Hoy en día circula, especialmente por Internet, todo un cúmulo de mensajes de tipo apocalíptico, junto con las más diversas interpretaciones de esos mismos mensajes. Lo inusual de la renuncia de un Papa (Benedicto XVI), despierta curiosidad y preguntas en muchos, y tal es el ambiente que favorece ese tipo de mensajes.
* ¿De qué fuentes provienen esos mensajes? Hay en la Biblia el libro del Apocalipsis; existe también la literatura apocalíptica, dentro y fuera de la Biblia; y hay además una serie de mensajes, que se atribuyen a Jesús o a la Virgen, algunas veces con gran despliegue y aprobación, como es el caso de Fátima, otras veces con alcance más bien modesto, cual sucede con tantas manifestaciones privadas que tienen hoy en día no pocas personas, a las que se suele llamar “instrumentos.”
* Esos mensajes no son consistentes sino que se contradicen bastante. Algunos aseguran que Benedicto XVI fue el último Papa verdadero, de modo que su sucesor sería ya un instrumento del mal; otros en cambio aseguran que el Papa que suceda a Benedicto XVI será especialmente estricto, y por ello será rechazado. Algunos ven la renuncia del Papa como algo inusual pero dentro de lo explicable y normal; otros en cambio sostienen que el Papa fue obligado a renunciar o que se vio abrumado por traiciones, presiones y escándalos y por eso renunció.
* Muchos, en todo caso, creen que se puede hacer corresponder estos hechos de nuestra historia con los relatos del libro del Apocalipsis o con partes de los mensajes cifrados que supuestamente se hallan en revelaciones privadas. Según ellos, estaríamos entrando en una etapa de la historia que se llama “fin de los tiempos.”
* El problema es que esa manera de interpretar la literatura apocalíptica hace de los textos una especie de “guión” de cine que estaría sólo al alcance de gente muy perspicaz. Ambas presunciones parecen ajenas a la Biblia: una interpretación de correspondencia, o de guión de cine, supone una especie de fatalismo y viene a declarar como inútil la apertura del ser humano hacia la conversión. Según indicaba el entonces Cardenal Ratzinger, ya en el año 2000, las profecías son siempre condicionales, porque finalmente la ley último del actuar divino está en aquello de “No quiero la muerte del pecador, sino en que cambie de conducta y viva,” según dijo el profeta Ezequiel.
* Es más correcto y sano leer el Apocalipsis, y toda literatura de su tono, como una invitación perpetua a la conversión y la esperanza, sabiendo que las escenas allí descritas son como prototipos del actuar del mal en sus diversas fases, y anticipaciones también de la presencia salvífica del Dios que nunca deja de ser Dios. El anticristo, por ejemplo, es presentado en singular en el Apocalipsis mientras que San Juan, en su Primera Carta, habla de “muchos anticristos,” donde se ve que una lectura por “prototipos” es más correcta y cercana a la Biblia.
* Queda claro que somos apremiados en la tarea de la conversión y la fidelidad, pero no por vía de pánico ni de lecturas sofisticadas, que en todo caso estarían lejos de la comprensión de los más sencillos. Nuestra fidelidad y caridad al proclamar el Evangelio de salvación son la mejor manera de aguardar al Señor “hasta que vuelva.”
P. Roberto Mena S.T. es un Siervo Misionero de la Santisima Trinidad, originario de Guatemala, Centroamérica. Es el Director Hispano de Comunicaciones de los Siervos Misioneros en Silver Spring, Maryland. Ayuda los fines de semana como Pastor Asistente en la Parroquia San Bernardo de Riverdale Park, Maryland. Tiene programas radiales en www.esneradio.com y ewtn radio www.ewtn.com
Tuesday, March 12, 2013
Tuesday, March 05, 2013
que significa la renuncia de Benedicto?
RENUNCIA Y FRACASO
Hace años alguien me dijo que en la ciudad de Nursia se encuentra un altar dedicado al papa Celestino V. Siempre me había impresionado ver en su renuncia al papado “la aventura de un pobre cristiano”, como la calificaba Ignacio Silone en el mejor de sus libros. En lo alto del retablo una frase latina nos recordaba que no había tenido un precedente ni un seguidor.
Pues ya ha tenido un seguidor. Hace años me habían “profetizado” que Benedicto XVI renunciaría a la sede de Pedro, pero la decisión me sorprendió como a casi todo el mundo. Hubiera deseado que concluyera el itinerario del Año de la Fe que él había convocado. Y seguramente habría apreciado la encíclica sobre la fe que muchos esperábamos de él.
Pero he respetado y admirado sinceramente su decisión. “Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol… y un camino virgen Dios”. En los versos de León Felipe se proclama el hecho y el derecho de cada persona a seguir un camino único. Juan Pablo II nos dio ejemplo de la virtud de la paciencia. Y enseñó al mundo a valorar la vida, aun la más decrépita y dependiente. Benedicto XVI nos ha dado ejemplo de la virtud de la humildad. Y ha enseñado al mundo la libertad de quien no se aferra a la honra y al poder.
De todas formas, no dejan de resonar en mi interior las palabras del salmo 95: “Ojalá escuchéis hoy su voz: No endurezcáis el corazón”. Dios nos habla cada día a través de los signos de los tiempos, como ya nos recordaba Juan XXIII. Pero con necia terquedad nos hacemos sordos a la voz y ciegos a los signos.
Ante la imagen de un Papa que se retira, preferimos refugiarnos en la frivolidad. Vivimos bajo “el imperio de lo efímero”, como ha escrito Lipovetsky. Seguramente es justificable la curiosidad humana ante un hecho insólito. Pero no podemos quedarnos en preguntar por el color de los zapatos del papa emérito.
Al renunciar al supremo pontificado, Benedicto XVI se retira a orar. Como tantas veces nos dijo, lo más importante es la cuestión de Dios. Pero esa cuestión es tabú para el mundo moderno. La retirada a la contemplación es provocadora. La profundidad de lo religioso nos da vértigo. Por eso tratamos de cubrirla con el ramaje del cotilleo o las ortigas de la conspiración.
Dicen que Benedicto XVI se retira porque ha fracasado en su proyecto de recristianizar este mundo secular. Pero, en realidad, somos nosotros quienes fracasamos al no aceptar a Dios. Ese Dios-amor al que él dedicó su primera encíclica como programa de su pontificado.
Decididamente nos molesta Dios. Y no toleramos fácilmente que alguien nos recuerde su presencia. Ni con su palabra ni con su silencio. Sin embargo, la presencia misericordiosa de Dios se impone a nuestra terquedad. Siempre habrá profetas que den cuenta de Él. Benedicto XVI seguirá siendo para nosotros, con su presencia silenciosa y orante y con su palabra de fe, una llamada a la conversión y a la esperanza.
Hace años alguien me dijo que en la ciudad de Nursia se encuentra un altar dedicado al papa Celestino V. Siempre me había impresionado ver en su renuncia al papado “la aventura de un pobre cristiano”, como la calificaba Ignacio Silone en el mejor de sus libros. En lo alto del retablo una frase latina nos recordaba que no había tenido un precedente ni un seguidor.
Pues ya ha tenido un seguidor. Hace años me habían “profetizado” que Benedicto XVI renunciaría a la sede de Pedro, pero la decisión me sorprendió como a casi todo el mundo. Hubiera deseado que concluyera el itinerario del Año de la Fe que él había convocado. Y seguramente habría apreciado la encíclica sobre la fe que muchos esperábamos de él.
Pero he respetado y admirado sinceramente su decisión. “Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol… y un camino virgen Dios”. En los versos de León Felipe se proclama el hecho y el derecho de cada persona a seguir un camino único. Juan Pablo II nos dio ejemplo de la virtud de la paciencia. Y enseñó al mundo a valorar la vida, aun la más decrépita y dependiente. Benedicto XVI nos ha dado ejemplo de la virtud de la humildad. Y ha enseñado al mundo la libertad de quien no se aferra a la honra y al poder.
De todas formas, no dejan de resonar en mi interior las palabras del salmo 95: “Ojalá escuchéis hoy su voz: No endurezcáis el corazón”. Dios nos habla cada día a través de los signos de los tiempos, como ya nos recordaba Juan XXIII. Pero con necia terquedad nos hacemos sordos a la voz y ciegos a los signos.
Ante la imagen de un Papa que se retira, preferimos refugiarnos en la frivolidad. Vivimos bajo “el imperio de lo efímero”, como ha escrito Lipovetsky. Seguramente es justificable la curiosidad humana ante un hecho insólito. Pero no podemos quedarnos en preguntar por el color de los zapatos del papa emérito.
Al renunciar al supremo pontificado, Benedicto XVI se retira a orar. Como tantas veces nos dijo, lo más importante es la cuestión de Dios. Pero esa cuestión es tabú para el mundo moderno. La retirada a la contemplación es provocadora. La profundidad de lo religioso nos da vértigo. Por eso tratamos de cubrirla con el ramaje del cotilleo o las ortigas de la conspiración.
Dicen que Benedicto XVI se retira porque ha fracasado en su proyecto de recristianizar este mundo secular. Pero, en realidad, somos nosotros quienes fracasamos al no aceptar a Dios. Ese Dios-amor al que él dedicó su primera encíclica como programa de su pontificado.
Decididamente nos molesta Dios. Y no toleramos fácilmente que alguien nos recuerde su presencia. Ni con su palabra ni con su silencio. Sin embargo, la presencia misericordiosa de Dios se impone a nuestra terquedad. Siempre habrá profetas que den cuenta de Él. Benedicto XVI seguirá siendo para nosotros, con su presencia silenciosa y orante y con su palabra de fe, una llamada a la conversión y a la esperanza.
Monday, March 04, 2013
Panorama de la Iglesia hoy
Al sureste de Roma se alza la pequeña iglesia de Santa María in Palmis, más conocida como la iglesia del Domine Quo Vadis. El nombre lo toma de una vieja leyenda que narra el encuentro de san Pedro con Cristo cuando el apóstol trataba de huir de la persecución en Roma. “Señor, ¿adónde vas?,”le preguntó Pedro. “A Roma, a que me crucifiquen otra vez,”contestó el Señor. Cualquiera que sea el verdadero origen del nombre, se repite algo que se ha hecho ya habitual en los encuentros de Pedro con Cristo: la cosa acaba siempre justo al revés de como Pedro lo había planeado. Pero esto es sólo una leyenda.
Ahora que la Iglesia se prepara para la Pascua y para la elección del nuevo sucesor de Pedro, aquella vieja pregunta sigue siendo tremendamente actual, no sólo para el papa, sino también para todos nosotros. No es fácil tener una idea clara en estos tiempos de hacia dónde va la Iglesia, pero sí está claro que, con su renuncia, el papa Benedicto ha separado claramente a la persona de la función. Y, aunque sólo sea por unos días, se ha creado un espacio de reflexión, una oportunidad para escuchar otra vez a Cristo haciéndonos a todos esa misma pregunta: Quo vadis? Deberíamos poder llegar más lejos y ser capaces de preguntarnos no sólo adónde vamos sino también adónde queremos ir.
Con su gesto de renuncia, el papa Benedicto nos recuerda que la verdadera cabeza de la Iglesia es Cristo. Y esto no sólo supone una formulación piadosa, sino también un profundo acto de fe. En tiempos difíciles, puede que la Iglesia se deje arrastrar por la angustia de si triunfará o si sobrevivirá. Si lo hace así, no se diferenciaría de cualquier otra institución mundana, pasaría por alto su propio origen y misterio, el milagro cotidiano que suponen su vida y sus sacramentos, su condición de “reino de Cristo actualmente presente en misterio” (LG 1,3). Del mismo modo que el papa se retiró estos días de Cuaresma en oración, reflexión y silencio, la Iglesia en pleno debería seguir su ejemplo y tomarse tiempo para dejar que el Espíritu nos disponga el ánimo para elegir y recibir a su sucesor. Y también podría ser un tiempo idóneo para asumir y entender eso que podríamos llamar la “desolación eclesial.”
Estar en desolación
No fue san Ignacio de Loyola el primero en contraponer los términos “desolación” y “consolación,”pero nos enseñó a concebirlos como una escuela en la que Dios nos instruye. Una de las grandes intuiciones de sus Ejercicios Espirituales es que no hay que huir de la desolación, sino prestarle la atención debida. Dios nos moldea incluso en nuestros momentos más secos, dolorosos y oscuros, enfrentándonos a nuestros miedos, a nuestras resistencias y a nuestras propias servidumbres, a veces de modo muy sutil. Independientemente de cuánto sea nuestro amor por la Iglesia, sería difícil no darse cuenta de que hemos estado viviendo tiempos de desolación, al menos desde nuestra perspectiva europea o norteamericana. Eso no impide que el testimonio impresionante de bondad, de compromiso y de valentía que han dado muchos “católicos de a pie” haya sido un signo inequívoco de la fidelidad del Espíritu. Me gustaría señalar tres desolaciones especialmente presentes hoy en la Iglesia occidental: la autoridad de la jerarquía, el escándalo de los abusos y cierta sensación de luto. Las tres están muy relacionadas entre sí.
La autoridad de la jerarquía.
Aunque la disminución del número de fieles puede estar relacionada con la progresiva secularización de nuestra cultura, podría también ser un síntoma de desolación, de desencanto con las estructuras institucionales. Un desencanto sutil, porque los católicos entienden y respetan la naturaleza jerárquica de su Iglesia. Ese desencanto tiene que ver menos con las estructuras en sí que con la secularización que ellas mismas han sufrido. De modo creciente, muchos obispos y sacerdotes se han comportado como gobernantes déspotas, condenando y castigando a diestro y siniestro o desplegando plumajes litúrgicos pasados de moda en lugar de manifestar la sacramentalidad que late dentro de una apariencia.
Tal como nos ha enseñado el Concilio Vaticano II y los pontificados posteriores al mismo, la Iglesia no es una corporación, sino una communio del Espíritu; su disciplina, pues, no puede venir de la coacción, del miedo, de la amenaza o de la persecución, sino del amor de Cristo, de su misión, de su pueblo y de su verdad. Este amor significa que la autoridad debe estar siempre caracterizada por el respeto hacia los demás, hacia sus carismas y, desde luego, el respeto a su dignidad, presumiendo siempre su buena fe en lugar de dudar de ella. Sólo una autoridad así entendida puede ser una fuente de gracia para la comunidad y sólo así acertará a conciliar el servicio a la totalidad del Cuerpo de Cristo con la “lucha contra el maligno.”
El escándalo de los abusos.
Debemos asumir la profunda desolación y la herida en el corazón de la Iglesia que ha producido no sólo la crisis de los abusos, sino especialmente el modo en que ha sido gestionada. Tenemos que reconocer que no han sido “los enemigos de la Iglesia,” quienes han expuesto esta herida, sino el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad; ese mismo Espíritu que nos proporciona ahora la gracia de responder con honestidad.
Es claro que los abusos deben ser sometidos a un estricto proceso jurídico, pero esto no basta. La excusa de culpar a otros o achacarlo a “la relajada cultura secular” no es sólo eludir peligrosamente la responsabilidad, es un pecado cometido contra las víctimas y contra el Espíritu, que es su abogado. Por muy personalizables que sean, los abusos evidencian un fallo institucional que la propia cultura eclesial ha propiciado. Y sólo un profundo y humilde arrepentimiento, que empiece por desear una permanente metanoia del alma y la cultura de la Iglesia, puede ser su cura y su renovatio.
