazón, percibió los primeros signos de los estigmas y, aún fugazmente, el amor místico. En 1916 partió a San Giovanni Rotondo con idea de pasar un tiempo, pero permaneció allí el resto de su vida. En agosto de 1918 experimentó la transverberación, sintiéndola como un dardo de fuego que se le clavaba en el corazón, y en septiembre los estigmas, «visibles y sangrantes», que nunca cesaron.
Había recibido el don de aglutinar en torno a sí a personas que demandaban su consejo espiritual; no las decepcionó. Asistió a todas a través de exhortaciones, diálogos y un sinfín de cartas que cursó hasta que fue vetado por las autoridades eclesiásticas que examinaban concienzudamente su caso. Y es que en 1918, al quedar al descubierto las llagas de Cristo que había recibido en sus manos, pies y costado izquierdo, comenzó otro calvario uniéndose los combates contra el diablo que arremetía contra él casi de continuo. A cada uno se nos concede la gracia que nos basta. Al padre Pío no le faltó tampoco en medio de la estrecha vigilancia a la que fue sometido, sobre todo entre los años 1922 y 1923. El Santo Oficio dudaba de la «sobrenaturalidad de los hechos» y ello le acarreó no pocos sufrimientos. No pudo oficiar misa públicamente ni remitir escrito alguno, de modo que no pudo responder a las misivas que iban llegando al convento. Los numerosos fieles que acudían a sus misas, que duraban horas y en las que mostraba su profunda adoración al misterio del sacrificio del Redentor, no pudieron acompañarle. En 1931 la situación empeoró. La orden dictada era estricta; se redujo a la celebración privada de la misa. Dos años más tarde cesó esta restricción y en 1934 pudo confesar. Atrás quedaba una década de reclusión en su celda, soportando interrogatorios entre las sospechas de sus hermanos, de miembros de la Santa Sede, médicos y otros.
Entre tanto, se multiplicaron las conversiones en torno al santo que había llegado a pasar 16 horas diarias en el confesionario; tenía una lista de espera de varios días porque la gente quería ser dirigida por este sacerdote que reprendía con dureza las faltas de amor. Ello se debía, como se viene constatando en este santoral de ZENIT a través de otras vidas que se han ido ofreciendo, por la intensísima pasión por lo divino que inundaba sus entrañas: «Todo se resume en esto: estoy devorado por el amor a Dios y el amor al prójimo. ¿Cómo es posible ver a Dios que se entristece ante el mal y no entristecerse de igual modo? Yo no soy capaz de algo que no sea tener y querer lo que quiere Dios». En 1940 proyectó la «Casa Alivio del Sufrimiento», inaugurada en 1956. En 1960 fue objeto de nuevas prohibiciones; en 1964 las levantaron. Murió el 22 de septiembre de 1968, tras medio siglo con los estigmas. Juan Pablo II lo beatificó el 2 de mayo de 1999, y lo canonizó el 16 de junio de 2002.

Friday, September 19, 2014

Papa Francisco: La identidad cristiana se realiza con nuestra resurrección






La identidad cristiana se realiza con nuestra resurrección, dijo el Papa Francisco en la homilía



 El recorrido del cristiano se realiza en la Resurrección. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la misa matutina celebrada en la Casa Santa de Marta. Al comentar las palabras de San Pablo en la Primera Carta a los corintios, el Pontífice subrayó que los cristianos parecen tener dificultades para creer en la transformación del propio cuerpo después de la muerte.

El Santo Padre centró su homilía en la primera lectura en la que San Pablo realiza una “corrección difícil”, “la de la Resurrección”. El Apóstol se dirige a la comunidad de los cristianos de Corinto, quienes creían que “Cristo ha resucitado” y “nos ayuda desde el Cielo”, pero no era claro para ellos que “también nosotros resucitaremos”. “Ellos – dijo Francisco – pensaban de otro modo: sí, los muertos son justificados, no irán al infierno – ¡muy lindo! – pero irán un poco en el cosmos, en el aire, allí, el alma delante de Dios, sólo el alma”.

