Sunday, February 17, 2013

23 preguntas y respuestas

La renuncia de Benedicto XVI ha suscitado preguntas legítimas no sólo en el mundo católico. Algunas de esas interrogantes son de carácter práctico mientras que otras tienen implicaciones más profundas en sus respuestas.


El portavoz oficial de la Sala de Prensa de la Santa Sede, padre Federico Lombardi, ha ofrecido varias conferencias de prensa entre el 11 y 15 de febrero. Durante el breafing diferentes periodistas le han planteado cuestiones que el padre Lombardi ha respondido con la información disponible en esos momentos. De esas contestaciones ofrecemos una selección ágil y breve de 23 respuestas en torno a las cuestiones más presentes en la opinión pública de estos días.



N.B.: La formulación de las preguntas y de las respuestas no son textuales, han sido elaboradas y trabajadas en base a lo que el padre Lombardi ha ido respondiendo. Siguen la sustancia de la respuesta aunque no necesariamente las palabras usadas.



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1. ¿Cuál será la última aparición pública de Benedicto XVI como Papa en funciones?



R/ La última aparición pública (y masiva) de Benedicto XVI como Papa será la audiencia general del miércoles 27 de febrero de 2013 en la Plaza de san Pedro del Vaticano. De forma extraordinaria, la audiencia general contará con una liturgia de la Palabra y momentos de oración. Al día siguiente, jueves 28, está prevista una audiencia privada en la sala Clementina de la Santa Sede con algunos cardenales. Será la última audiencia de su pontificado.



2. ¿Benedicto XVI tiene alguna enfermedad grave en particular?



R/ No, Benedicto XVI no tiene una enfermedad grave en particular.



3. ¿Es verdad que Benedicto XVI tiene un marca pasos?



R/ Sí, es verdad que Benedicto XVI tiene un marca pasos. Lo tiene desde que era Cardenal-prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Hace algunas semanas le cambiaron las baterías del marca pasos.



4. ¿La encíclica sobre la fe que Benedicto XVI estaba escribiendo será publicada?



R/ No, no está previsto que la encíclica sea publicada dado que Benedicto XVI no la pudo concluir. Eventualmente, si decidiera hacerla pública, no entraría dentro del rango de «encíclica».



5. ¿Por qué Benedicto XVI eligió las 20:00 del 28 de febrero para concluir su ministerio como Papa?



R/ Porque es la hora en que él habitualmente concluye su jornada de trabajo.



6. ¿Dónde vivirá Benedicto XVI después de su retiro como Papa?



R/ Inicialmente, por un periodo de dos meses, en la residencia pontificia de Catelgandolfo. Posteriormente regresará al Vaticano para vivir en el monasterio de clausura Mater Ecclesiae.



7. ¿Es verdad que Benedicto XVI decidió dimitir durante su viaje apostólico a México?



R/ Durante su viaje apostólico a México y Cuba Benedicto XVI maduró el tema de su abdicación como una etapa más en el largo proceso de su reflexión y discernimiento sobre este tema. Por lo demás, el viaje no ha tenido ninguna otra relevancia particular al respecto.



8. ¿Cuál será nombre y título de Benedicto XVI después del 28 de febrero?



R/ Es un tema que aún se está reflexionando. Hay cierta unanimidad en que conservará el nombre de Benedicto XVI y que el título será el de «Obispo emérito de Roma». En el Anuario Pontificio «Benedicto XVI» seguirá siendo el nombre oficial utilizado.



9. ¿Participará Benedicto XVI en el Cónclave para elegir a su sucesor?



R/ No, Benedicto XVI no participará en el Cónclave para elegir a su sucesor ni será parte del Colegio Cardenalicio.



10. ¿Cómo se vestirá Benedicto XVI después del 28 de febrero?



R/ Todavía no se sabe cómo se vestirá Benedicto XVI después del 28 de febrero.



11. ¿La renuncia de un Papa está prevista en la Iglesia?



R/ Sí, la abdicación de un Papa está prevista y regulada por el Código de Derecho Canónico.



12. ¿Qué pasará con mons. Georg Gänswein, secretario particular de Benedicto XVI y Prefecto de la Casa Pontificia desde hace pocos meses?