La Iglesia debe reconocerse a sí misma como el cuerpo de Cristo, no como una multinacional. En este sentido, necesita creer en sí misma, necesita deplegar todos sus recursos espirituales, sacramentales y creativos y necesita una conversión profunda. Sólo así podrá dar un testimonio creíble ante el mundo, un mundo que pide desesperadamente otros caminos.
Cierta sensación de luto.
Vivimos en una Iglesia que parece estar de luto, que tiene la impresión de que se le ha muerto algo. No se trata sólo, como se ha dicho, de su sentido de misterio y trascendencia, que, desde luego, necesitaremos recuperar urgentemente también, sino de algo de esa intimidad sacramental, de la reconfortante cercanía encarnada del catolicismo que conecta el cielo con la tierra. Para algunos la sensación de luto vendría por la pérdida de las certezas y las glorias del pasado, para otros es un luto por ese futuro que vislumbró un día el Concilio Vaticano II y que quedó incompleto, por tantas oportunidades perdidas, como semillas que nunca llegarán a florecer. Para las generaciones más recientes podría ser el luto por algo que nunca tuvieron y que echan de menos no haber tenido.
Este duelo puede ser causa de rabia hacia quienes creemos que nos han privado de alguna cosa. De hecho, se puede percibir algo de esta extraña rabia que caracteriza a la Iglesia occidental de estos tiempos. Lo percibimos en el debate interno entre las diferentes tendencias eclesiales que dicen tener la solución a nuestros problemas, pero, sobre todo, la rabia se dirige contra la cultura secular, como si el mundo secular hubiese robado o traicionado la misión de la Iglesia. Es esa rabia la que nos impide ver lo bueno que hay en los otros, los grandes y nobles valores que hay en nuestra propia cultura; nos impide escuchar sus más profundos anhelos, discernir sus miedos y su angustia más íntima y reconocernos a nosotros mismos como seres en búsqueda. Sólo nuestra indignación ante el desprecio a la vida humana, ante la explotación del pobre, ante la destrucción del planeta y ante tanto sufrimiento olvidado puede conducirnos al Evangelio.
Un momento decisivo en la conversión de san Agustín fue su meditación sobre las palabras del ángel ante el sepulcro vacío: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?” Una Iglesia que nació desde y por la resurrección de Cristo no requiere lutos; lo que necesita es seguir al Señor resucitado con una fe serena, alegre e inquebrantable por los inciertos caminos de la historia. Y llevar consigo la proclamación que hacemos en la vigilia pascual: “a Él pertenece el tiempo y la eternidad.” Da igual lo adverso que nos pueda parecer ese tiempo, la Iglesia no puede retroceder, no puede perder su mirada pascual, esa que le permite ver cómo en todas partes, incluso en el desierto, puede rebosar la gracia.
Hacia una nueva sensibilidad
Si nos detuviésemos un momento a pensar, veríamos que ese supuesto duelo o luto que nos muestran cada día los medios de comunicación (y también algunas voces desde dentro) tiene que ver más con sus propias patologías que con la realidad de nuestra Iglesia. En la Iglesia hay vida, que nos llega tanto por caminos nuevos como por los ya conocidos. Está naciendo una nueva sensibilidad ética y espiritual que nos invita tanto a recurrir al manantial profundo de la devoción tradicional como a explorar nuevos caminos. Mucha gente, jóvenes y viejos, gente de Iglesia y no tan de Iglesia, manifiestan el vivo deseo de una vida sacramental y de una nueva visión, una visión católica que les cure de las profundas alienaciones que afectan a la postmodernidad, una visión que dé sentido a lo que somos y a nuestro deseo y nuestra responsabilidad de acoger el mundo que Dios nos ha dado. Son personas que todavía se sienten a gusto en la Iglesia y que confían que ella sea capaz de redescubir su libertad y su capacidad de transformar el mundo, un mundo secular que también está esperando una Iglesia en la que merezca la pena creer, incluso si no se decide a dar ese paso.
Cuando nos liberemos de nuestro eurocentrismo (o américo-centrismo) y de nuestros miedos y desolaciones, podremos empezar a ver que el Espíritu prepara ya nuestro futuro. Pero ¿por dónde empezar? Una vez más, la pregunta “Domine quo vadis?” podría ser un buen punto de partida, precisamente ahora que Cristo está camino de Roma.
La sede de Pedro.
El papado es un magnífico regalo de Dios a la Iglesia, pero debe seguir evolucionando para llevar a cabo plenamente su servicio. Ha estado demasiado empantanado en una eclesiología reaccionaria y en el ejercicio monárquico de un poder demasiado parecido al mundano. Es bueno que el papado exhiba lo mejor de su efectividad y su profetismo, pero tiene que ser atemperado por la realidad de la Iglesia. Todos los papas, desde el Concilio Vaticano II, han sido conscientes de la necesidad de ir desarrollando una teología del papado. Tanto Pablo VI como Benedicto XVI nos han ayudado mucho a desembarazar su mística. Y hasta Juan Pablo II, que desplegó un poder extraordinario, teñido a veces de profetismo, no tuvo inconveniente en propiciar una reflexión al respecto.
Este camino debe proseguir y conducirnos a una reforma de la Curia romana, no tanto en términos de estructuras como en términos de un cierto ethos: de cambiar la idea del gobierno por la del servicio. El principio de subsidiaridad es clave no sólo en el entramado de las estructuras seculares; también debe serlo en las eclesiales. Como apuntaba Pío XII, sin menoscabo de la naturaleza jerárquica de la Iglesia, el principio es aplicable también a su vida. De hecho, estuvo ya presente desde los comienzos del cristianismo, como nos cuenta san Pablo. El papel de Pedro debe sustentarse en una profunda y constante teología de la colegialidad que se traduzca en una práctica efectiva y encuentre un claro soporte jurídico en el Derecho Canónico. Sobre este asunto, el Concilio puso los cimientos, pero el edificio aún está por hacer.
Colegialidad.
La colegialidad necesita que se le proporcionen mecanismos eficaces en el seno de la Iglesia local. Sólo de este modo podrían desarrollarse plenamente las virtudes de una Iglesia jerárquica y su capacidad de liderazgo. Juan Pablo II hablaba de la “espiritualidad de la communio” y de la constante renovación y conversión que requiere el ejercicio de un poder que desee ser carisma de servicio. O la colegialidad funciona, o el ejercicio de la autoridad en la Iglesia tendría que ser recortado.
Junto al desarrollo de la colegialidad, habría que prestar atención a los dones y carismas de aquellos que van a ser nombrados obispos. Necesariamente tienen que ser personas capaces de ofrecer un liderazgo creativo y significativo y eso supone que el candidato sepa poner en juego todos los dones del pueblo de Dios. Los obispos tendrán que ser personas capaces de conducir a la comunidad hacia su principal misión, que es ser testigos del Evangelio y no perderse en polémicas y divisiones estériles sobre cosas que no son esenciales o cuyo valor simbólico se ha exagerado.
Tanto a nivel internacional, como nacional y local, la Iglesia necesita descubrir cada vez más cómo fortalecer y alimentar su propia vida interior y cómo salir al encuentro de las inquietudes de la cultura secular. Eso supone una mayor transparencia y compromiso en el ethos y en las leyes de la Iglesia. Sobre todo, los obispos deberían dejar de ser gestores ejecutivos y convertirse en buenos pastores. A fin de cuentas, el don de administrar ya existe en la propia comunidad—especialmente entre los laicos—y los obispos no deben ser reacios a aprovechar estos dones como parte de su propio ministerio. Un obispo tendría que ser alguien capaz de tener un conocimiento empático de sus sacerdotes y del pueblo, de sus dificultades y las circunstancias de su vida, capaz de alumbrarlos con la luz de Cristo y de alentarlos con el consuelo, siempre creativo, del Espíritu Santo. Sin duda, tendría que ser capaz de mostrar afecto sincero por todos los de su diócesis y estar preparado no sólo para llamarlos a la verdad de Cristo, sino para defenderlos frente a cualquier circunstancia que los acucie o los oprima. Además, en nuestro mundo de hoy, un obispo tiene que ser alguien capaz de hablar a la gente de Dios y de las cosas de Dios de un modo sencillo y cercano.
Teología.
Quizá ya va siendo hora de que dejemos atrás la estéril y falsa polémica de si el Concilio Vaticano II debería interpretarse desde hermenéuticas de continuidad o de discontinuidad. Es momento ahora de redescubrir el Concilio, cuyos tesoros casi no hemos empezado ni a desvelar siquiera. Tanto el problema de su interpretación como de su puesta en marcha ha sido debido a que la teología después del Concilio Vaticano II no supo estar a la altura de aquellas intuiciones conciliares. A menudo el Concilio vislumbraba una verdad, pero le faltaba base teológica suficiente como para desarrollarla y anticipar sus consecuencias. Desde los tiempos del Concilio hasta ahora, da la impresión de que la vitalidad y la creatividad teológicas hubieran decaído. Habría que recuperarlas y, del mismo modo, habría que rescatar la función eclesial de la teología.
A la sombra de los despachos académicos, la teología ha perdido a veces su papel de servicio, que no se limita a la universidad, sino también a la Iglesia y a su misión. En este sentido, está bien que la teología reclame su propia libertad y legitimidad en el mundo académico, pero sin limitar su terreno a la racionalidad secular. Porque la teología se vaciaría de contenido si deja de ser un servicio al misterio de Cristo y de su Iglesia.
En el seno de la Iglesia, hay que buscar un nuevo equilibrio entre los carismas de la Teología y del Magisterio (ya sea el local o el petrino). La nueva teología del sensus fidelium no puede consistir sólo en tragarse pasivamente las verdades cristianas, sino que debe ser una sabiduría activa que cristalice en una adecuada praxis de la vida y el testimonio cristianos. De no ser así, la Iglesia no dispondrá nunca de una teología del laicado suficientemente madura ni podrá desarrollar eficazmente su magisterio. Si la Iglesia no es capaz de confiar en la Teología, en su misión y en sus riesgos, fracasará rotundamente en su tarea evangélica, dejará de tener influencia en las culturas en las que vive y aparecerá ante ellas como una propuesta desarticulada e incomprensible; le faltaría el sentido suficiente para conducir las complejas cuestiones de nuestro tiempos con intuición, razón, humanidad, comprensión y verdad.
Vislumbres de una Iglesia emergente
Quizá estas parezcan sólo cuestiones de tipo interno, pero sin ellas siempre quedarían frustrados los dones que Cristo y el Espíritu Santo derraman sobre toda la comunidad. En el Concilio Vaticano II se propone un modelo de Iglesia abierta y atenta a los diversos modos en que el Espíritu mueve las inquietudes humanas, en cualquiera de sus vertientes políticas, culturales o religiosas. En el corazón del Concilio está precisamente este modelo de Iglesia, viva y mucho más sencilla, que vive el misterio de la Trinidad. El milagro de su vida sacramental la renueva y la convierte, más que en una institución al uso, en una mística cercana de presencias, personas y communio. Se rata de una Iglesia en la que la communio sabe encontrar su expresión diaria, pero no al margen del sufrimiento, la violencia y la injusticia del mundo, sino en una profunda y amorosa solidaridad con él; una communio de amor que quiere, ante todo, ponerse al servicio de los pobres, los débiles, los olvidados y los abandonados.
En este punto, el centralismo euroamericano de la Iglesia tendrá que dejar paso a la Iglesia emergente de los países en vías de desarrollo, al que pertenecerán la mayoría de los fieles al terminar el próximo pontificado. Y habrá que dar voz a sus preocupaciones, aunque estén muchas veces lejos de nuestra secularizada cultura occidental. Se levantarán voces contra la explotación y en defensa de los derechos sociales y económicos, especialmente los derechos elementales a la vida humana y los derechos de las mujeres y de los niños. Ha llegado un tiempo en que la Iglesia tendrá que reconocer su voz profética hablando en nombre del mundo en desarrollo, hablando de una visión ecológica de la justicia, del cuidado de los recursos naturales, unos recursos que todos los miembros del género humano deben poder disfrutar de ahora en adelante como dones preciosos de Dios. Será una Iglesia que no se asustará del mundo, ni tendrá miedo tampoco de aparecer pobre ante él, porque sabe que no necesitará revestirse de poder mundano para cumplir su tarea. Estará preparada para consumirse ella misma en el servicio—reconocido o no—y no andará ya preocupada de sí misma ni de su propia supervivencia, porque su vista estará puesta en las necesidades y en el futuro de la humanidad.
Es una Iglesia que desea seguir a Cristo encarnado y resucitado hasta las profundidades de la historia y hasta los lugares más áridos del corazón humano. Y lo hará siempre con amor, porque viviendo desde la verdad de Cristo, entenderá y acogerá ese don supremo que es la vida humana, la vida de todos los hombres y mujeres, cualquiera que sea su raza, su religión, su nacionalidad o su estatus. Una Iglesia que, al fin, “vio que el mundo era bueno” y se regocijará con él en todas las cosas, humanas o divinas, que alientan la vida—toda vida—y la hacen florecer. Cuando la Iglesia sea capaz de vivir esto, estará viviendo su propia vida sacramental del modo más profundo y podrá ofrecerla, gratis y sin contraprestaciones ni contratos, a un mundo secular que tiene el alma hambrienta. Sólo una Iglesia así podría enseñar con autoridad los preceptos y las recomendaciones evangélicas: cómo compartir los recursos de la creación, cómo vivir una vida en solidaridad con todos los hombres y mujeres de un modo más pobre en lo material y más rico en lo espiritual, cómo ser capaces de respetar y reverenciar nuestro cuerpo y el de los otros seres y rechazar todo aquello que nos instrumentalice o nos embrutezca.
El Concilio supo entender muy bien que sólo una Iglesia que sea capaz de experimentar una kenosis de amor y de vivir como un don el gozoso sacrificio de sí misma podría desarrollar este modelo. Para esa Iglesia, la secularización no sería una amenaza, sino una llamada. No es una Iglesia utópica ni una Iglesia que vive sin más la ensoñación irreal de una ética humanitaria. Cuando se sigue a Cristo crucificado, no es fácil pasar por alto que nuestra propia realidad está herida; pero la nueva Iglesia no tiene miedo de sufrir por y con el mundo, ni tiene miedo de convivir con todas esas realidades torturadas que conforman nuestros pecados, porque conoce de antemano la serena victoria de la esperanza, el amor y la gracia, que andan trabajando ya en la viña del Señor hasta que vuelva. Y, sobre todo, la Iglesia que el Concilio vislumbró era consciente de que, aunque el mundo rechazara abiertamente a Dios o lo ignorase sin más, Él está siempre presente.
Se necesita una Iglesia humilde, libre y algo mística para ser capaz de ver esto, para entrar incluso en las oscuridades donde hemos ido escondiendo o arrinconando a Dios. Y cuando la Iglesia se atreva a dar el siguiente paso, encontrará a Dios allí donde no esperaba encontrarlo, en el Sábado Santo del mundo secularizado, porque descubrirá que hay muchos que llevaban ya dentro su nombre y que hablaban ya con su voz. Muchos que habían estado esperándo a esa Iglesia durante demasiado tiempo y que, por fin, la habrán encontrado.