Por otra parte, prosiguió explicando el Papa, también San Pedro “la mañana de la Resurrección fue corriendo al Sepulcro y pensaba que habían robado su cuerpo”. Y así también María Magdalena. “No entraba en su mente – observó Francisco – una resurrección real”. No lograban comprender ese “pasaje nuestro de la muerte a la vida”, a través de la Resurrección. Al final, comentó el Obispo de Roma, “han aceptado la Resurrección de Jesús porque lo han visto”, pero “la de los cristianos no era comprendida”. Y recordó que cuando San Pablo va a Atenas y comienza a hablar de la Resurrección de Cristo, los griegos sabios, filósofos, se asustan:

“Pero la resurrección de los cristianos es un escándalo, no pueden comprenderla. Y por esto Pablo hace este razonamiento, razona así, es tan claro: ‘Si Cristo ha resucitado, ¿cómo pueden decir algunos de entre ustedes que no existe la resurrección de los muertos? Si Cristo ha resucitado, también los muertos resucitarán’. Está la resistencia a la transformación, la resistencia a que la obra del Espíritu que hemos recibido en el Bautismo nos transforme hasta el final, en la Resurrección. Y cuando nosotros hablamos de esto, nuestro lenguaje dice: ‘Yo quiero ir al Cielo, no quiero ir al Infierno’, pero nos detenemos ahí. Ninguno de nosotros dice: ‘Yo resucitaré como Cristo’: no. También a nosotros nos resulta difícil entender esto”.
Francisco añadió que “es más fácil pensar en un panteísmo cósmico”. Y esto a causa de “la resistencia a ser transformados, que es la palabra que usa Pablo: ‘Seremos transformados. Nuestro cuerpo será transformado’”. “Cuando un hombre o una mujer debe someterse a una intervención quirúrgica – dijo también el Papa – tiene mucho miedo, porque o le quitarán algo o le pondrán alguna otra cosa… será transformado, por decirlo de alguna manera”. Y reafirmó que “con la Resurrección, todos nosotros seremos transformados”:

“Éste es el futuro que nos espera y éste es el hecho que nos lleva a resistirnos tanto: resistencia a la transformación de nuestro cuerpo. También resistencia a la identidad cristiana. Diré más: quizá no tengamos tanto miedo al Apocalipsis del Maligno, del Anticristo que debe venir antes; quizá no tengamos tanto miedo. Quizá no tengamos tanto miedo a la voz del Arcángel o al sonido de la trompeta; porque será la victoria del Señor. Pero quizá tengamos miedo de nuestra resurrección: todos nosotros seremos transformados. Esa transformación será el final de nuestro recorrido cristiano”.
Esta “tentación de no creer en la Resurrección de los muertos – prosiguió diciendo el Papa – nació en los primeros días de la Iglesia. Y cuando Pablo tuvo que hablar de esto a los Tesalonicenses, “al final, para consolarlos, para animarlos, dice una de las frases más llenas de esperanza del Nuevo Testamento: ‘Al final, estaremos con Él’”. Así es la identidad cristiana: “Estar con el Señor. Así, con nuestro cuerpo y con nuestra alma”. Nosotros – añadió – “resucitaremos para estar con el Señor, y la Resurrección comienza aquí, como discípulos, si nosotros estamos con el Señor, si nosotros caminamos con el Señor”. Éste – reafirmó – “es el camino hacia la Resurrección. Y si nosotros estamos acostumbrados a estar con el Señor, este miedo de la transformación de nuestro cuerpo se aleja”.

La Resurrección – dijo también el Papa – “será como un despertar”. Y agregó que la identidad cristiana no termina con un triunfo temporal, no termina con una bella misión”, sino que se cumple “con la Resurrección de nuestros cuerpos, con nuestra Resurrección”:

“Allí está el fin, para saciarnos de la imagen del Señor. La identidad cristiana es un camino, es un camino donde se está con el Señor; como aquellos dos discípulos que ‘estuvieron con el Señor’ toda aquella tarde, también toda nuestra vida está llamada a estar con el Señor pero – al final, después de la voz del Arcángel, después del sonido de la trompeta – permanecer, estar con el Señor”.