R/ Mons. Georg Gänswein continuará siendo secretario particular de Benedicto XVI, le acompañará a Castelgandolfo (y luego en el monasterio Mater Ecclesia), y también seguirá siendo prefecto de la Casa Pontificia. Análogamente, es posible que el segundo secretario particular se traslade a Castelgandolfo y acompañe a Benedicto XVI por un tiempo.



13. ¿Quiénes vivirán con Benedicto XVI en el monasterio Mater Ecclesia dentro del Vaticano, luego de su retiro?



R/ Las memores (grupo de mujeres consagradas, miembros de la familia pontificia, que auxilian al Papa en las necesidad ordinarias de todo hogar) y su secretario particular, Mons. Georg Gänswein, vivirán y asistirán a Benedicto XVI después de su retiro.



14. ¿El tema del así llamado «Vatileaks» (filtración de documentos reservados) influyó en la decisión del Papa?



R/ No ha tenido ninguna relevancia. Si se quiere recibir una información correcta se debe limitar a cuanto ha dicho el Papa sobre su renuncia.



15. Aproximadamente, ¿cuándo podría comenzar el Cónclave?



R/ Las fechas más convincentes apuntan a que iniciará entre el 15 y 20 de marzo.



16. ¿Benedicto XVI cambió las normas para la elección de un Papa?



R/ No. Benedicto XVI no cambió las normas para la elección de un Papa. Las normas vigentes siguen siendo las de la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis.



17. ¿Cuál es el término correcto para denominar lo que ha hecho el Papa?



R/ «Renuncia» sería el término más específico y técnico. «Dimisión» no porque supone que alguien aceptar la dimisión para que surta efecto y, en el caso del Papa, esto no es necesario. «Abdicación» es un término más adecuado para un rey.



18. ¿Hay luchas por el poder en el Vaticano?



R/ En toda institución existe una dinámica que lleva a opiniones diversas, lo que es siempre una riqueza. La diferencia y diversidad de opiniones son positivas si llevan al bien de la institución misma. Tales diferencias, sin embargo, no se deben sobrecargar pues no corresponderían a la realidad ni a las intenciones de las personas. Afirmar que hay luchas de poder no corresponde a la realidad de lo que está pasando en la Iglesia en estos momentos.



19. ¿El periodista Peter Seewald entrevistó a Benedicto XVI antes de su renuncia?



R/ El periodista alemán Peter Seewald, quien en el pasado ha entrevistado varias veces a Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, entrevistó hace dos meses y medio a Benedicto XVI. La entrevista se enmarca en la biografía oficial de Benedicto XVI en la que está trabajando Seewald.



20. ¿Benedicto XVI se encontrará con el nuevo Papa?



R/ No está previsto que Benedicto XVI se encuentre con el nuevo Papa.



21. ¿Por qué Benedicto XVI decidió quedarse –luego de los dos meses en Castelgandolfo– en un monasterio en el Vaticano y no regresar a su Baviera natal?



R/ Aunque Benedicto XVI no lo ha explicitado claramente, la presencia y oración de Benedicto XVI en el Vaticano da una continuidad espiritual al papado. Por lo demás, Benedicto XVI vive en el Vaticano desde hace más de tres décadas.



22. ¿Cuáles son las razones exactas aducidas por Benedicto XVI para su renuncia?



R/ El lunes 11 de marzo el Papa Benedicto XVI dijo explícitamente que ha «llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino» y también ha mencionado que para gobernar la Iglesia y anunciar el Evangelio «es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado».



23¿Cuál es la agenda oficial de Benedicto XVI del 11 al 28 de febrero de 2013?



R/ El calendario oficial de Benedicto XVI es el siguiente:



13 de febrero: Preside la misa de miércoles de ceniza en la basílica de san Pedro. Última misa pública del pontificado de Benedicto XVI.



14 de febrero: Audiencia al clero de la diócesis de Roma, de la cual es su obispo



15 de febrero: Audiencia al presidente de Rumanía y a los obispos de la región de Liguria, Italia, en visita ad limina.



16 de febrero: Audiencia al presidente de Guatemala y algunos obispos de Lombardia, Italia, en visita ad limina. Por la tarde, audiencia privada al primer ministro italiano, Mario Monti.



17 de febrero Alocución, rezo del Ángelus y saludo a peregrinos reunidos en la plaza de san Pedro. A las 18:00 inicio de los ejercicios espirituales del Papa y la curia romana.