Ojalá que, mientras se elige al futuro papa, no tengamos miedo de amar a esta Iglesia del presente, tal como es, tal como le gustaría ser y tal como a Dios le gustaría que fuese. Y ojalá podamos llegar a vislumbrar la grandeza del corazón de esa Iglesia y de la misión a la que está llamada.
Ahora que la Iglesia se prepara para la Pascua y para la elección del nuevo sucesor de Pedro, aquella vieja pregunta sigue siendo tremendamente actual, no sólo para el papa, sino también para todos nosotros. No es fácil tener una idea clara en estos tiempos de hacia dónde va la Iglesia, pero sí está claro que, con su renuncia, el papa Benedicto ha separado claramente a la persona de la función. Y, aunque sólo sea por unos días, se ha creado un espacio de reflexión, una oportunidad para escuchar otra vez a Cristo haciéndonos a todos esa misma pregunta: Quo vadis? Deberíamos poder llegar más lejos y ser capaces de preguntarnos no sólo adónde vamos sino también adónde queremos ir.
Con su gesto de renuncia, el papa Benedicto nos recuerda que la verdadera cabeza de la Iglesia es Cristo. Y esto no sólo supone una formulación piadosa, sino también un profundo acto de fe. En tiempos difíciles, puede que la Iglesia se deje arrastrar por la angustia de si triunfará o si sobrevivirá. Si lo hace así, no se diferenciaría de cualquier otra institución mundana, pasaría por alto su propio origen y misterio, el milagro cotidiano que suponen su vida y sus sacramentos, su condición de “reino de Cristo actualmente presente en misterio” (LG 1,3). Del mismo modo que el papa se retiró estos días de Cuaresma en oración, reflexión y silencio, la Iglesia en pleno debería seguir su ejemplo y tomarse tiempo para dejar que el Espíritu nos disponga el ánimo para elegir y recibir a su sucesor. Y también podría ser un tiempo idóneo para asumir y entender eso que podríamos llamar la “desolación eclesial.”
Estar en desolación
No fue san Ignacio de Loyola el primero en contraponer los términos “desolación” y “consolación,”pero nos enseñó a concebirlos como una escuela en la que Dios nos instruye. Una de las grandes intuiciones de sus Ejercicios Espirituales es que no hay que huir de la desolación, sino prestarle la atención debida. Dios nos moldea incluso en nuestros momentos más secos, dolorosos y oscuros, enfrentándonos a nuestros miedos, a nuestras resistencias y a nuestras propias servidumbres, a veces de modo muy sutil. Independientemente de cuánto sea nuestro amor por la Iglesia, sería difícil no darse cuenta de que hemos estado viviendo tiempos de desolación, al menos desde nuestra perspectiva europea o norteamericana. Eso no impide que el testimonio impresionante de bondad, de compromiso y de valentía que han dado muchos “católicos de a pie” haya sido un signo inequívoco de la fidelidad del Espíritu. Me gustaría señalar tres desolaciones especialmente presentes hoy en la Iglesia occidental: la autoridad de la jerarquía, el escándalo de los abusos y cierta sensación de luto. Las tres están muy relacionadas entre sí.
La autoridad de la jerarquía.
Aunque la disminución del número de fieles puede estar relacionada con la progresiva secularización de nuestra cultura, podría también ser un síntoma de desolación, de desencanto con las estructuras institucionales. Un desencanto sutil, porque los católicos entienden y respetan la naturaleza jerárquica de su Iglesia. Ese desencanto tiene que ver menos con las estructuras en sí que con la secularización que ellas mismas han sufrido. De modo creciente, muchos obispos y sacerdotes se han comportado como gobernantes déspotas, condenando y castigando a diestro y siniestro o desplegando plumajes litúrgicos pasados de moda en lugar de manifestar la sacramentalidad que late dentro de una apariencia.
Tal como nos ha enseñado el Concilio Vaticano II y los pontificados posteriores al mismo, la Iglesia no es una corporación, sino una communio del Espíritu; su disciplina, pues, no puede venir de la coacción, del miedo, de la amenaza o de la persecución, sino del amor de Cristo, de su misión, de su pueblo y de su verdad. Este amor significa que la autoridad debe estar siempre caracterizada por el respeto hacia los demás, hacia sus carismas y, desde luego, el respeto a su dignidad, presumiendo siempre su buena fe en lugar de dudar de ella. Sólo una autoridad así entendida puede ser una fuente de gracia para la comunidad y sólo así acertará a conciliar el servicio a la totalidad del Cuerpo de Cristo con la “lucha contra el maligno.”
El escándalo de los abusos.
Debemos asumir la profunda desolación y la herida en el corazón de la Iglesia que ha producido no sólo la crisis de los abusos, sino especialmente el modo en que ha sido gestionada. Tenemos que reconocer que no han sido “los enemigos de la Iglesia,” quienes han expuesto esta herida, sino el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad; ese mismo Espíritu que nos proporciona ahora la gracia de responder con honestidad.
Es claro que los abusos deben ser sometidos a un estricto proceso jurídico, pero esto no basta. La excusa de culpar a otros o achacarlo a “la relajada cultura secular” no es sólo eludir peligrosamente la responsabilidad, es un pecado cometido contra las víctimas y contra el Espíritu, que es su abogado. Por muy personalizables que sean, los abusos evidencian un fallo institucional que la propia cultura eclesial ha propiciado. Y sólo un profundo y humilde arrepentimiento, que empiece por desear una permanente metanoia del alma y la cultura de la Iglesia, puede ser su cura y su renovatio.
La Iglesia debe reconocerse a sí misma como el cuerpo de Cristo, no como una multinacional. En este sentido, necesita creer en sí misma, necesita deplegar todos sus recursos espirituales, sacramentales y creativos y necesita una conversión profunda. Sólo así podrá dar un testimonio creíble ante el mundo, un mundo que pide desesperadamente otros caminos.
Cierta sensación de luto.
Vivimos en una Iglesia que parece estar de luto, que tiene la impresión de que se le ha muerto algo. No se trata sólo, como se ha dicho, de su sentido de misterio y trascendencia, que, desde luego, necesitaremos recuperar urgentemente también, sino de algo de esa intimidad sacramental, de la reconfortante cercanía encarnada del catolicismo que conecta el cielo con la tierra. Para algunos la sensación de luto vendría por la pérdida de las certezas y las glorias del pasado, para otros es un luto por ese futuro que vislumbró un día el Concilio Vaticano II y que quedó incompleto, por tantas oportunidades perdidas, como semillas que nunca llegarán a florecer. Para las generaciones más recientes podría ser el luto por algo que nunca tuvieron y que echan de menos no haber tenido.
Este duelo puede ser causa de rabia hacia quienes creemos que nos han privado de alguna cosa. De hecho, se puede percibir algo de esta extraña rabia que caracteriza a la Iglesia occidental de estos tiempos. Lo percibimos en el debate interno entre las diferentes tendencias eclesiales que dicen tener la solución a nuestros problemas, pero, sobre todo, la rabia se dirige contra la cultura secular, como si el mundo secular hubiese robado o traicionado la misión de la Iglesia. Es esa rabia la que nos impide ver lo bueno que hay en los otros, los grandes y nobles valores que hay en nuestra propia cultura; nos impide escuchar sus más profundos anhelos, discernir sus miedos y su angustia más íntima y reconocernos a nosotros mismos como seres en búsqueda. Sólo nuestra indignación ante el desprecio a la vida humana, ante la explotación del pobre, ante la destrucción del planeta y ante tanto sufrimiento olvidado puede conducirnos al Evangelio.
Un momento decisivo en la conversión de san Agustín fue su meditación sobre las palabras del ángel ante el sepulcro vacío: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?” Una Iglesia que nació desde y por la resurrección de Cristo no requiere lutos; lo que necesita es seguir al Señor resucitado con una fe serena, alegre e inquebrantable por los inciertos caminos de la historia. Y llevar consigo la proclamación que hacemos en la vigilia pascual: “a Él pertenece el tiempo y la eternidad.” Da igual lo adverso que nos pueda parecer ese tiempo, la Iglesia no puede retroceder, no puede perder su mirada pascual, esa que le permite ver cómo en todas partes, incluso en el desierto, puede rebosar la gracia.
Hacia una nueva sensibilidad
Si nos detuviésemos un momento a pensar, veríamos que ese supuesto duelo o luto que nos muestran cada día los medios de comunicación (y también algunas voces desde dentro) tiene que ver más con sus propias patologías que con la realidad de nuestra Iglesia. En la Iglesia hay vida, que nos llega tanto por caminos nuevos como por los ya conocidos. Está naciendo una nueva sensibilidad ética y espiritual que nos invita tanto a recurrir al manantial profundo de la devoción tradicional como a explorar nuevos caminos. Mucha gente, jóvenes y viejos, gente de Iglesia y no tan de Iglesia, manifiestan el vivo deseo de una vida sacramental y de una nueva visión, una visión católica que les cure de las profundas alienaciones que afectan a la postmodernidad, una visión que dé sentido a lo que somos y a nuestro deseo y nuestra responsabilidad de acoger el mundo que Dios nos ha dado. Son personas que todavía se sienten a gusto en la Iglesia y que confían que ella sea capaz de redescubir su libertad y su capacidad de transformar el mundo, un mundo secular que también está esperando una Iglesia en la que merezca la pena creer, incluso si no se decide a dar ese paso.
Cuando nos liberemos de nuestro eurocentrismo (o américo-centrismo) y de nuestros miedos y desolaciones, podremos empezar a ver que el Espíritu prepara ya nuestro futuro. Pero ¿por dónde empezar? Una vez más, la pregunta “Domine quo vadis?” podría ser un buen punto de partida, precisamente ahora que Cristo está camino de Roma.
La sede de Pedro.
El papado es un magnífico regalo de Dios a la Iglesia, pero debe seguir evolucionando para llevar a cabo plenamente su servicio. Ha estado demasiado empantanado en una eclesiología reaccionaria y en el ejercicio monárquico de un poder demasiado parecido al mundano. Es bueno que el papado exhiba lo mejor de su efectividad y su profetismo, pero tiene que ser atemperado por la realidad de la Iglesia. Todos los papas, desde el Concilio Vaticano II, han sido conscientes de la necesidad de ir desarrollando una teología del papado. Tanto Pablo VI como Benedicto XVI nos han ayudado mucho a desembarazar su mística. Y hasta Juan Pablo II, que desplegó un poder extraordinario, teñido a veces de profetismo, no tuvo inconveniente en propiciar una reflexión al respecto.
Este camino debe proseguir y conducirnos a una reforma de la Curia romana, no tanto en términos de estructuras como en términos de un cierto ethos: de cambiar la idea del gobierno por la del servicio. El principio de subsidiaridad es clave no sólo en el entramado de las estructuras seculares; también debe serlo en las eclesiales. Como apuntaba Pío XII, sin menoscabo de la naturaleza jerárquica de la Iglesia, el principio es aplicable también a su vida. De hecho, estuvo ya presente desde los comienzos del cristianismo, como nos cuenta san Pablo. El papel de Pedro debe sustentarse en una profunda y constante teología de la colegialidad que se traduzca en una práctica efectiva y encuentre un claro soporte jurídico en el Derecho Canónico. Sobre este asunto, el Concilio puso los cimientos, pero el edificio aún está por hacer.
Colegialidad.
La colegialidad necesita que se le proporcionen mecanismos eficaces en el seno de la Iglesia local. Sólo de este modo podrían desarrollarse plenamente las virtudes de una Iglesia jerárquica y su capacidad de liderazgo. Juan Pablo II hablaba de la “espiritualidad de la communio” y de la constante renovación y conversión que requiere el ejercicio de un poder que desee ser carisma de servicio. O la colegialidad funciona, o el ejercicio de la autoridad en la Iglesia tendría que ser recortado.
Junto al desarrollo de la colegialidad, habría que prestar atención a los dones y carismas de aquellos que van a ser nombrados obispos. Necesariamente tienen que ser personas capaces de ofrecer un liderazgo creativo y significativo y eso supone que el candidato sepa poner en juego todos los dones del pueblo de Dios. Los obispos tendrán que ser personas capaces de conducir a la comunidad hacia su principal misión, que es ser testigos del Evangelio y no perderse en polémicas y divisiones estériles sobre cosas que no son esenciales o cuyo valor simbólico se ha exagerado.
Tanto a nivel internacional, como nacional y local, la Iglesia necesita descubrir cada vez más cómo fortalecer y alimentar su propia vida interior y cómo salir al encuentro de las inquietudes de la cultura secular. Eso supone una mayor transparencia y compromiso en el ethos y en las leyes de la Iglesia. Sobre todo, los obispos deberían dejar de ser gestores ejecutivos y convertirse en buenos pastores. A fin de cuentas, el don de administrar ya existe en la propia comunidad—especialmente entre los laicos—y los obispos no deben ser reacios a aprovechar estos dones como parte de su propio ministerio. Un obispo tendría que ser alguien capaz de tener un conocimiento empático de sus sacerdotes y del pueblo, de sus dificultades y las circunstancias de su vida, capaz de alumbrarlos con la luz de Cristo y de alentarlos con el consuelo, siempre creativo, del Espíritu Santo. Sin duda, tendría que ser capaz de mostrar afecto sincero por todos los de su diócesis y estar preparado no sólo para llamarlos a la verdad de Cristo, sino para defenderlos frente a cualquier circunstancia que los acucie o los oprima. Además, en nuestro mundo de hoy, un obispo tiene que ser alguien capaz de hablar a la gente de Dios y de las cosas de Dios de un modo sencillo y cercano.
Teología.
Quizá ya va siendo hora de que dejemos atrás la estéril y falsa polémica de si el Concilio Vaticano II debería interpretarse desde hermenéuticas de continuidad o de discontinuidad. Es momento ahora de redescubrir el Concilio, cuyos tesoros casi no hemos empezado ni a desvelar siquiera. Tanto el problema de su interpretación como de su puesta en marcha ha sido debido a que la teología después del Concilio Vaticano II no supo estar a la altura de aquellas intuiciones conciliares. A menudo el Concilio vislumbraba una verdad, pero le faltaba base teológica suficiente como para desarrollarla y anticipar sus consecuencias. Desde los tiempos del Concilio hasta ahora, da la impresión de que la vitalidad y la creatividad teológicas hubieran decaído. Habría que recuperarlas y, del mismo modo, habría que rescatar la función eclesial de la teología.
A la sombra de los despachos académicos, la teología ha perdido a veces su papel de servicio, que no se limita a la universidad, sino también a la Iglesia y a su misión. En este sentido, está bien que la teología reclame su propia libertad y legitimidad en el mundo académico, pero sin limitar su terreno a la racionalidad secular. Porque la teología se vaciaría de contenido si deja de ser un servicio al misterio de Cristo y de su Iglesia.