Thursday, September 18, 2014

Papa Franscisco: El coraje de reconocerse pecadores abre a la caricia de Jesús y a su perdón

El coraje de reconocerse pecadores abre a la caricia de Jesús y a su perdón, dijo el Papa en su homilía



 El coraje de reconocerse pecadores abre a la caricia de Jesús y a su perdón, dijo el Papa en su homilía de la misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta.

La liturgia del día presenta el Evangelio de la pecadora que lava los pies de Jesús con sus lágrimas y los rocía con perfume, secándolos sus cabellos. Jesús es invitado a casa de un fariseo, “una persona de cierto nivel, de cultura” – afirmó el Papa – que “quería escuchar a Jesús”, su doctrina, quería saber más. Y juzga dentro suyo tanto a la pecadora como a Jesús porque “si fuera un profeta sabría quién es y de qué clase es la mujer que lo toca”. “Non era malo”, pero “no logra entender aquel gesto de la mujer”:

“No logra comprender los gestos elementales: los gestos elementales de la gente. Quizá este hombre había olvidado cómo se acaricia a un niño, como se consuela a una abuela. En sus teorías, en sus pensamientos, en su vida de gobierno – porque tal vez era un consejero de los fariseos – había olvidado los gestos elementales de la vida, los primeros gestos que todos nosotros, recién nacidos, hemos comenzado a recibir de nuestros padres”. 
Jesús – subrayó Francisco – reprocha al fariseo “con humildad y ternura”: “Su paciencia, su amor, las ganas de salvar a todos” lo lleva a explicarle lo que ha hecho la mujer y qué gestos de cortesía no ha tenido él. Y entre las murmuraciones escandalizadas de todos, dice a la mujer: “¡Tus pecados son perdonados!”. “Vete en paz, ¡tu fe te ha salvado!”:

“La palabra salvación– ‘Tu fe te ha salvado’ – la dice sólo a la mujer, que es una pecadora. Y lo dice porque ella ha logrado llorar sus pecados, confesar sus pecados, decir: ‘Yo soy una pecadora’, a decírselo a sí misma. No lo dice a aquella gente, que no era mala: ellos no se creían pecadores. Pecadores eran los demás: los publicanos, las prostitutas… Esos eran pecadores. Jesús dice esta palabra – ‘Tú estás salvado, tú estás salvada, te has salvado’– sólo a quien sabe abrir el corazón y reconocerse pecador. La salvación sólo entra en el corazón y cuando nosotros abrimos el corazón en la verdad de nuestros pecados”. 
“El lugar privilegiado del encuentro con Jesucristo – recordó el Papa – son los propios pecados”. Esto parece una “herejía – observó Francisco – pero también lo decía San Pablo” que se vanagloriaba sólo de dos cosas: de sus pecados y de Cristo Resucitado que lo ha salvado:

“Y por reconocer nuestros propios pecados, reconocer nuestra miseria, reconocer lo que nosotros somos y lo que somos capaces de hacer o hemos hecho es, precisamente la puerta que se abre a la caricia de Jesús, al perdón de Jesús, a la Palabra de Jesús ‘¡Vete en paz, tu fe te salva!’, porque has sido valeroso, has sido valerosa al abrir tu corazón a Aquel que sólo puede salvarte”. 
Jesús dice a los hipócritas: “Las prostitutas y los publicanos los precederán en el Reino de los Cielos”. “¡Es fuerte esto!” – concluyó diciendo el Papa Francisco – porque cuantos se sienten pecadores “abren su corazón en la confesión de los pecados, al encuentro con Jesús, que ha dado su sangre por todos nosotros”. 

Wednesday, September 17, 2014

La Iglesia es Católica y Apostólica dijo hoy en su catequesis el Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!


Continuamos hoy hablando de la Iglesia. Cuando profesamos nuestra fe, nosotros afirmamos que la Iglesia es “católica” y “apostólica”. Pero ¿cuál es, efectivamente, el significado de estas dos características de la Iglesia? ¿Y qué valores tienen para la comunidad cristiana y para cada uno de nosotros?