23 de febrero Conclusión de los ejercicios espirituales.



24 de febrero Último Ángelus de Benedicto XVI en la plaza de san Pedro.



25 de febrero Audiencia privada a algunos cardenales.



27 de febrero Última audiencia general de Benedicto XVI.



28 de febrero A las 11 de la mañana saludo a los Cardenales en la Sala Clementina del Vaticano. A las 17:00 se transfiere a Castelgandolfo. A las 20:00 inicia la Sede Vacante.


Saturday, January 19, 2013

conversion liturgica: arte de celebrar y participar



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La “liturgia” se ha convertido en el tiempo posconciliar en un punto de desencuentro entre diversos grupos en la Iglesia: entre liturgistas y pastoralistas en el ámbito más intelectual, y entre quienes adoran el misterio y quienes quieren celebrar la vida en el ámbito comunitario. Basta acercarse a unas comunidades cristianas o a otras para percibir sorprendentes diferencias. Hay asambleas importantes en las cuales se muestra un cierto desdén ante las formas y textos litúrgicos y se suplantan por presentaciones, gestos, ornamentos que poco o casi nada la evocan. 

Las cuestiones que nos planteamos

Hago este planteamiento inspirado y a partir de las reflexiones de Louis-Marie Chauvet, profesor emérito del Instituto Católico de París, en una lección ofrecida en la Academia norteamericana de Liturgia con motivo de un premio que le fue concedido en enero del 2009 y que se titulaba: Are the words of the Liturgy worn out? (¿están agotadas las palabras de la Liturgia?). Se trata de un autor que siempre me ha inspirado y orientado en mi reflexión sobre la teología sacramental y se lo agradezco.
No pocos se lamentan de la dificultad que entraña el lenguaje litúrgico: el estilo y contenido de las oraciones, el tono, la voz, la postura, los gestos del presidente de la Asamblea y los ministros, la gramática de la celebración … La dificultad del significado va más allá de las palabras usadas; el lenguaje de la liturgia es ordinariamente más sencillo que el lenguaje de la teología. Tomadas individualmente se pueden entender todas las palabras, pero en el conjunto resultan extrañas. ¿Qué se quiere decir cuando proclamamos en la celebración litúrgica: “está sentado a la derecha del Padre”, “es justo y necesario”, “bajó a los infiernos”, “Hosanna, hosanna”; o la redundancia del “santo, santo, santo”? Probablemente muchos fieles no sabrían qué responder. Otras veces la dificultad proviene del tono de voz (engolamiento, proclamación, falta de naturalidad, a veces, teatralidad). Cuaquiera entiende la expresión “¡oremos!” como una invitación dirigida a toda la Asamblea litúrgica, pero son muy pocas las personas  que en ese momento se ponen a orar; otras se quejan de que no se les ofrezca un espacio de silencio para hacerlo.
Frecuentemente la asamblea se deja llevar por el ritmo litúrgico pero no distingue si se encuentra en el momento de la invocación al Espíritu (epíclesis) o en la anámnesis, o en la petición escatológica; sí entiende mejor otros momentos como el tiempo de las lecturas, el ofertorio, la consagración y la comunión.
El estilo de las oraciones dominicales, por ejemplo, no responde a nuestra forma ordinaria de orar; podemos entender lo que dicen las palabras; pero nos resultan poco comprensibles dado que nuestro  modo ordinario de orar -y aquel que enseñan no pocos maestros de espiritualidad- no va en esa línea. Recordemos por ejemplo la oración inicial de dos domingos del tiempo ordinario:
“Oh Dios que has preparado bienes inefables para los que te aman, infunde tu amor en nuestros corazones, para que amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo” (domingo vigésimo del tiempo ordinario).
“Oh Dios, fuente de todo bien, escucha sin cesar nuestras súplicas, y concédenos, inspirados por ti, pensar lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda” (domingo décimo del tiempo ordinario).
Estas oraciones litúrgicas piden que nosotros nos configuremos con la voluntad de Dios y no que Dios atienda a nuestros deseos. Esta forma litúrgica de orar nos pide un cambio de paradigma para dar calidad a nuestra relación con Dios. Las oraciones litúrgicas son todo un ejemplo de ello.
No debemos olvidar que la celebración litúrgica nos introduce en los misterios del Reino (Mt 13), en el misterio de Cristo (Col 4,3). Nada tiene que ver con la asistencia a un espectáculo religioso, en el cual unos son actores (celebrante y sus ministros) y otros meros espectadores (los fieles). La liturgia no es ficción. Por ser una participación simbólica en el misterio de Cristo, es “sacramental” y está basada en  un salto de nivel: de la habitación normal a la iglesia, del pan y vino normales al pan de vida y la bebida de salvación… .

