Thursday, September 20, 2007

El Padre Pío


-¿Quién es este pequeño fraile?- es la pregunta de peregrinos y turistas que, de visita en Roma, se encuentran con una estatuilla que inunda tiendas y calles de la Ciudad Eterna, y que muchos adquieren, con devoción, para llevarla a sus hogares o en cumplimiento de algún encargo. Se trata de una figura encorvada, canosa, barbada, bañada por el hábito franciscano y con manos cubiertas por guantes que dejan libres los dedos.


A la pregunta, la respuesta suele ser sorpresiva, porque quien preguntó no le conoce, pero animosa y con alegre entusiasmo: -¡Es el Padre Pío, San Pío de Pietrelcina, un gran santo que canonizó Juan Pablo II! ¡muy milagroso! ¡muy querido en toda Italia!. En efecto, fue canonizado el 16 de junio de 2002, luego de que fuera beatificado, también por el Papa Juan Pablo II el 2 de mayo de 1999. La fecha de su celebración es el 23 de septiembre.

La figura del Padre Pío es atractiva por la manera en que se fue santificando en vida, pero su historia se rodea de muchas cosas que son atrayentes para quien comienza a conocerle. Se dice de él que profetizó que el joven seminarista Karol Wojtila sería Papa; se cuenta que en el confesionario conocía los pecados antes de escucharlos; que mantenía una batalla personal contra el demonio; que podía decir a los familiares de los soldados en la guerra si continuaban con vida o si ya habían muerto; que logró obtener de Dios varios milagros de curaciones; que comenzó la construcción de un hospital, con capacidad para ocho mil camas, con tan sólo una moneda; que tenía el don de bilocación; que se les aparecía a los moribundos en la guerra; que hoy se sigue apareciendo a varios enfermos en los hospitales y que sigue siendo un poderoso intercesor, ante Dios, de quienes sufren y a él se confían.

Su nombre en el siglo (como se dice en ambientes conventuales) fue Francesco Forgione. Nació en Pietrelcina, Italia, el 25 de mayo de 1887 y murió en su convento de San Giovanni Rotondo, 81 años más tarde, a las 2:30 horas de la madrugada del 23 de septiembre de 1968, al caer el rosario que sostenía en sus manos, luego de recibir el sacramento de la Unción y después de que pidiera a su confesor, Fray Pellegrino, con voz lenta y cansada: -"Si el Señor me llama hoy, pídeles perdón, en mi nombre, a mis hermanos del convento y a todos mis hijos espirituales por las molestias que les di y pídeles una oración por mi alma"-. Al momento comenzaron a tocar las campanas del convento. En pocos minutos la ciudad estaba iluminada. Enseguida la noticia se difundió por todo el mundo. De día y de noche permanecieron abiertas las puertas de la iglesia para acoger a las más de cien mil personas que acudieron a San Giovanni Rotondo para verlo por última vez. Los funerales tuvieron que durar varios días pues la asistencia fue multitudinaria. El Padre Pío ya era considerado, en vida, un Santo. Se llama "olor" de santidad.

Tres días antes de morir, el 20 de septiembre, se había celebrado el 50 aniversario de la aparición de los estigmas de Jesucristo en sus pies, manos y costado. El día 22 celebró la Misa y los estigmas habían desparecido, lo que le hizo saber que se encontraba en la noche de su vida. Cada paso que daba implicaba un ataque de tos que le hizo decir a sus hermanos capuchinos, que lo tenían que llevar en silla de ruedas: -"dentro de poco ya no tendrán que molestarse para acompañarme a decir Misa"-, pues esa misma noche comenzaba el final de su vida.

Su vocación al sacerdocio la tuvo a los diez años de edad y a los 15 ingresó al convento de los frailes capuchinos en Morcone. Al año siguiente tomó el hábito de San Francisco y el nombre de Pío de Pietrelcina. Recibió la ordenación sacerdotal el 10 de agosto de 1910 y celebró su primera Misa en la Catedral de Benevento. Decidió ofrecer su vida por el bien de la humanidad, sufrir por ello y buscar en la oración el verdadero alivio de las penas de los hombres. Los estigmas fueron la respuesta que Dios le dio, y con ellos vivió como su fundador en Asís.

Los estigmas provocaron una investigación por parte de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, de la Santa Sede. El continuo sangrado y los procesos de indagación eran sus mayores dolores, pero la obediencia y el amor a Cristo fueron su fortaleza

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