1. Católica significa universal. Una definición completa y clara nos la ofrece uno de los Padres de la Iglesia, en los primeros siglos, San Cirilo de Jerusalén, cuando afirma: “La Iglesia, sin duda, se llama católica, es decir universal, por el hecho de que está en todas partes, del uno al otro confín de la tierra; y porque abarca universalmente y sin defección todas las verdades que tienen que llegar al conocimiento de los hombres, ya sea de las cosas celestes, que las terrestres” (Catequesis XVIII, 23).


Signo evidente de la catolicidad de la Iglesia es que esta habla todas las lenguas. Y esto no es otra cosa que el efecto de Pentecostés (cfr. Hch 2, 1-13): es el Espíritu Santo, de hecho, el que hace que los Apóstoles y toda la Iglesia sean capaces de hacer llegar a todos, a los confines de la Tierra, la Bella Noticia de la Salvación y del amor de Dios.


La Iglesia nació católica, “sinfónica”, desde los orígenes y no puede dejar de ser católica, proyectada a la evangelización y al encuentro con todos.


La Palabra de Dios hoy se lee en todas las lenguas; todos tienen el Evangelio en su propia lengua, para leerlo. Vuelvo a decir lo mismo: es bueno que todos tengamos un evangelio pequeño, de bolsillo, al trabajo y durante la jornada poder leer una cita. ¡Esto nos hará bien!


El Evangelio está traducido a todas las lenguas para que la Iglesia anuncie a Jesucristo, Redentor a todo el mundo. Por eso se dice que la Iglesia es católica, es decir universal.


2. Si la Iglesia nació católica, quiere decir que nació “en salida”, que nació misionera. Si los Apóstoles se hubiesen quedado en el Cenáculo, sin salir a predicar el Evangelio, la Iglesia sería sólo la Iglesia de ese pueblo, de esa ciudad, de ese Cenáculo.


Pero todos salieron por el mundo. Desde el momento del nacimiento de la Iglesia,desde el momento de la venida del Espíritu Santo, por eso la Iglesia nació “en salida”, es decir misionera.

Es lo que expresamos cuando la calificamos de apostólica. Porque el apóstol es el que trae la Buena Noticia de la Resurrección de Jesús.

Este término nos recuerda que la Iglesia se basa en los Apóstoles y está en continuidad con ellos, son los Apóstoles los que van y fundan nuevas Iglesias, nombran obispos y por eso en todo el mundo está en continuidad.


Todos nosotros estamos en continuidad con ese grupo de Apóstoles que recibió el Espíritu Santo y después ha ido “en salida” a predicar.


La Iglesia es enviada a llevar a todos los hombres el anuncio del Evangelio, acompañándolo con los signos de la ternura y de la potencia de Dios. También esto deriva del evento de Pentecostés: es el Espíritu Santo, de hecho, el que supera toda resistencia, vence la tentación de encerrarnos en sí mismos, entre los pocos elegidos, y de considerarse los únicos destinatarios de la bendición de Dios.


Cuando, imaginemos que un grupo de cristianos hace esto: “nosotros somos los elegidos…”, al final mueren, primero en el alma y después en el cuerpo porque no tienen vida, no son capaces de generar vida, a otra gente, a otros pueblos, no son apostólicos.


Y es también el Espíritu Santo el que nos conduce al encuentro con los hermanos, también con los más distantes, en todos los sentidos, para que puedan compartir con nosotros el amor, la paz, la alegría que el Señor Resucitado nos ha dejado como regalo.


3. ¿Qué implica, para nuestras comunidades y para cada uno de nosotros, formar parte de una Iglesia que es católica y apostólica? Antes que nada significa tomarse en serio la salvación de toda la humanidad, no sentirse indiferentes o extraños a la suerte de nuestros muchos hermanos, sino abiertos y solidarios hacia ellos.


Significa, además, tener el sentido de la plenitud, de la integridad, de la armonía de la vida cristiana, rechazando siempre las posturas parciales, unilaterales, que nos encierran en nosotros mismos.