En el seno de la Iglesia, hay que buscar un nuevo equilibrio entre los carismas de la Teología y del Magisterio (ya sea el local o el petrino). La nueva teología del sensus fidelium no puede consistir sólo en tragarse pasivamente las verdades cristianas, sino que debe ser una sabiduría activa que cristalice en una adecuada praxis de la vida y el testimonio cristianos. De no ser así, la Iglesia no dispondrá nunca de una teología del laicado suficientemente madura ni podrá desarrollar eficazmente su magisterio. Si la Iglesia no es capaz de confiar en la Teología, en su misión y en sus riesgos, fracasará rotundamente en su tarea evangélica, dejará de tener influencia en las culturas en las que vive y aparecerá ante ellas como una propuesta desarticulada e incomprensible; le faltaría el sentido suficiente para conducir las complejas cuestiones de nuestro tiempos con intuición, razón, humanidad, comprensión y verdad.
Vislumbres de una Iglesia emergente
Quizá estas parezcan sólo cuestiones de tipo interno, pero sin ellas siempre quedarían frustrados los dones que Cristo y el Espíritu Santo derraman sobre toda la comunidad. En el Concilio Vaticano II se propone un modelo de Iglesia abierta y atenta a los diversos modos en que el Espíritu mueve las inquietudes humanas, en cualquiera de sus vertientes políticas, culturales o religiosas. En el corazón del Concilio está precisamente este modelo de Iglesia, viva y mucho más sencilla, que vive el misterio de la Trinidad. El milagro de su vida sacramental la renueva y la convierte, más que en una institución al uso, en una mística cercana de presencias, personas y communio. Se rata de una Iglesia en la que la communio sabe encontrar su expresión diaria, pero no al margen del sufrimiento, la violencia y la injusticia del mundo, sino en una profunda y amorosa solidaridad con él; una communio de amor que quiere, ante todo, ponerse al servicio de los pobres, los débiles, los olvidados y los abandonados.
En este punto, el centralismo euroamericano de la Iglesia tendrá que dejar paso a la Iglesia emergente de los países en vías de desarrollo, al que pertenecerán la mayoría de los fieles al terminar el próximo pontificado. Y habrá que dar voz a sus preocupaciones, aunque estén muchas veces lejos de nuestra secularizada cultura occidental. Se levantarán voces contra la explotación y en defensa de los derechos sociales y económicos, especialmente los derechos elementales a la vida humana y los derechos de las mujeres y de los niños. Ha llegado un tiempo en que la Iglesia tendrá que reconocer su voz profética hablando en nombre del mundo en desarrollo, hablando de una visión ecológica de la justicia, del cuidado de los recursos naturales, unos recursos que todos los miembros del género humano deben poder disfrutar de ahora en adelante como dones preciosos de Dios. Será una Iglesia que no se asustará del mundo, ni tendrá miedo tampoco de aparecer pobre ante él, porque sabe que no necesitará revestirse de poder mundano para cumplir su tarea. Estará preparada para consumirse ella misma en el servicio—reconocido o no—y no andará ya preocupada de sí misma ni de su propia supervivencia, porque su vista estará puesta en las necesidades y en el futuro de la humanidad.
Es una Iglesia que desea seguir a Cristo encarnado y resucitado hasta las profundidades de la historia y hasta los lugares más áridos del corazón humano. Y lo hará siempre con amor, porque viviendo desde la verdad de Cristo, entenderá y acogerá ese don supremo que es la vida humana, la vida de todos los hombres y mujeres, cualquiera que sea su raza, su religión, su nacionalidad o su estatus. Una Iglesia que, al fin, “vio que el mundo era bueno” y se regocijará con él en todas las cosas, humanas o divinas, que alientan la vida—toda vida—y la hacen florecer. Cuando la Iglesia sea capaz de vivir esto, estará viviendo su propia vida sacramental del modo más profundo y podrá ofrecerla, gratis y sin contraprestaciones ni contratos, a un mundo secular que tiene el alma hambrienta. Sólo una Iglesia así podría enseñar con autoridad los preceptos y las recomendaciones evangélicas: cómo compartir los recursos de la creación, cómo vivir una vida en solidaridad con todos los hombres y mujeres de un modo más pobre en lo material y más rico en lo espiritual, cómo ser capaces de respetar y reverenciar nuestro cuerpo y el de los otros seres y rechazar todo aquello que nos instrumentalice o nos embrutezca.
El Concilio supo entender muy bien que sólo una Iglesia que sea capaz de experimentar una kenosis de amor y de vivir como un don el gozoso sacrificio de sí misma podría desarrollar este modelo. Para esa Iglesia, la secularización no sería una amenaza, sino una llamada. No es una Iglesia utópica ni una Iglesia que vive sin más la ensoñación irreal de una ética humanitaria. Cuando se sigue a Cristo crucificado, no es fácil pasar por alto que nuestra propia realidad está herida; pero la nueva Iglesia no tiene miedo de sufrir por y con el mundo, ni tiene miedo de convivir con todas esas realidades torturadas que conforman nuestros pecados, porque conoce de antemano la serena victoria de la esperanza, el amor y la gracia, que andan trabajando ya en la viña del Señor hasta que vuelva. Y, sobre todo, la Iglesia que el Concilio vislumbró era consciente de que, aunque el mundo rechazara abiertamente a Dios o lo ignorase sin más, Él está siempre presente.
Se necesita una Iglesia humilde, libre y algo mística para ser capaz de ver esto, para entrar incluso en las oscuridades donde hemos ido escondiendo o arrinconando a Dios. Y cuando la Iglesia se atreva a dar el siguiente paso, encontrará a Dios allí donde no esperaba encontrarlo, en el Sábado Santo del mundo secularizado, porque descubrirá que hay muchos que llevaban ya dentro su nombre y que hablaban ya con su voz. Muchos que habían estado esperándo a esa Iglesia durante demasiado tiempo y que, por fin, la habrán encontrado.
Ojalá que, mientras se elige al futuro papa, no tengamos miedo de amar a esta Iglesia del presente, tal como es, tal como le gustaría ser y tal como a Dios le gustaría que fuese. Y ojalá podamos llegar a vislumbrar la grandeza del corazón de esa Iglesia y de la misión a la que está llamada.
Thursday, February 28, 2013
el Papa Benedicto desaparece para rezar
Desaparecer para rezar
El Papa ha elegido el día de la Virgen de Lourdes para darnos otra de las clases magistrales de su pontificado. ...A pesar de la sorpresa, de la tristeza, no me queda sino expresar mi más sincero agradecimiento al Santo Padre, y a Dios, por la entrega de su vida a la Iglesia y especialmente por los ocho años de su pontificado.
Sin duda, el anuncio del Papa ha sido una genial catequesis cuaresmal. Con este acontecimiento, Dios habla, por lo menos a mí, de conversión, de amor a Dios, con mucha mayor profundidad que cualquier retiro cuaresmal.
Escuchando esta mañana en la radio sobre qué haría el Papa tras su renuncia, me encantaba la idea de que el Papa “desaparece para rezar”. Se decía que con tal de no interferir con su sucesor, desaparecería del Vaticano enclaustrándose en un monasterio de clausura, dedicándose a la oración y al estudio.
Viendo ya que el ser Papa en sí es un servicio, una cruz, sin embargo me edifica la libertad con la que el Papa decide renunciar, dejando claro que las palabras que dijo al inicio de su pontificado, “Soy un humilde obrero en la viña del Señor”, no era una frase hecha. Hasta los últimos momentos de su pontificado, lo ha encarnado con gran fidelidad.
Antes me insinuaba un amigo que Cristo no se bajó de la cruz, haciendo referencia al final del pontificado de Juan Pablo II y sus famosas palabras. Sin embargo, no veo en Benedicto XVI un bajarse de la cruz, una evasión, una huida. Más bien, veo una fe y confianza plena en el Señor, sabiendo que la Iglesia no es suya sino de Cristo… Como humilde obrero del Señor, obedece lo que Dios le va marcando en cada momento de su vida.
Recuerdo la semana santa del año 2010, año de los escándalos por la pederastia de curas católicos, en la que el Papa se mostraba ante el mundo y la Iglesia como Cristo a Pilatos en la Pasión del Evangelio de San Juan… Con total dignidad, entrega, amor de Padre… Nos hablaba del martirio pero encarnándolo él como un Padre que da ejemplo a sus hijos…
Recuerdo el día en que fue elegido Papa, como inmediatamente después de asomarse al balcón, comenzó una gran persecución, un frontal ataque a su persona, que hasta alemanes ateos tuvieron que salir en su defensa ante los medios . Sin embargo, a pesar de la imagen de hombre cuadriculado, férreo, duro, que se nos quiso dar de él, nos queda su humildad, su ternura, la sencillez de sus escritos a pesar de su gran sabiduría, su firmeza, su celo, su caridad, su perdón…
Santo Padre… Muchas gracias por todo… Gracias por su pontificado… Gracias por su testimonio de fe, de esperanza y de caridad. Seguiré rezando por Su Santidad y por estos días previos al nombramiento de su sucesor. Gracias…
El Papa ha elegido el día de la Virgen de Lourdes para darnos otra de las clases magistrales de su pontificado. ...A pesar de la sorpresa, de la tristeza, no me queda sino expresar mi más sincero agradecimiento al Santo Padre, y a Dios, por la entrega de su vida a la Iglesia y especialmente por los ocho años de su pontificado.
Sin duda, el anuncio del Papa ha sido una genial catequesis cuaresmal. Con este acontecimiento, Dios habla, por lo menos a mí, de conversión, de amor a Dios, con mucha mayor profundidad que cualquier retiro cuaresmal.
Escuchando esta mañana en la radio sobre qué haría el Papa tras su renuncia, me encantaba la idea de que el Papa “desaparece para rezar”. Se decía que con tal de no interferir con su sucesor, desaparecería del Vaticano enclaustrándose en un monasterio de clausura, dedicándose a la oración y al estudio.
Viendo ya que el ser Papa en sí es un servicio, una cruz, sin embargo me edifica la libertad con la que el Papa decide renunciar, dejando claro que las palabras que dijo al inicio de su pontificado, “Soy un humilde obrero en la viña del Señor”, no era una frase hecha. Hasta los últimos momentos de su pontificado, lo ha encarnado con gran fidelidad.
Antes me insinuaba un amigo que Cristo no se bajó de la cruz, haciendo referencia al final del pontificado de Juan Pablo II y sus famosas palabras. Sin embargo, no veo en Benedicto XVI un bajarse de la cruz, una evasión, una huida. Más bien, veo una fe y confianza plena en el Señor, sabiendo que la Iglesia no es suya sino de Cristo… Como humilde obrero del Señor, obedece lo que Dios le va marcando en cada momento de su vida.
Recuerdo la semana santa del año 2010, año de los escándalos por la pederastia de curas católicos, en la que el Papa se mostraba ante el mundo y la Iglesia como Cristo a Pilatos en la Pasión del Evangelio de San Juan… Con total dignidad, entrega, amor de Padre… Nos hablaba del martirio pero encarnándolo él como un Padre que da ejemplo a sus hijos…
Recuerdo el día en que fue elegido Papa, como inmediatamente después de asomarse al balcón, comenzó una gran persecución, un frontal ataque a su persona, que hasta alemanes ateos tuvieron que salir en su defensa ante los medios . Sin embargo, a pesar de la imagen de hombre cuadriculado, férreo, duro, que se nos quiso dar de él, nos queda su humildad, su ternura, la sencillez de sus escritos a pesar de su gran sabiduría, su firmeza, su celo, su caridad, su perdón…
Santo Padre… Muchas gracias por todo… Gracias por su pontificado… Gracias por su testimonio de fe, de esperanza y de caridad. Seguiré rezando por Su Santidad y por estos días previos al nombramiento de su sucesor. Gracias…
Wednesday, February 27, 2013
el camino de la Iglesia
El camino de la Iglesia.*
La Iglesia sigue el camino de Pasión y Resurrección de <<>>.*
...
La Iglesia es Eterna, superará todas las tribulaciones.*
Como círculos concéntricos, así es el Plan de <<>>. Si se analizan las Escrituras, es evidente que el mismo argumento, la misma historia se repite una y otra vez, con distintos personajes, pero con el mismo significado y mensaje.
Por ejemplo, cuando Dios saca a Su Pueblo de Egipto y le pide se sacrifique como ceremonia previa un cordero Pascual en cada familia, para abrir de ese modo las puertas a la salvación del pueblo elegido.
Del mismo modo, siglos después es el Cordero de Dios, Cristo, el sacrificado para salvar al Pueblo de Dios una vez más, ésta vez por la Redención definitiva de toda la humanidad.
También vemos en el pedido a Abraham de sacrificar a su primogénito, reemplazado a último minuto por un cordero, el mensaje de Dios sacrificando a Su Hijo Unigénito siglos después, Cordero de Dios, Hombre Verdadero y Dios Verdadero. Círculos y círculos que se repiten con distintos personajes y circunstancias, pero con el mismo mensaje y contenido.
Los mensajes de Dios raramente son directos, pero en la forma de parábolas y revelaciones El nos ha dejado lo necesario para que encontremos las pistas que nos den el camino seguro a la Salvación.
Nuestro es el esfuerzo necesario para comprender Su Mensaje, Su Palabra, porque esa es la Ley de Dios para nosotros: poner nuestra voluntad a Su servicio, incluido el disponer nuestra inteligencia para comprender Su Revelación.
Como una piedra lanzada a un estanque, que produce círculos que se abren más y más, el uno más grande que el otro, pero todos provenientes del mismo evento. La Piedra, el centro de toda ésta historia, se sitúa en la Vida de Cristo.
Todo lo que rodeó a Jesús en Su vida en la tierra fue preanunciado con siglos de antelación, y también se repite luego a través de la vida de Su Iglesia, ya que El mismo es la Cabeza del Cuerpo Místico del que nosotros somos miembros activos y militantes.
De este modo, existe un claro paralelo entre la historia del Redentor y la de Su Iglesia, ya que ambas van indisolublemente unidas, son dos círculos distintos pero ambos provenientes del mismo evento: la Encarnación del Verbo.
Todo comienza con la Anunciación del Ángel a Maria en la casita de Nazaret, donde Ella dio el si que abrió las puertas a la historia de la Salvación. El equivalente a la Anunciación, en la historia de la iglesia, se produce al pie de la Cruz.
En este caso, no fue el ángel el que hizo el anuncio. Es el mismo Cristo el que anuncia a María que Ella será la Madre de todos los hombres, de la Iglesia. Una vez más, Maria dio un si, lleno de dolor ante tan horrorosa vista, la de Su Hijo Crucificado y a punto de morir.
El Nacimiento de Jesús se produce en Belén en una pobre gruta, con María y José como testigos. La Iglesia, en cambio, nace el día de Pentecostés, nuevamente con María como la Madre que da a luz espiritualmente al Nuevo Pueblo de Dios.
En la misma sala en que Jesús había instituido la Eucaristía poco tiempo antes, en la sala del Cenáculo en la planta alta de aquella casa de Jerusalén, se produjo el nacimiento de la Iglesia.
El Pequeño Cuerpo de Jesús que Ella tuvo en sus brazos en Belén, fue reemplazado en este caso por un pequeño grupo de humildes hombres que eran la iglesia infante que nacía aquel día.
El mundo quiso asesinar a Jesús en Sus primeros años de vida, con la persecución de Herodes. La Sagrada Familia huyó entonces de Palestina hacia Egipto.