“Actuosa participatio”: participación activa

Los Padres del Concilio Vaticano II se interesaron mucho por la “simplificación” y la inculturación de la liturgia, de modo que resulte accesible a todo el mundo. Ellos sabían muy bien que no bastaba con traducirla del latín a las lenguas vernáculas; se trataba de algo mucho más serio y profundo. Los Padres del Concilio Vaticano II rechazaron absolutamente una interpretación “mágica” de la Liturgia, pero sí optaron por una interpretación “mistérica”. Es decir, para ellos, la liturgia es, ante todo, iniciativa de Dios, acción de Dios en medio de su comunidad. Lo importante en cada celebración no es la sobreactuación de la asamblea o del ministro presidente, sino la acogida comunitaria de la acción misteriosa y sacramental de Jesús, por medio del Espíritu. No se participa más por el mero hecho de que toda la gente cante, o que algunas personas pasen del fondo de la Iglesia a los puestos de adelante, o por la cascada de moniciones que intentan explicarlo todo y hacer consciente a la comunidad de lo que se está haciendo o leyendo. No es el ruido, las palabras, el movimiento, lo que hace una celebración más participada.
La constitución de liturgia en el n. 30 nos pide promover una “activa participación” de los creyentes y que se observen zonas de “silencio sagrado”. No se trata del silencio por el silencio, sino de ofrecer espacios para la interiorización y apropiación personal. Sin interiorización y personalización la liturgia no cala en el corazón de los creyentes y queda bloqueada su fuerza transformadora. Participar no es solamente “entender”, sino “ser iluminados”.
La liturgia no se confunde con una clase de teología, con una conferencia sobre la situación política, con un momento de concientización ciudadana. La liturgia nos introduce más adentro: en el Misterio de Dios que nos promete constantemente su Reinado y nos hace comprender cuáles son las claves de la transformación de este mundo y de la solución de sus problemas.

La función del celebrante: ars celebrandi.