Formar parte de la Iglesia apostólica quiere decir ser conscientes de que nuestra fe está anclada al anuncio y al testimonio de los mismos Apóstoles de Jesús. Esta anclada ahí, a una larga cadena que viene de allí, y por esto sintámonos siempre enviados: sentirse mandados, en comunión con los sucesores de los Apóstoles, a anunciar, con el corazón lleno de alegría, Cristo y su amor a toda la humanidad.


Aquí quisiera recordar la vida heroica de tantos, tantos misioneros que han dejado su patria para ir a anunciar el Evangelio a otros países, continentes.


Me decía un cardenal brasileño que trabaja bastante en el Amazonas que cuando él va a un lugar, pueblo, del Amazonas, a una ciudad, va siempre al cementerio. Allí ve las tumbas de los misioneros: sacerdotes, religiosos, religiosas que han ido a predicar el Evangelio, apóstoles. Y él piensa: “todos estos pueden ser canonizados ahora, han dejado todo para anunciar a Jesucristo”.


Demos gracias al Señor porque nuestra Iglesia ha tenido muchos misioneros, tiene muchos misioneros y necesita a muchos más todavía ¡Demos gracias al Señor por esto!


Quizás entre todos los jóvenes, chicos y chicas, que están aquí algunos sienten el deseo de convertirse en misioneros. ¡Adelante! ¡Es bello llevar el Evangelio de Jesús! ¡Que sea valiente!


Pidamos entonces al Señor que renueve en nosotros el don de Su Espíritu, para que toda comunidad cristiana y todos los bautizados sean expresión de la Santa Madre Iglesia católica y apostólica. ¡Gracias!

Tuesday, September 16, 2014

Papa Francisco: Si no se está cerca de la gente y no se da esperanza, las prédicas son vanidad






Si no se está cerca de la gente y no se da esperanza, las prédicas son vanidad, dijo Francisco en su homilía



 Se pueden hacer bellas prédicas, pero si no se está cerca de las personas, si no se sufre con la gente y no se da esperanza, esas prédicas no sirven, son vanidad. Lo dijo el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta, en el día en que la Iglesia recuerda a los Santos mártires Cornelio, Papa, y Cipriano, Obispo.

El Evangelio del día habla de Jesús que se acerca a un cortejo fúnebre: una viuda de Naím ha perdido a su único hijo. El Señor realiza el milagro de devolver la vida al joven – recordó el Papa – pero hace más: está cerca. “Dios – dice la gente – ha visitado a su pueblo”. Cuando Dios visita “hay algo más, hay algo nuevo”, “quiere decir que su presencia está especialmente allí”. Jesús está cerca:

“Estaba cerca de la gente. Dios cercano que logra comprender el corazón de la gente, el corazón de su pueblo. Después ve el cortejo, y el Señor se acerca. Dios visita a su pueblo, en medio de su pueblo, y acercándose. Cercanía. Es la modalidad de Dios. Y después hay una expresión que se repite en la Biblia, tantas veces: ‘El Señor tuvo gran compasión’. La misma compasión que tenía, dice el Evangelio, cuando vio a tanta gente como ovejas sin pastor. Cuando Dios visita a su pueblo, está cerca de él, se acerca a él y siente compasión: se conmueve”.

“El Señor – prosiguió diciendo Francisco – se siente profundamente conmovido, como lo estuvo ante la tumba de Lázaro”. Como se conmovió aquel Padre “cuando vio volver a casa a su hijo” pródigo:

“Cercanía y compasión: así el Señor visita a su pueblo. Y cuando nosotros queremos anunciar el Evangelio, llevar adelante la Palabra de Jesús, éste es el camino. El otro camino es el de los maestros, el de los predicadores de aquel tiempo: los doctores de la ley, los escribas, los fariseos… Alejados del pueblo, hablaban… bien: hablaban bien. Enseñaban la ley, bien. Pero alejados. Y ésta no era una visita del Señor: era otra cosa. El pueblo no sentía esto como una gracia, porque faltaba la cercanía, faltaba la compasión, es decir, padecer con el pueblo”.