Luego del nacimiento de la Iglesia, los primeros cristianos también fueron perseguidos y debieron huir de Jerusalén hacia lugares distantes, llevando el mensaje de Salvación con ellos. Muchos fueron asesinados, como los niños de Belén, pero la Iglesia Cuerpo Místico de Cristo salvó Su vida y siguió camino rumbo a la adultez.
El retorno de la Sagrada Familia desde Egipto a Nazaret puede ser comparado, en la vida de la Iglesia, con el establecimiento del Cristianismo en Roma, la vuelta a casa para seguir dando firmes cimientos a la historia de la Redención.
Los primeros años de la vida de Jesús fueron un periodo de crecer, oculto a los ojos del mundo, creciendo en Su Naturaleza Humana y formándose bajo el cuidado de Su Madre.
Del mismo modo, la iglesia transitó siglos de pequeñez y ocultamiento, creciendo y fortaleciéndose hasta ser un vigoroso Cuerpo dispuesto a dar el mensaje de Salvación al mundo.
Los santos que fueron surgiendo a través de los tiempos son los miembros vigorosos de Jesús, lozanos y deslumbrantes, que nos permiten ver en todo su esplendor al Cuerpo de Cristo formado como un Adulto fuerte y preparado para Su Misión.
Es difícil ver como se establece el paralelo de allí en adelante, quizás porque estamos tan cerca de los hechos que no podemos reconocer qué parte de la vida de Jesús está viviendo la Iglesia en estos momentos.
A pesar de ello, creo que está claro que la Vida Pública de la Iglesia empezó hace varios siglos ya. Y probablemente el signo más claro esté constituido por las múltiples apariciones de María, que ha sido enviada por Jesús para trabajar y anunciar el mensaje, el mismo mensaje, a todos nosotros.
Apariciones en todos los continentes, mensajes invitando a la conversión, al amor, a la fe. El mismo mensaje que Jesús nos da en el Evangelio, ahora traído por Su Madre.
Pero también Jesús ha salido a caminar los senderos de este mundo, a través de Santa Margarita Maria de Alacoque y la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, de Santa Faustina Kowalska y el Jesús Misericordioso, entre varias diversas manifestaciones de Jesús a santos de la Iglesia.
Jesús y Maria han salido a recorrer los caminos de este mundo, como en Palestina. La vida pública de la iglesia parece estar desarrollándose de modo pleno. Pero, así como Jesús caminó tres años de Su vida pública rumbo al Calvario como indudable destino final, ¿hacia dónde se dirige Su Cuerpo Místico, la Iglesia, entonces? Difícil de saberlo, pero un dato resuena en mi mente. Desde hace un tiempo la Virgen se manifiesta con lágrimas en sus ojos, comenzando en La Salette, pero mucho más claramente en las últimas décadas con las lacrimaciones de muchas de sus imágenes, lágrimas de sangre algunas veces. No puedo dejar de recordar que, si bien la Virgen lloró muchas veces por el mal que los hombres hacían a Su Jesús, Ella nunca lloró más que al pie de la Cruz, en el Calvario.
La esperanza, sin dudas, la tenemos puesta en la seguridad plena de que la Iglesia sigue el camino de Pasión y Resurrección de Jesús. La Iglesia es Eterna, superará todas las tribulaciones, las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Pero, mientras tanto, tiene en el Cielo a todas las almas santas, las que llegaron al Reino, y aquí en la tierra a sus miembros militantes, todos nosotros, que la integramos con el orgullo de vivir días de Cruz o Resurrección, según sea Su Voluntad.
La Iglesia sigue el camino de Pasión y Resurrección de <<
...
La Iglesia es Eterna, superará todas las tribulaciones.*
Como círculos concéntricos, así es el Plan de <<
Por ejemplo, cuando Dios saca a Su Pueblo de Egipto y le pide se sacrifique como ceremonia previa un cordero Pascual en cada familia, para abrir de ese modo las puertas a la salvación del pueblo elegido.
Del mismo modo, siglos después es el Cordero de Dios, Cristo, el sacrificado para salvar al Pueblo de Dios una vez más, ésta vez por la Redención definitiva de toda la humanidad.
También vemos en el pedido a Abraham de sacrificar a su primogénito, reemplazado a último minuto por un cordero, el mensaje de Dios sacrificando a Su Hijo Unigénito siglos después, Cordero de Dios, Hombre Verdadero y Dios Verdadero. Círculos y círculos que se repiten con distintos personajes y circunstancias, pero con el mismo mensaje y contenido.
Los mensajes de Dios raramente son directos, pero en la forma de parábolas y revelaciones El nos ha dejado lo necesario para que encontremos las pistas que nos den el camino seguro a la Salvación.
Nuestro es el esfuerzo necesario para comprender Su Mensaje, Su Palabra, porque esa es la Ley de Dios para nosotros: poner nuestra voluntad a Su servicio, incluido el disponer nuestra inteligencia para comprender Su Revelación.
Como una piedra lanzada a un estanque, que produce círculos que se abren más y más, el uno más grande que el otro, pero todos provenientes del mismo evento. La Piedra, el centro de toda ésta historia, se sitúa en la Vida de Cristo.
Todo lo que rodeó a Jesús en Su vida en la tierra fue preanunciado con siglos de antelación, y también se repite luego a través de la vida de Su Iglesia, ya que El mismo es la Cabeza del Cuerpo Místico del que nosotros somos miembros activos y militantes.
De este modo, existe un claro paralelo entre la historia del Redentor y la de Su Iglesia, ya que ambas van indisolublemente unidas, son dos círculos distintos pero ambos provenientes del mismo evento: la Encarnación del Verbo.
Todo comienza con la Anunciación del Ángel a Maria en la casita de Nazaret, donde Ella dio el si que abrió las puertas a la historia de la Salvación. El equivalente a la Anunciación, en la historia de la iglesia, se produce al pie de la Cruz.
En este caso, no fue el ángel el que hizo el anuncio. Es el mismo Cristo el que anuncia a María que Ella será la Madre de todos los hombres, de la Iglesia. Una vez más, Maria dio un si, lleno de dolor ante tan horrorosa vista, la de Su Hijo Crucificado y a punto de morir.
El Nacimiento de Jesús se produce en Belén en una pobre gruta, con María y José como testigos. La Iglesia, en cambio, nace el día de Pentecostés, nuevamente con María como la Madre que da a luz espiritualmente al Nuevo Pueblo de Dios.
En la misma sala en que Jesús había instituido la Eucaristía poco tiempo antes, en la sala del Cenáculo en la planta alta de aquella casa de Jerusalén, se produjo el nacimiento de la Iglesia.
El Pequeño Cuerpo de Jesús que Ella tuvo en sus brazos en Belén, fue reemplazado en este caso por un pequeño grupo de humildes hombres que eran la iglesia infante que nacía aquel día.
El mundo quiso asesinar a Jesús en Sus primeros años de vida, con la persecución de Herodes. La Sagrada Familia huyó entonces de Palestina hacia Egipto.
Luego del nacimiento de la Iglesia, los primeros cristianos también fueron perseguidos y debieron huir de Jerusalén hacia lugares distantes, llevando el mensaje de Salvación con ellos. Muchos fueron asesinados, como los niños de Belén, pero la Iglesia Cuerpo Místico de Cristo salvó Su vida y siguió camino rumbo a la adultez.
El retorno de la Sagrada Familia desde Egipto a Nazaret puede ser comparado, en la vida de la Iglesia, con el establecimiento del Cristianismo en Roma, la vuelta a casa para seguir dando firmes cimientos a la historia de la Redención.
Los primeros años de la vida de Jesús fueron un periodo de crecer, oculto a los ojos del mundo, creciendo en Su Naturaleza Humana y formándose bajo el cuidado de Su Madre.
Del mismo modo, la iglesia transitó siglos de pequeñez y ocultamiento, creciendo y fortaleciéndose hasta ser un vigoroso Cuerpo dispuesto a dar el mensaje de Salvación al mundo.
Los santos que fueron surgiendo a través de los tiempos son los miembros vigorosos de Jesús, lozanos y deslumbrantes, que nos permiten ver en todo su esplendor al Cuerpo de Cristo formado como un Adulto fuerte y preparado para Su Misión.
Es difícil ver como se establece el paralelo de allí en adelante, quizás porque estamos tan cerca de los hechos que no podemos reconocer qué parte de la vida de Jesús está viviendo la Iglesia en estos momentos.
A pesar de ello, creo que está claro que la Vida Pública de la Iglesia empezó hace varios siglos ya. Y probablemente el signo más claro esté constituido por las múltiples apariciones de María, que ha sido enviada por Jesús para trabajar y anunciar el mensaje, el mismo mensaje, a todos nosotros.
Apariciones en todos los continentes, mensajes invitando a la conversión, al amor, a la fe. El mismo mensaje que Jesús nos da en el Evangelio, ahora traído por Su Madre.
Pero también Jesús ha salido a caminar los senderos de este mundo, a través de Santa Margarita Maria de Alacoque y la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, de Santa Faustina Kowalska y el Jesús Misericordioso, entre varias diversas manifestaciones de Jesús a santos de la Iglesia.
Jesús y Maria han salido a recorrer los caminos de este mundo, como en Palestina. La vida pública de la iglesia parece estar desarrollándose de modo pleno. Pero, así como Jesús caminó tres años de Su vida pública rumbo al Calvario como indudable destino final, ¿hacia dónde se dirige Su Cuerpo Místico, la Iglesia, entonces? Difícil de saberlo, pero un dato resuena en mi mente. Desde hace un tiempo la Virgen se manifiesta con lágrimas en sus ojos, comenzando en La Salette, pero mucho más claramente en las últimas décadas con las lacrimaciones de muchas de sus imágenes, lágrimas de sangre algunas veces. No puedo dejar de recordar que, si bien la Virgen lloró muchas veces por el mal que los hombres hacían a Su Jesús, Ella nunca lloró más que al pie de la Cruz, en el Calvario.
La esperanza, sin dudas, la tenemos puesta en la seguridad plena de que la Iglesia sigue el camino de Pasión y Resurrección de Jesús. La Iglesia es Eterna, superará todas las tribulaciones, las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Pero, mientras tanto, tiene en el Cielo a todas las almas santas, las que llegaron al Reino, y aquí en la tierra a sus miembros militantes, todos nosotros, que la integramos con el orgullo de vivir días de Cruz o Resurrección, según sea Su Voluntad.
Tuesday, February 26, 2013
camino de la Iglesia hacia un nuevo Papa
El camino de la Iglesia hasta la elección del nuevo Papa
Quien ante todo tiene en mente dinero, sexo y poder, y está acostumbrado a interpretar en estos términos las diversas realidades, no es capaz de ver otra cosa ni siquiera en la Iglesia

«El camino de la Iglesia en estas últimas semanas del Pontificado del Papa Benedicto, hasta la elección del nuevo Papa a través de la "Sede vacante" y del Cónclave, es muy laborioso, dada la novedad de la situación. No tenemos - y nos alegra - que adolorarnos por la muerte de un Papa amado, pero no nos ha sido ahorrada otra prueba: aquella del multiplicarse de las presiones y de las consideraciones ajenas al espíritu con el que la Iglesia quisiera vivir este tiempo de espera y de preparación.
De hecho no falta quien busca aprovecharse del momento de sorpresa y desorientación de los espíritus débiles para sembrar confusión y echar descrédito a la Iglesia y sobre su gobierno, recurriendo a instrumentos antiguos - como la maledicencia, la desinformación, a veces la misma calumnia - o ejerciendo presiones inaceptables para condicionar el ejercicio del deber de voto por parte de uno u otro miembro del Colegio de cardenales, considerado no agradable por una razón u otra.
En la mayor parte de los casos quien se coloca como juez, emitiendo graves juicios morales, no tiene en verdad autoridad alguna para hacerlo. Quien ante todo tiene en mente dinero, sexo y poder, y está acostumbrado a interpretar en estos términos las diversas realidades, no es capaz de ver otra cosa ni siquiera en la Iglesia, porque su mirada no sabe dirigirse hacia lo alto o descender en profundidad para captar las dimensiones y las motivaciones espirituales de la existencia. De todo esto resulta una descripción profundamente injusta de la Iglesia y de tantos de sus hombres.
Pero todo aquello no cambiará la actitud de los creyentes, no mellará la fe y la esperanza con la que miran al Señor que ha prometido acompañar a su Iglesia. Queremos, según cuanto indica la tradición y la ley de la Iglesia, que este sea un tiempo de reflexión sincera sobre las expectativas espirituales del mundo y sobre la fidelidad de la Iglesia al Evangelio, de oración por la asistencia del Espíritu, de cercanía al Colegio de cardenales que se apresta al arduo servicio de discernimiento y de elección que le es pedido y que es principalmente para lo que existe.
En esto nos acompaña ante todo el ejemplo y la rectitud espiritual del Papa Benedicto, que ha querido dedicar a la oración del inicio de Cuaresma este último tramo de su Pontificado. Un camino penitencial de conversión hacia el gozo de Pascua. Así lo estamos viviendo y lo viviremos: conversión y esperanza».

«El camino de la Iglesia en estas últimas semanas del Pontificado del Papa Benedicto, hasta la elección del nuevo Papa a través de la "Sede vacante" y del Cónclave, es muy laborioso, dada la novedad de la situación. No tenemos - y nos alegra - que adolorarnos por la muerte de un Papa amado, pero no nos ha sido ahorrada otra prueba: aquella del multiplicarse de las presiones y de las consideraciones ajenas al espíritu con el que la Iglesia quisiera vivir este tiempo de espera y de preparación.
De hecho no falta quien busca aprovecharse del momento de sorpresa y desorientación de los espíritus débiles para sembrar confusión y echar descrédito a la Iglesia y sobre su gobierno, recurriendo a instrumentos antiguos - como la maledicencia, la desinformación, a veces la misma calumnia - o ejerciendo presiones inaceptables para condicionar el ejercicio del deber de voto por parte de uno u otro miembro del Colegio de cardenales, considerado no agradable por una razón u otra.
En la mayor parte de los casos quien se coloca como juez, emitiendo graves juicios morales, no tiene en verdad autoridad alguna para hacerlo. Quien ante todo tiene en mente dinero, sexo y poder, y está acostumbrado a interpretar en estos términos las diversas realidades, no es capaz de ver otra cosa ni siquiera en la Iglesia, porque su mirada no sabe dirigirse hacia lo alto o descender en profundidad para captar las dimensiones y las motivaciones espirituales de la existencia. De todo esto resulta una descripción profundamente injusta de la Iglesia y de tantos de sus hombres.
Pero todo aquello no cambiará la actitud de los creyentes, no mellará la fe y la esperanza con la que miran al Señor que ha prometido acompañar a su Iglesia. Queremos, según cuanto indica la tradición y la ley de la Iglesia, que este sea un tiempo de reflexión sincera sobre las expectativas espirituales del mundo y sobre la fidelidad de la Iglesia al Evangelio, de oración por la asistencia del Espíritu, de cercanía al Colegio de cardenales que se apresta al arduo servicio de discernimiento y de elección que le es pedido y que es principalmente para lo que existe.
En esto nos acompaña ante todo el ejemplo y la rectitud espiritual del Papa Benedicto, que ha querido dedicar a la oración del inicio de Cuaresma este último tramo de su Pontificado. Un camino penitencial de conversión hacia el gozo de Pascua. Así lo estamos viviendo y lo viviremos: conversión y esperanza».
virtudes de Benedicto XVI
Hay personas en quienes la elegancia es fruto de una cuidadosa vigilancia de sí mismos: sus modales, su vestido, su forma de hablar, su forma de callar. En otras personas, muchas menos, la elegancia parece simplemente la manifestación exterior y no buscada de una claridad interior, de una personalidad acabada, sin contradicciones, que no significa sin defectos. En estas personas, la elegancia, la cortesía, la humildad, rasgos todos de carácter, enraízan en una poderosa fuerza interior mucho más difícil de ver para el observador superficial: la conciencia.
Más allá de su papel religioso, Benedicto XVI ha sido un líder elegante, con esa elegancia natural pero difícil que solo se consigue obedeciendo humildemente a la conciencia. Por eso, no entenderán su renuncia –igual que no han entendido su pontificado– quienes no tengan de la conciencia el alto concepto que tiene el Papa.
El Papa que llegó con fama de inquisidor ha hecho de la libertad interior uno de los ejes de su enseñanza. En línea con Juan Pablo II (“la fe no se impone, se propone”), Benedicto XVI ha dedicado la mayor parte de sus textos doctrinales a hablar del amor y de la belleza, las fuerzas que verdaderamente “seducen” la conciencia; el Papa, sin dejar de confirmar el dogma, ha preferido recordar a los católicos (y ofrecer a los no católicos) el atractivo de la fe. Y lo ha hecho desde el propio convencimiento, con esa elegancia y tono amable que solo despiden quienes están convencidos de lo que hacen.
En los hombres de conciencia como Benedicto XVI, la rectitud de intenciones puede llegar a desconcertar. Esta es otra de las prerrogativas de la elegancia. El todavía Papa ha provocado el desconcierto de muchos comentaristas desde el inicio de su pontificado. Sin embargo, sus maneras elegantes y no impostadas nunca han molestado a nadie, salvo a quien ofende que otros puedan honestamente no estar de acuerdo con ellos; es decir, a quienes no entienden la conciencia.
Valores de un dirigente
Para valorar la valía de Benedicto XVI como líder religioso, es necesario emplear unas categorías que solo tienen contenido para las personas con fe. En cambio, sí se puede enjuiciar el papel del actual Papa como modelo de líder en general. Y en este sentido, Benedicto XVI representa un ejemplo de los valores que el siglo XXI parece estar reclamando a sus dirigentes.
Una de las cualidades más reconocidas (incluso por sus detractores) del la personalidad del Papa es su capacidad para escuchar. Se ha dicho de Benedicto XVI que se sentía más a gusto entre libros que entre personas, pero basta recordar su gozo durante los tumultuosos actos de la JMJ para entender que esto no es cierto. En realidad, lo que ocurre es que el Papa se siente más a gusto escuchando que hablando.
En un momento en que la opinión pública está reclamando más cercanía y menos discursos por parte de sus líderes, la figura de Benedicto XVI se alza callada pero poderosamente. Un ejemplo de su actitud abierta y escuchadora han sido sus esfuerzos ecuménicos: después de anunciar su renuncia, representantes de todas las confesiones se han apresurado a agradecer al Papa su cercanía y cordialidad.
A pesar del tono conciliador de todo su pontificado, nunca se ha dejado llevar por el populismo, ni ha rehusado los temas más espinosos aunque imaginara que podían ser mal recibidos por la opinión pública. Lejos de mostrar rigorismo, la determinación y prudencia con que ha abordado los asuntos más “polémicos” (moral sexual, relación con el islam, pederastia dentro de la Iglesia...) son manifestaciones de esa elegancia nacida del escrupuloso respeto a la conciencia propia y de los demás.
Este respeto le ha llevado también a firmar su estudio sobreJesús de Nazaret con su nombre de pila, Joseph Ratzinger, junto con el de Benedicto XVI. Con este gesto, ha querido señalar que lo allí escrito es fruto de su interpretación personal, y por tanto falible. En este sentido, el Papa no parece haber tenido nunca la tentación de disimular sus limitaciones; ahora, en el momento de su renuncia, ha vuelto a dar ejemplo de transparencia, señalando que no se siente “con el vigor físico y espiritual necesarios” para continuar con su tarea.
La cortesía del humilde
La elegancia de Benedicto XVI, como la de cualquiera que la posea con esa plenitud y naturalidad, se ha mostrado por igual en las “victorias” y en las “derrotas”: su gesto de perplejidad y de agradecimiento durante la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, o su sincera aflicción ante los escándalos de pederastia o el “vatileaks”, nacen en realidad de un mismo convencimiento: el de estar sirviendo a otras personas, es decir, desempeñando una misión tan sagrada como alta es la dignidad del ser humano. Benedicto XVI siempre ha creído que la mejor manera de servir a alguien es desear para él el mayor bien (lo que la conciencia presenta como el mayor bien) y a la vez respetar la conciencia del otro.
Esto explica también que no haya ninguna contradicción entre haber renunciado a su pontificado y alabar en su día la decisión de Juan Pablo II de continuar hasta la muerte. Las personas verdaderamente elegantes saben entender las opiniones ajenas porque saben escuchar, mirar más allá de sus propios razonamientos y convicciones.
Benedicto XVI representa las cualidades del líder que reclama gran parte de la sociedad actual, harta de personajes grandilocuentes y de retórica vacía. Ha sabido escuchar, ha sabido hablar sin miedo, ha sabido respetar las conciencias ajenas sin violentar la propia ni caer en populismos, ha sabido ganar y perder; ha sabido, por último, aceptar las propias limitaciones como un aspecto más de su vocación de servicio. Su elegancia no tiene nada que ver con la falsa humildad del que carece de convicciones firmes, pero tampoco con la presunción del que se cree en posesión de la verdad. No en vano, el lema episcopal que escogió en su día fue “Colaborador de la verdad”.
Parafraseando a Ortega y Gasset (“la claridad es la cortesía del filósofo”), se podría decir que en Benedicto XVI la elegancia ha sido la cortesía del humilde. El líder humilde nunca traiciona su conciencia porque sabe que eso sería traicionar a su pueblo. Benedicto XVI no lo ha hecho en todo su pontificado, y tampoco en el momento de marcharse.
Más allá de su papel religioso, Benedicto XVI ha sido un líder elegante, con esa elegancia natural pero difícil que solo se consigue obedeciendo humildemente a la conciencia. Por eso, no entenderán su renuncia –igual que no han entendido su pontificado– quienes no tengan de la conciencia el alto concepto que tiene el Papa.
El Papa que llegó con fama de inquisidor ha hecho de la libertad interior uno de los ejes de su enseñanza. En línea con Juan Pablo II (“la fe no se impone, se propone”), Benedicto XVI ha dedicado la mayor parte de sus textos doctrinales a hablar del amor y de la belleza, las fuerzas que verdaderamente “seducen” la conciencia; el Papa, sin dejar de confirmar el dogma, ha preferido recordar a los católicos (y ofrecer a los no católicos) el atractivo de la fe. Y lo ha hecho desde el propio convencimiento, con esa elegancia y tono amable que solo despiden quienes están convencidos de lo que hacen.
En los hombres de conciencia como Benedicto XVI, la rectitud de intenciones puede llegar a desconcertar. Esta es otra de las prerrogativas de la elegancia. El todavía Papa ha provocado el desconcierto de muchos comentaristas desde el inicio de su pontificado. Sin embargo, sus maneras elegantes y no impostadas nunca han molestado a nadie, salvo a quien ofende que otros puedan honestamente no estar de acuerdo con ellos; es decir, a quienes no entienden la conciencia.
Valores de un dirigente
Para valorar la valía de Benedicto XVI como líder religioso, es necesario emplear unas categorías que solo tienen contenido para las personas con fe. En cambio, sí se puede enjuiciar el papel del actual Papa como modelo de líder en general. Y en este sentido, Benedicto XVI representa un ejemplo de los valores que el siglo XXI parece estar reclamando a sus dirigentes.
Una de las cualidades más reconocidas (incluso por sus detractores) del la personalidad del Papa es su capacidad para escuchar. Se ha dicho de Benedicto XVI que se sentía más a gusto entre libros que entre personas, pero basta recordar su gozo durante los tumultuosos actos de la JMJ para entender que esto no es cierto. En realidad, lo que ocurre es que el Papa se siente más a gusto escuchando que hablando.
En un momento en que la opinión pública está reclamando más cercanía y menos discursos por parte de sus líderes, la figura de Benedicto XVI se alza callada pero poderosamente. Un ejemplo de su actitud abierta y escuchadora han sido sus esfuerzos ecuménicos: después de anunciar su renuncia, representantes de todas las confesiones se han apresurado a agradecer al Papa su cercanía y cordialidad.
A pesar del tono conciliador de todo su pontificado, nunca se ha dejado llevar por el populismo, ni ha rehusado los temas más espinosos aunque imaginara que podían ser mal recibidos por la opinión pública. Lejos de mostrar rigorismo, la determinación y prudencia con que ha abordado los asuntos más “polémicos” (moral sexual, relación con el islam, pederastia dentro de la Iglesia...) son manifestaciones de esa elegancia nacida del escrupuloso respeto a la conciencia propia y de los demás.
Este respeto le ha llevado también a firmar su estudio sobreJesús de Nazaret con su nombre de pila, Joseph Ratzinger, junto con el de Benedicto XVI. Con este gesto, ha querido señalar que lo allí escrito es fruto de su interpretación personal, y por tanto falible. En este sentido, el Papa no parece haber tenido nunca la tentación de disimular sus limitaciones; ahora, en el momento de su renuncia, ha vuelto a dar ejemplo de transparencia, señalando que no se siente “con el vigor físico y espiritual necesarios” para continuar con su tarea.
La cortesía del humilde
La elegancia de Benedicto XVI, como la de cualquiera que la posea con esa plenitud y naturalidad, se ha mostrado por igual en las “victorias” y en las “derrotas”: su gesto de perplejidad y de agradecimiento durante la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, o su sincera aflicción ante los escándalos de pederastia o el “vatileaks”, nacen en realidad de un mismo convencimiento: el de estar sirviendo a otras personas, es decir, desempeñando una misión tan sagrada como alta es la dignidad del ser humano. Benedicto XVI siempre ha creído que la mejor manera de servir a alguien es desear para él el mayor bien (lo que la conciencia presenta como el mayor bien) y a la vez respetar la conciencia del otro.
Esto explica también que no haya ninguna contradicción entre haber renunciado a su pontificado y alabar en su día la decisión de Juan Pablo II de continuar hasta la muerte. Las personas verdaderamente elegantes saben entender las opiniones ajenas porque saben escuchar, mirar más allá de sus propios razonamientos y convicciones.
Benedicto XVI representa las cualidades del líder que reclama gran parte de la sociedad actual, harta de personajes grandilocuentes y de retórica vacía. Ha sabido escuchar, ha sabido hablar sin miedo, ha sabido respetar las conciencias ajenas sin violentar la propia ni caer en populismos, ha sabido ganar y perder; ha sabido, por último, aceptar las propias limitaciones como un aspecto más de su vocación de servicio. Su elegancia no tiene nada que ver con la falsa humildad del que carece de convicciones firmes, pero tampoco con la presunción del que se cree en posesión de la verdad. No en vano, el lema episcopal que escogió en su día fue “Colaborador de la verdad”.
Parafraseando a Ortega y Gasset (“la claridad es la cortesía del filósofo”), se podría decir que en Benedicto XVI la elegancia ha sido la cortesía del humilde. El líder humilde nunca traiciona su conciencia porque sabe que eso sería traicionar a su pueblo. Benedicto XVI no lo ha hecho en todo su pontificado, y tampoco en el momento de marcharse.
Sunday, February 17, 2013
23 preguntas y respuestas
La renuncia de Benedicto XVI ha suscitado preguntas legítimas no sólo en el mundo
católico. Algunas de esas interrogantes son de carácter práctico mientras que
otras tienen implicaciones más profundas en sus respuestas.
El portavoz oficial de la Sala de Prensa de la
Santa Sede, padre Federico Lombardi, ha ofrecido varias conferencias de prensa
entre el 11 y 15 de febrero. Durante el breafing diferentes periodistas
le han planteado cuestiones que el padre Lombardi ha respondido con la información
disponible en esos momentos. De esas contestaciones ofrecemos una selección ágil
y breve de 23 respuestas en torno a las cuestiones más presentes en la opinión
pública de estos días.
N.B.: La formulación de las preguntas y de
las respuestas no son textuales, han sido elaboradas y trabajadas en base a lo
que el padre Lombardi ha ido respondiendo. Siguen la sustancia de la respuesta
aunque no necesariamente las palabras usadas.
***
1. ¿Cuál será la última aparición pública de
Benedicto XVI como Papa en funciones?
R/ La última aparición pública (y masiva) de
Benedicto XVI como Papa será la audiencia general del miércoles 27 de febrero de
2013 en la Plaza de san Pedro del Vaticano. De forma extraordinaria, la
audiencia general contará con una liturgia de la Palabra y momentos de oración.
Al día siguiente, jueves 28, está prevista una audiencia privada en la sala
Clementina de la Santa Sede con algunos cardenales. Será la última audiencia de
su pontificado.
2. ¿Benedicto XVI tiene alguna enfermedad
grave en particular?
R/ No, Benedicto XVI no tiene una enfermedad
grave en particular.
3. ¿Es verdad que Benedicto XVI tiene un
marca pasos?
R/ Sí, es verdad que Benedicto XVI tiene un
marca pasos. Lo tiene desde que era Cardenal-prefecto de la Congregación para la
Doctrina de la Fe. Hace algunas semanas le cambiaron las baterías del marca
pasos.
R/ No, no está previsto que la encíclica sea
publicada dado que Benedicto XVI no la pudo concluir. Eventualmente, si
decidiera hacerla pública, no entraría dentro del rango de «encíclica».
5. ¿Por qué Benedicto XVI eligió las 20:00
del 28 de febrero para concluir su ministerio como Papa?
R/ Porque es la hora en que él habitualmente
concluye su jornada de trabajo.
6. ¿Dónde vivirá Benedicto XVI después de su
retiro como Papa?
R/ Inicialmente, por un periodo de dos meses,
en la residencia pontificia de Catelgandolfo. Posteriormente regresará al
Vaticano para vivir en el monasterio de clausura Mater
Ecclesiae.
7. ¿Es verdad que Benedicto XVI decidió
dimitir durante su viaje apostólico a México?
R/ Durante su viaje apostólico a México y Cuba
Benedicto XVI maduró el tema de su abdicación como una etapa más en el largo
proceso de su reflexión y discernimiento sobre este tema. Por lo demás, el viaje
no ha tenido ninguna otra relevancia particular al respecto.
8. ¿Cuál será nombre y título de Benedicto
XVI después del 28 de febrero?
R/ Es un tema que aún se está reflexionando.
Hay cierta unanimidad en que conservará el nombre de Benedicto XVI y que el
título será el de «Obispo emérito de Roma». En el Anuario Pontificio «Benedicto
XVI» seguirá siendo el nombre oficial utilizado.
9. ¿Participará Benedicto XVI en el Cónclave
para elegir a su sucesor?