“Y hay otra palabra – subrayó el Papa – que es propia de cuando el Señor visita a su pueblo: ‘El muerto se incorporó y se puso a hablar, y Él – Jesús – se lo dio a su madre’”:

“Cuando Dios visita a su pueblo, devuelve la esperanza al pueblo. Siempre. Se puede predicar la Palabra de Dios brillantemente: en la historia hubo tantos buenos predicadores. Pero si estos predicadores no fueron capaces de sembrar esperanza, esa prédica no sirve. Es vanidad”.

Viendo a Jesús que devolvió el hijo vivo a su mamá – concluyó el Papa su homilía – “podemos entender lo que significa una visita de Dios a su pueblo. Y pedir como gracia que nuestro testimonio de cristianos sea portador de la visita de Dios a su pueblo, es decir, de la cercanía que siembra la esperanza”.

Monday, September 15, 2014

Sin la Madre Iglesia no podemos ir adelante, dijo el Papa en su homilía

Sin la Madre Iglesia no podemos ir adelante, dijo el Papa en su homilía



 Así como sin María no habría existido Jesús, del mismo modo “sin la Iglesia no podemos ir adelante”. Lo dijo el Papa al presidir la Misa matutina en la Capilla de la Casa de Santa Marta en la memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen Dolorosa:

La Liturgia – afirmó Francisco – después de habernos mostrado la Cruz gloriosa, nos hace ver a la Madre humilde y mansa. En la Carta a los hebreos “Pablo subraya tres palabras fuertes”, cuando dice que Jesús “aprendió, obedeció y padeció”. “Es lo contrario de lo que había sucedido a nuestro padre Adán, que no quiso aprender lo que el Señor mandaba, que no quiso padecer ni obedecer”. Jesús, en cambio, aun siendo Dios, “se despojó, se humilló a sí mismo haciéndose siervo. Ésta es la gloria de la Cruz de Jesús”:

“Jesús vino al mundo para aprender a ser hombre, y siendo hombre, caminar con los hombres. Vino al mundo para obedecer, y obedeció. Pero esta obediencia la aprendió del sufrimiento. Adán salió del Paraíso con una promesa, la promesa que iba adelante durante tantos siglos. Hoy, con esta obediencia, con este aniquilarse a sí mismo, humillarse, de Jesús, esa promesa devuelve esperanza. Y el pueblo de Dios camina con esperanza cierta. También la Madre, ‘la nueva Eva’, como la llama el mismo Pablo, participa en este camino del Hijo: aprendió, sufrió y obedeció. Y se convierte en Madre”.
El Evangelio nos muestra a María a los pies de la Cruz. Jesús dice a Juan: “He aquí tu madre”. María – afirmó el Papa – “es ungida Madre”:

“Y esta es también nuestra esperanza. Nosotros no somos huérfanos, tenemos Madres: la Madre María. Pero también la Iglesia es Madre y también la Iglesia es ungida Madre cuando recorre el mismo camino de Jesús y de María: el camino de la obediencia, el camino del sufrimiento; y cuando tiene esa actitud de aprender continuamente el camino del Señor. Estas dos mujeres – María y la Iglesia – llevan adelante la esperanza que es Cristo, nos dan a Cristo, generan a Cristo en nosotros. Sin María, no habría existido Jesucristo; sin la Iglesia no podemos ir adelante”.
“Dos mujeres y dos Madres” – prosiguió explicando el Papa Francisco – y junto a ellas nuestra alma, que como decía el monje Isaac, abad de Stella, “es femenina” y se asemeja “a María y a la Iglesia”:

“Hoy, viendo a esta mujer ante la Cruz, firme en seguir a su Hijo en el sufrimiento para aprender la obediencia, al verla vemos a la Iglesia y vemos a nuestra Madre. Y también vemos nuestra pequeña alma que no se perderá jamás, si sigue siendo también una mujer cercana a estas dos grandes mujeres que nos acompañan en la vida: María y la Iglesia. Y así como nuestros Padres del Paraíso salieron con una promesa, hoy nosotros podemos ir adelante con una esperanza: la esperanza que nos da nuestra Madre María, firme ante la Cruz, y nuestra Santa Madre Iglesia jerárquica”.