R/ No, Benedicto XVI no participará en el
Cónclave para elegir a su sucesor ni será parte del Colegio Cardenalicio.
10. ¿Cómo se vestirá Benedicto XVI después
del 28 de febrero?
R/ Todavía no se sabe cómo se vestirá Benedicto
XVI después del 28 de febrero.
11. ¿La renuncia de un Papa está prevista en
la Iglesia?
R/ Sí, la abdicación de un Papa está prevista y
regulada por el Código de Derecho Canónico.
12. ¿Qué pasará con mons. Georg Gänswein,
secretario particular de Benedicto XVI y Prefecto de la Casa Pontificia desde
hace pocos meses?
R/ Mons. Georg Gänswein continuará siendo
secretario particular de Benedicto XVI, le acompañará a Castelgandolfo (y luego
en el monasterio Mater Ecclesia), y también seguirá siendo prefecto de la Casa
Pontificia. Análogamente, es posible que el segundo secretario particular se
traslade a Castelgandolfo y acompañe a Benedicto XVI por un tiempo.
13. ¿Quiénes vivirán con Benedicto XVI en el
monasterio Mater Ecclesia dentro del Vaticano, luego de
su retiro?
R/ Las memores (grupo de mujeres consagradas,
miembros de la familia pontificia, que auxilian al Papa en las necesidad
ordinarias de todo hogar) y su secretario particular, Mons. Georg Gänswein,
vivirán y asistirán a Benedicto XVI después de su retiro.
14. ¿El tema del así llamado «Vatileaks»
(filtración de documentos reservados) influyó en la decisión del Papa?
R/ No ha tenido ninguna relevancia. Si se
quiere recibir una información correcta se debe limitar a cuanto ha dicho el
Papa sobre su renuncia.
15. Aproximadamente, ¿cuándo podría comenzar
el Cónclave?
R/ Las fechas más convincentes apuntan a que
iniciará entre el 15 y 20 de marzo.
R/ No. Benedicto XVI no cambió las normas para
la elección de un Papa. Las normas vigentes siguen siendo las de la Constitución
Apostólica Universi Dominici Gregis.
17. ¿Cuál es el término correcto para
denominar lo que ha hecho el Papa?
R/ «Renuncia» sería el término más específico y
técnico. «Dimisión» no porque supone que alguien aceptar la dimisión para que
surta efecto y, en el caso del Papa, esto no es necesario. «Abdicación» es un
término más adecuado para un rey.
18. ¿Hay luchas por el poder en el
Vaticano?
R/ En toda institución existe una dinámica que
lleva a opiniones diversas, lo que es siempre una riqueza. La diferencia y
diversidad de opiniones son positivas si llevan al bien de la institución misma.
Tales diferencias, sin embargo, no se deben sobrecargar pues no corresponderían
a la realidad ni a las intenciones de las personas. Afirmar que hay luchas de
poder no corresponde a la realidad de lo que está pasando en la Iglesia en estos
momentos.
19. ¿El periodista Peter Seewald entrevistó
a Benedicto XVI antes de su renuncia?
R/ El periodista alemán Peter Seewald, quien en
el pasado ha entrevistado varias veces a Joseph Ratzinger-Benedicto XVI,
entrevistó hace dos meses y medio a Benedicto XVI. La entrevista se enmarca en
la biografía oficial de Benedicto XVI en la que está trabajando Seewald.
20. ¿Benedicto XVI se encontrará con el
nuevo Papa?
R/ No está previsto que Benedicto XVI se
encuentre con el nuevo Papa.
21. ¿Por qué Benedicto XVI decidió quedarse
–luego de los dos meses en Castelgandolfo– en un monasterio en el Vaticano y no
regresar a su Baviera natal?
R/ Aunque Benedicto XVI no lo ha explicitado
claramente, la presencia y oración de Benedicto XVI en el Vaticano da una
continuidad espiritual al papado. Por lo demás, Benedicto XVI vive en el
Vaticano desde hace más de tres décadas.
22. ¿Cuáles son las razones exactas aducidas
por Benedicto XVI para su renuncia?
R/ El lunes 11 de marzo el Papa Benedicto XVI
dijo explícitamente que ha «llegado a la certeza de que, por
la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio
petrino» y también ha mencionado que para gobernar la Iglesia y anunciar el
Evangelio «es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu,
vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de
reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue
encomendado».
23¿Cuál es la agenda oficial de Benedicto
XVI del 11 al 28 de febrero de 2013?
R/ El calendario oficial de Benedicto XVI es el
siguiente:
13 de febrero: Preside la misa de miércoles de ceniza en la basílica de san Pedro.
Última misa pública del pontificado de Benedicto XVI.
14 de febrero: Audiencia al clero de la diócesis de Roma, de la cual es su
obispo
15 de febrero: Audiencia al presidente de
Rumanía y a los obispos de la región de Liguria, Italia, en visita ad
limina.
16 de febrero: Audiencia al presidente de
Guatemala y algunos obispos de Lombardia, Italia, en visita ad limina. Por la
tarde, audiencia privada al
primer ministro italiano, Mario Monti.
17 de febrero Alocución, rezo del Ángelus y saludo a
peregrinos reunidos en la plaza de san Pedro. A las 18:00 inicio de los
ejercicios espirituales del Papa y la curia romana.
23 de febrero Conclusión de los ejercicios
espirituales.
24 de febrero Último Ángelus de Benedicto XVI
en la plaza de san Pedro.
25 de febrero Audiencia privada a algunos
cardenales.
27 de febrero Última audiencia general de
Benedicto XVI.
28 de febrero A las 11 de la mañana saludo a
los Cardenales en la Sala Clementina del Vaticano. A las 17:00 se transfiere a
Castelgandolfo. A las 20:00 inicia la Sede Vacante.
Saturday, January 19, 2013
conversion liturgica: arte de celebrar y participar
Las cuestiones que nos planteamos
Hago este planteamiento inspirado y a partir de las reflexiones de Louis-Marie Chauvet, profesor emérito del Instituto Católico de París, en una lección ofrecida en la Academia norteamericana de Liturgia con motivo de un premio que le fue concedido en enero del 2009 y que se titulaba: Are the words of the Liturgy worn out? (¿están agotadas las palabras de la Liturgia?). Se trata de un autor que siempre me ha inspirado y orientado en mi reflexión sobre la teología sacramental y se lo agradezco.
No pocos se lamentan de la dificultad que entraña el lenguaje litúrgico: el estilo y contenido de las oraciones, el tono, la voz, la postura, los gestos del presidente de la Asamblea y los ministros, la gramática de la celebración … La dificultad del significado va más allá de las palabras usadas; el lenguaje de la liturgia es ordinariamente más sencillo que el lenguaje de la teología. Tomadas individualmente se pueden entender todas las palabras, pero en el conjunto resultan extrañas. ¿Qué se quiere decir cuando proclamamos en la celebración litúrgica: “está sentado a la derecha del Padre”, “es justo y necesario”, “bajó a los infiernos”, “Hosanna, hosanna”; o la redundancia del “santo, santo, santo”? Probablemente muchos fieles no sabrían qué responder. Otras veces la dificultad proviene del tono de voz (engolamiento, proclamación, falta de naturalidad, a veces, teatralidad). Cuaquiera entiende la expresión “¡oremos!” como una invitación dirigida a toda la Asamblea litúrgica, pero son muy pocas las personas que en ese momento se ponen a orar; otras se quejan de que no se les ofrezca un espacio de silencio para hacerlo.
Frecuentemente la asamblea se deja llevar por el ritmo litúrgico pero no distingue si se encuentra en el momento de la invocación al Espíritu (epíclesis) o en la anámnesis, o en la petición escatológica; sí entiende mejor otros momentos como el tiempo de las lecturas, el ofertorio, la consagración y la comunión.
El estilo de las oraciones dominicales, por ejemplo, no responde a nuestra forma ordinaria de orar; podemos entender lo que dicen las palabras; pero nos resultan poco comprensibles dado que nuestro modo ordinario de orar -y aquel que enseñan no pocos maestros de espiritualidad- no va en esa línea. Recordemos por ejemplo la oración inicial de dos domingos del tiempo ordinario:
“Oh Dios que has preparado bienes inefables para los que te aman, infunde tu amor en nuestros corazones, para que amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo” (domingo vigésimo del tiempo ordinario).“Oh Dios, fuente de todo bien, escucha sin cesar nuestras súplicas, y concédenos, inspirados por ti, pensar lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda” (domingo décimo del tiempo ordinario).
Estas oraciones litúrgicas piden que nosotros nos configuremos con la voluntad de Dios y no que Dios atienda a nuestros deseos. Esta forma litúrgica de orar nos pide un cambio de paradigma para dar calidad a nuestra relación con Dios. Las oraciones litúrgicas son todo un ejemplo de ello.
No debemos olvidar que la celebración litúrgica nos introduce en los misterios del Reino (Mt 13), en el misterio de Cristo (Col 4,3). Nada tiene que ver con la asistencia a un espectáculo religioso, en el cual unos son actores (celebrante y sus ministros) y otros meros espectadores (los fieles). La liturgia no es ficción. Por ser una participación simbólica en el misterio de Cristo, es “sacramental” y está basada en un salto de nivel: de la habitación normal a la iglesia, del pan y vino normales al pan de vida y la bebida de salvación… .
“Actuosa participatio”: participación activa
Los Padres del Concilio Vaticano II se interesaron mucho por la “simplificación” y la inculturación de la liturgia, de modo que resulte accesible a todo el mundo. Ellos sabían muy bien que no bastaba con traducirla del latín a las lenguas vernáculas; se trataba de algo mucho más serio y profundo. Los Padres del Concilio Vaticano II rechazaron absolutamente una interpretación “mágica” de la Liturgia, pero sí optaron por una interpretación “mistérica”. Es decir, para ellos, la liturgia es, ante todo, iniciativa de Dios, acción de Dios en medio de su comunidad. Lo importante en cada celebración no es la sobreactuación de la asamblea o del ministro presidente, sino la acogida comunitaria de la acción misteriosa y sacramental de Jesús, por medio del Espíritu. No se participa más por el mero hecho de que toda la gente cante, o que algunas personas pasen del fondo de la Iglesia a los puestos de adelante, o por la cascada de moniciones que intentan explicarlo todo y hacer consciente a la comunidad de lo que se está haciendo o leyendo. No es el ruido, las palabras, el movimiento, lo que hace una celebración más participada.
La constitución de liturgia en el n. 30 nos pide promover una “activa participación” de los creyentes y que se observen zonas de “silencio sagrado”. No se trata del silencio por el silencio, sino de ofrecer espacios para la interiorización y apropiación personal. Sin interiorización y personalización la liturgia no cala en el corazón de los creyentes y queda bloqueada su fuerza transformadora. Participar no es solamente “entender”, sino “ser iluminados”.
La liturgia no se confunde con una clase de teología, con una conferencia sobre la situación política, con un momento de concientización ciudadana. La liturgia nos introduce más adentro: en el Misterio de Dios que nos promete constantemente su Reinado y nos hace comprender cuáles son las claves de la transformación de este mundo y de la solución de sus problemas.
La función del celebrante: ars celebrandi.
Se ha dicho -y acertadamente- que el vocablo “liturgia” procede del término griego “ergon” que significa “acción, obra”. Liturgia no es un vocablo propio del discurso intelectual, como puede serlo el vocablo “teo-logía”. La liturgia no es un minicurso de teología; en ello la convierten algunos celebrantes ilustrados. La liturgia funciona con símbolos y con símbolos sencillos, humildes: comer un poco de pan y beber un poco de vino representan el banquete celestial. Se puede ser un gran experto en teología de la eucaristía y no participar adecuadamente en ella, por muchas elucubraciones mentales que uno elabore durante su celebración. Sin embargo, nos encontramos con reacciones en los fieles que, a pesar de su incultura teológica, se expresan así: “¡Qué bella Eucaristía; me he emocionado; he sentido no-sé-qué!” La no-comprensión intelectual está estrechamente vinculada con el misterio de la liturgia.
A través de la liturgia Jesús extiende su Pascua, continúa sus apariciones pascuales que tocan el corazón del ser humano y desde las situaciones más diferentes lo emocionan y transforman. No somos nosotros los que hacemos la Liturgia, es la Liturgia la que nos hace. El Espíritu Santo es el gran protagonista de la Liturgia. En el número 6 de Sacrosanctum Concilium fue introducida la expresión “por fuerza del Espíritu Santo”, que faltaba en el esquema primero; la expresión se encuentra en un lugar estratégico -dentro de la Constitución- que asegura suficientemente la dimensión pneumatológica de toda la liturgia.
Para expresar este misterio la Liturgia, basada en la tradición bíblica y patrística, nos ofrece unos textos que han ido sedimentando con el paso de los siglos. ¡Textos que tienen sonoridad, ritmo, belleza, hondura teológica y espiritual! No decimos que esos textos hayan de permanecer intangibles, pero sí que no sean sustituidos a la ligera por improvisaciones vulgares, sin inspiración, superficiales; que se evite la vulgaridad, la ramplonería que priva a la liturgia de su poesía, de su insinuación, de su misterios transparencia. ¡Hay celebrantes y ministros que destrozan obras de arte de la comunidad cristiana! ¡Que no sintonizan con la gran comunidad y sobreactúan como dueños y señores de la herencia recibida de Dios a través de los siglos. Convierten el arte en obscenidad -entendida la palabra en su sentido etimológico, es decir: sacan de su escenario propio la celebración litúrgica-.
El Concilio Vaticano II no nos invita al inmovilismo, sino a la fidelidad creadora. No podemos designar como “creativa” una ocurrencia vulgar, un canto que se compone para ser cantado en el último instante, un poema que se escribe bajo el signo de la urgencia, una celebración que se improvisa desde el activismo pastoral. La capacidad creadora solo adviene tras la inspiración, es decir, la acción del Espíritu en el artista. La Iglesia tiene el derecho de juzgar si lo que se presenta como inspirado, lo es realmente -tal como sucede en las Iglesias orientales con la consagración de los iconos-. Ciertos presbíteros pueden estar actuando como “déspotas sobre el pueblo de Dios”, imponiendo a todos sus superficiales juicios y opiniones. El pueblo de Dios merece mucho respeto y nadie debe convertirse sin más en su portavoz. He aquí, pues, algunas reflexiones conclusivas:
- La liturgia de la Iglesia no es propiedad de una persona, ni de una comunidad, sino de toda la Iglesia. Pero, al mismo tiempo, la liturgia debe encarnarse, inculturarse en cada iglesia o comunidad local. Aquí es preciso armonizar la comunión con todas las iglesias y la particularidad carismática de cada Iglesia. Para ello, es necesaria inspiración que nazca de Dios, equilibrio y armonía, discernimiento local. ¡Es responsabilidad de las iglesias particulares!
- La norma del arte de celebrar debería ser: “no digas lo que haces; haz lo que dices”. El primer nivel de creatividad que permite participación en una forma fructuosa en la liturgia está en el “hacer”. Hay que hacer la liturgia bien. Si decimos “oremos”, deberemos hacer todo lo posible para que eso acontezca y lo facilite. ¿Porqué no añadir en ese momento algún gesto, alguna palabra que introduzca a la comunidad en oración? Para que esta oración sea auténticamente seria es preciso que el presbítero actúe no como lector, sino como orante. “Decir misa” era una expresión inadecuada totalmente, que mostraba una realidad penosa: el presbítero que lee, que dice, pero no que actúa ante Dios y en nombre de Dios. Se requiere una cierta capacidad creadora e inspiración en el “hacer”. Muchas dificultades de acceso al sentido de las celebraciones litúrgicas se resolverían si los ministros ordenados “hicieran lo que dicen”, sabiendo que con poco se puede hacer mucho.
- Los ministros ordenados tenemos mucha responsabilidad: hemos recibido el oro de la Liturgia del concilio Vaticano II, ¿qué estamos haciendo con este tesoro? La formación litúrgica no se reduce a lo aprendido -y a veces mal aprendido- en los años de formación teológica. La educación litúrgica debe durar toda nuestra vida ministerial. Un ministro ordenado debe descubrir la “mística” de aquello que celebra para facilitar escenaarios de auténtica espiritualidad. La liturgia fue considerada por los Padres Conciliares como “culminación y fuente” de la vida y misión. También necesitamos una “conversión litúrgica” que nos lleve a valorar los Sacramentos, a descubrir “su gracia transformadora”, a acogerlos como los grandes regalos de Dios y de su Presencia entre nosotros, a personalizarlos para que el Espíritu nos potencie y lance como testigos de la Resurrección y del mundo que Dios Abbá soñó.
Saturday, December 29, 2012
Fiesta de la Sagrada Familia
Este fin de semana es la fiesta de la Sagrada Familia. Retorna cada año en Navidad. Los ojos se fijan en una familia peculiar a la que llamamos sagrada. Nos recuerda episodios de Belén y Nazaret, situaciones de asombro, incertidumbre y amenaza. Pero también de afecto y ternura ante el gran acontecimiento de la encarnación de Dios.
Al hilo de esa familia, podemos descubrir que toda familia tiene algo de sagrada. Forma parte de la historia sagrada, especialmente para los miembros de la misma. Es un lugar de gracia y de felicidad, tanto para los esposos y padres como para los hijos. Tener la dicha de nacer en una familia “sana” es una de las mayores bendiciones que se puede recibir en la vida. El ser “hijo” y, tal vez, hermano marca para toda la vida. Constituye una experiencia inicial y permanente de la propia humanidad.
En tiempos de crisis social y económica se pone de relieve la función social de la familia. Se habla y escribe de la familia como colchón social. Se recuerda que junto con las pensiones, el seguro de desempleo y la economía sumergida, es uno de los pilares que sostienen y confieren estabilidad social y personal a un país. A diferencia del norte de Europa, la familia del sur atiende durante muchos años a los jóvenes cuyo tiempo de formación se prolonga y cuyas perspectivas laborales son escasas y se hace imposible la emancipación personal en un proyecto de vida independiente.
Tal vez estas luces tienen las sombras de favorecer familias demasiado protectoras, con el consiguiente perjuicio para la capacidad de iniciativa y de riesgo por parte de los jóvenes. Y también favorecen una cierta comodidad y la consiguiente dificultad para el esfuerzo personal de superación.
Cuando se trata de discernir los contextos más favorables para la transmisión de la fe, se recurre también a la familia. Es el santuario de la vida recibida, acogida y querida, cuidada y celebrada. Se recuerda su función específica como dadora de los sentidos básicos de la vida y como educadora de las actitudes fundamentales de la vida. En las actitudes y afectos de los primeros años de la infancia se juega la felicidad personal del individuo para toda su vida. Nos lo dicen los sicólogos. Por su parte, los educadores lo constatan uno y otro día. Y los catequistas perciben cómo la fe se trasmite verdaderamente cuando forma parte del paquete de aprendizajes que se recibe por contagio y ósmosis familiar.
Las familias son las primeras evangelizadoras. El testimonio de los padres pone los cimientos de una fe que configura toda la vida. Hay que reconocer a las familias cristianas en su transcendental tarea. Hay que darle la enhorabuena por su vocación y misión. Especialmente en Navidad. A su modo, ellas continúan hoy la historia sagrada. Son la buena noticia para la vida de todos.
Saturday, December 01, 2012
Como hablar de Dios? segun Benedicto XVI
No se puede hablar de Dios y de lo que ha hecho en mi vida, si primero no se habla con Él
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Queridos hermanos y hermanas:
La pregunta central que nos hacemos hoy es la siguiente: ¿cómo hablar de Dios en nuestro tiempo? ¿Cómo comunicar el Evangelio para abrir caminos a su verdad salvífica, en aquellos corazones con frecuencia cerrados de nuestros contemporáneos, y a esas mentes a veces distraídas por los tantos fulgores de la sociedad? Jesús mismo, nos dicen los evangelistas, al anunciar el Reino de Dios se preguntó acerca de esto: "¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos?" (Mc. 4,30).
¿Cómo hablar de Dios hoy? La primera respuesta es que podemos hablar de Dios, porque Él habló con nosotros. La primera condición para hablar de Dios es, por lo tanto, escuchar lo que dijo Dios mismo. ¡Dios nos ha hablado! Dios no es una hipótesis lejana sobre el origen del mundo; no es una inteligencia matemática lejos de nosotros. Dios se preocupa por nosotros, nos ama, ha entrado personalmente en la realidad de nuestra historia, se ha autocomunicado hasta encarnarse. Por lo tanto, Dios es una realidad de nuestras vidas, es tan grande que aún así tiene tiempo para nosotros, nos cuida. En Jesús de Nazaret encontramos el rostro de Dios, que ha bajado de su Cielo para sumergirse en el mundo de los hombres, en nuestro mundo, y enseñar el "arte de vivir", el camino a la felicidad; para liberarnos del pecado y hacernos hijos de Dios (cf. Ef. 1,5; Rom. 8,14). Jesús vino para salvarnos y enseñarnos la vida buena del Evangelio.
Hablar de Dios significa, ante todo, tener claro lo que debemos llevar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo: no un Dios abstracto, una hipótesis, sino un Dios concreto, un Dios que existe, que ha entrado en la historia y que está presente en la historia; el Dios de Jesucristo como respuesta a la pregunta fundamental del por qué y del cómo vivir. Por lo tanto, hablar de Dios requiere una familiaridad con Jesús y con su Evangelio, supone nuestro conocimiento personal y real de Dios y una fuerte pasión por su proyecto de salvación, sin ceder a la tentación del éxito, sino de acuerdo con el método de Dios mismo. El método de Dios es el de la humildad --Dios se ha hecho uno de nosotros--, es el método de la Encarnación en la simple casa de Nazaret y en la gruta de Belén, como aquello de la parábola del grano de mostaza. No debemos temer a la humildad de los pequeños pasos y confiar en la levadura que penetra en la masa y poco a poco la hace crecer (cf. Mt. 13,33). Al hablar de Dios, en la obra de la evangelización, bajo la guía del Espíritu Santo, necesitamos una recuperación de la simplicidad, un retorno a lo esencial del anuncio: la Buena Nueva de un Dios que es real y concreto, un Dios que se interesa por nosotros, un Dios-Amor que se acerca a nosotros en Jesucristo hasta la cruz, y que en la resurrección nos da la esperanza y nos abre a una vida que no tiene fin, la vida eterna, la vida verdadera.
Ese comunicador excepcional que fue el apóstol Pablo, nos da una lección que va directo al centro de la fe del problema "cómo hablar de Dios", con gran sencillez. En la primera carta a los Corintios escribe: "Cuando fui a ustedes, no fui con el prestigio de la palabra o de la sabiduría a anunciarles el misterio de Dios, pues no quise saber entre ustedes sino a Jesucristo, y éste crucificado" (2,1-2). Así, el primer hecho es que Pablo no está hablando de una filosofía que él ha desarrollado, no habla de ideas que ha encontrado en otro lugar o ha inventado, sino que habla de una realidad de su vida, habla de Dios, que entró en su vida; habla de un Dios real que vive, que ha hablado con él y hablará con nosotros, habla de Cristo crucificado y resucitado.
La segunda realidad es que Pablo no es egoísta, no quiere crear un equipo de aficionados, no quiere pasar a la historia como el director de una escuela de gran conocimiento, no es egoísta, sino que san Pablo anuncia a Cristo y quiere ganar a las personas para el Dios verdadero y real. Pablo habla solo con el deseo de predicar lo que hay en su vida y que es la verdadera vida, que lo conquistó para sí en el camino a Damasco. Por lo tanto, hablar de Dios quiere decir dar espacio a Aquél que nos lo hace conocer, que nos revela su rostro de amor; significa privarse del propio yo ofreciéndolo a Cristo, sabiendo que no somos capaces de ganar a otros para Dios, sino que debemos esperarlo del mismo Dios, pedírselo a Él. Hablar de Dios viene por lo tanto de la escucha, de nuestro conocimiento de Dios que se realiza en la familiaridad con él, en la vida de oración y de acuerdo con los mandamientos.
Comunicar la fe, para san Pablo, no quiere decir presentarse a sí mismo, sino decir abierta y públicamente lo que ha visto y oído en el encuentro con Cristo, lo que ha experimentado en su vida ya transformada por aquel encuentro: es llevar a aquel Jesús que siente dentro de sí y que se ha convertido en el verdadero sentido de su vida, para que quede claro a todos que Él es lo que se requiere para el mundo, y que es decisivo para la libertad de cada hombre. El apóstol no se contenta con proclamar unas palabras, sino que implica la totalidad de su vida en la gran obra de la fe. Para hablar de Dios, tenemos que hacerle espacio, en la esperanza de que es Él quien actúa en nuestra debilidad: dejarle espacio sin miedo, con sencillez y alegría, en la profunda convicción de que cuanto más lo pongamos al medio a Él, y no a nosotros, tanto más fructífera será nuestra comunicación. Esto también es válido para las comunidades cristianas: ellas están llamadas a mostrar la acción transformadora de la gracia de Dios, superando individualismos, cerrazón, egoísmos, indiferencia, sino viviendo en las relaciones cotidianas el amor de Dios. Preguntémonos si son realmente así nuestras comunidades. Tenemos que reorientarnos para así, convertirnos en anunciadores de Cristo y no de nosotros mismos.
A este punto debemos preguntarnos cómo comunicaba Jesús mismo. Jesús en su unicidad habla de su padre –Abbà--, y del Reino de Dios, con la mirada llena de compasión por los sufrimientos y las dificultades de la existencia humana. Habla con gran realismo y, diría yo, el anuncio más importante de Jesús es que deja claro que el mundo y nuestra vida valen ante Dios. Jesús muestra que en el mundo y en la creación aparece el rostro de Dios y nos muestra cómo en las historias cotidianas de nuestra vida, Dios está presente. Tanto en las parábolas de la naturaleza, del grano de mostaza, del campo con diferentes semillas, o en nuestra vida, pensamos en la parábola del hijo pródigo, de Lázaro y de otras parábolas de Jesús. En los evangelios vemos cómo Jesús se interesa de toda situación humana que encuentra, se sumerge en la realidad de los hombres y de las mujeres de su tiempo, con una confianza plena en la ayuda del Padre. Y que de verdad en esta historia, escondido, Dios está presente; y si estamos atentos podemos encontrarlo.
Y los discípulos, que viven con Jesús, las multitudes que lo encuentran, ven su reacción ante diferentes problemas, ven cómo habla, cómo se comporta; ven en Él la acción del Espíritu Santo, la acción de Dios. En Él, anuncio y vida están entrelazados: Jesús actúa y enseña, partiendo siempre de un relación íntima con Dios Padre. Este estilo se convierte en una indicación fundamental para nosotros los cristianos: nuestro modo en que vivimos la fe y la caridad, se convierten en un hablar de Dios en el presente, porque muestra con una vida vivida en Cristo, la credibilidad, el realismo de lo que decimos con las palabras, que no son solo palabras, sino que muestran la realidad, la verdadera realidad. Y en esto hay que tener cuidado al leer los signos de los tiempos en nuestra época, es decir, identificar el potencial, los deseos, los obstáculos que se encuentran en la cultura contemporánea, en particular el deseo de autenticidad, el anhelo de trascendencia, la sensibilidad por la integridad de la creación, y comunicar sin miedo las respuestas que ofrece la fe en Dios. El Año de la Fe es una oportunidad para descubrir, con la imaginación animada por el Espíritu Santo, nuevos caminos a nivel personal y comunitario, a fin de que en todas partes la fuerza el evangelio sea sabiduría de vida y orientación de la existencia.
También en nuestro tiempo, un lugar privilegiado para hablar de Dios es la familia, la primera escuela para comunicar la fe a las nuevas generaciones. El Concilio Vaticano II habla de los padres como los primeros mensajeros de Dios (cf. Const. Dogm. Lumen Gentium, 11; Decr.Apostolicam actuositatem, 11), llamados a redescubrir su misión, asumiendo la responsabilidad de educar, y en el abrir las conciencias de los pequeños al amor de Dios, como una tarea esencial para sus vidas, siendo los primeros catequistas y maestros de la fe para sus hijos. Y en esta tarea es importante ante todo ‘la supervisión’, que significa aprovechar las oportunidades favorables para introducir en familia el discurso de la fe y para hacer madurar una reflexión crítica respecto a las muchas influencias a las que están sometidos los niños. Esta atención de los padres es también una sensibilidad para acoger las posibles preguntas religiosas presentes en la mente de los niños, a veces obvias, a veces ocultas.
Luego está ‘la alegría’; la comunicación de la fe siempre debe tener un tono de alegría. Es la alegría pascual, que no calla u oculta la realidad del dolor, del sufrimiento, de la fatiga, de los problemas, de la incomprensión y de la muerte misma, pero puede ofrecer criterios para la interpretación de todo, desde la perspectiva de la esperanza cristiana. La vida buena del Evangelio es esta nueva mirada, esta capacidad de ver con los mismos ojos de Dios cada situación. Es importante ayudar a todos los miembros de la familia a comprender que la fe no es una carga, sino una fuente de alegría profunda, es percibir la acción de Dios, reconocer la presencia del bien, que no hace ruido; sino que proporciona una valiosa orientación para vivir bien la propia existencia. Por último, ‘la capacidad de escuchar y dialogar’: la familia debe ser un ámbito donde se aprende a estar juntos, para conciliar los conflictos en el diálogo mutuo, que está hecho de escuchar y hablar, entenderse y amarse, para ser un signo, el uno para el otro, de la misericordia de Dios.
Hablar de Dios, por lo tanto, significa entender con la palabra y con la vida que Dios no es un competidor de nuestra existencia, sino que es el verdadero garante, el garante de la grandeza de la persona humana. Así que volvemos al principio: hablar de Dios es comunicar, con fuerza y sencillez, con la palabra y con la vida, lo que es esencial: el Dios de Jesucristo, aquel Dios que nos ha mostrado un amor tan grande hasta encarnarse, morir y resucitar para nosotros; ese Dios que nos invita a seguirlo y dejarse transformar por su inmenso amor, para renovar nuestra vida y nuestras relaciones; aquel Dios que nos ha dado la Iglesia, para caminar juntos y, a través de la Palabra y de los sacramentos, renovar la entera Ciudad de los hombres, con el fin de que pueda convertirse en Ciudad de Dios.
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