Se ha dicho -y acertadamente- que el vocablo “liturgia” procede del término griego “ergon” que significa “acción, obra”. Liturgia no es un vocablo propio del discurso intelectual, como puede serlo el vocablo “teo-logía”. La liturgia no es un minicurso de teología; en ello la convierten algunos celebrantes ilustrados. La liturgia funciona con símbolos y con símbolos sencillos, humildes: comer un poco de pan y beber un poco de vino representan el banquete celestial. Se puede ser un gran experto en teología de la eucaristía y no participar adecuadamente en ella, por muchas elucubraciones mentales que uno elabore durante su celebración. Sin embargo, nos encontramos con reacciones en los fieles que, a pesar de su incultura teológica, se expresan así: “¡Qué bella Eucaristía; me he emocionado; he sentido no-sé-qué!” La no-comprensión intelectual está estrechamente vinculada con el misterio de la liturgia.
A través de la liturgia Jesús extiende su Pascua, continúa sus apariciones pascuales que tocan el corazón del ser humano y desde las situaciones más diferentes lo emocionan y transforman. No somos nosotros los que hacemos la Liturgia, es la Liturgia la que nos hace. El Espíritu Santo es el gran protagonista de la Liturgia. En el número 6 de Sacrosanctum Concilium fue introducida la expresión “por fuerza del Espíritu Santo”, que faltaba en el esquema primero; la expresión se encuentra en un lugar estratégico -dentro de la Constitución- que  asegura suficientemente la dimensión pneumatológica de toda la liturgia.
Para expresar este misterio la Liturgia, basada en la tradición bíblica y patrística, nos ofrece unos textos que han ido sedimentando con el paso de los siglos. ¡Textos que tienen sonoridad, ritmo, belleza, hondura teológica y espiritual! No decimos que esos textos hayan de permanecer intangibles, pero sí que no sean sustituidos a la ligera por improvisaciones vulgares, sin inspiración, superficiales; que se evite la vulgaridad, la ramplonería que priva a la liturgia de su poesía, de su insinuación, de su misterios transparencia. ¡Hay celebrantes y ministros que destrozan obras de arte de la comunidad cristiana! ¡Que no sintonizan con la gran comunidad y sobreactúan como dueños y señores de la herencia recibida de Dios a través de los siglos. Convierten el arte en obscenidad -entendida la palabra en su sentido etimológico, es decir: sacan de su escenario propio la celebración litúrgica-.
El Concilio Vaticano II no nos invita al inmovilismo, sino a la fidelidad creadora. No podemos designar como “creativa” una ocurrencia vulgar, un canto que se compone para ser cantado en el último instante, un poema que se escribe bajo el signo de la urgencia, una celebración que se improvisa desde el activismo pastoral. La capacidad creadora solo adviene tras la inspiración, es decir, la acción del Espíritu en el artista. La Iglesia tiene el derecho de juzgar si lo que se presenta como inspirado, lo es realmente -tal como sucede en las Iglesias orientales con la consagración de los iconos-. Ciertos presbíteros pueden estar actuando como “déspotas sobre el pueblo de Dios”, imponiendo a todos sus superficiales juicios y opiniones. El pueblo de Dios merece mucho respeto y nadie debe convertirse sin más en su portavoz. He aquí, pues, algunas reflexiones conclusivas:
  • La liturgia de la Iglesia no es propiedad de una persona, ni de una comunidad, sino de toda la Iglesia. Pero, al mismo tiempo, la liturgia debe encarnarse, inculturarse en cada iglesia o comunidad local. Aquí es preciso armonizar la comunión con todas las iglesias y la particularidad carismática de cada Iglesia. Para ello, es necesaria inspiración que nazca de Dios, equilibrio y armonía, discernimiento local. ¡Es responsabilidad de las iglesias particulares!
  • La norma del arte de celebrar debería ser: “no digas lo que haces; haz lo que dices”. El primer nivel de creatividad que permite participación en una forma fructuosa en la liturgia está en el “hacer”. Hay que hacer la liturgia bien. Si decimos  “oremos”, deberemos hacer todo lo posible para que eso acontezca y lo facilite. ¿Porqué no añadir en ese momento algún gesto, alguna palabra que introduzca a la comunidad en oración? Para que esta oración sea auténticamente seria es preciso que el presbítero actúe no como lector, sino como orante. “Decir misa” era una expresión inadecuada totalmente, que mostraba una realidad penosa: el presbítero que lee, que dice, pero no que actúa ante Dios y en nombre de Dios. Se requiere una cierta capacidad creadora  e inspiración en el “hacer”. Muchas dificultades de acceso al sentido de las celebraciones litúrgicas se resolverían si los ministros ordenados “hicieran lo que dicen”, sabiendo que con poco se puede hacer mucho.
  • Los ministros ordenados tenemos mucha responsabilidad: hemos recibido el oro de la Liturgia del concilio Vaticano II, ¿qué estamos haciendo con este tesoro? La formación litúrgica no se reduce a lo aprendido -y a veces mal aprendido- en los años de formación teológica. La educación litúrgica debe durar toda nuestra vida ministerial. Un ministro ordenado debe descubrir la “mística” de aquello que celebra para facilitar escenaarios de auténtica espiritualidad. La liturgia fue considerada por los Padres Conciliares como “culminación y fuente” de la vida y misión. También necesitamos una “conversión litúrgica” que nos lleve a valorar los Sacramentos, a descubrir “su gracia transformadora”, a acogerlos como los grandes regalos de Dios y de su Presencia entre nosotros, a personalizarlos para que el Espíritu nos potencie y lance como testigos de la Resurrección y del mundo que Dios Abbá soñó.

Saturday, December 29, 2012

Fiesta de la Sagrada Familia


Este fin de semana es la fiesta de la Sagrada Familia. Retorna cada año en Navidad. Los ojos se fijan en una familia peculiar a la que llamamos sagrada. Nos recuerda episodios de Belén y Nazaret, situaciones de asombro, incertidumbre y amenaza. Pero también de afecto y ternura ante el gran acontecimiento de la encarnación de Dios.
Al hilo de esa familia, podemos descubrir que toda familia tiene algo de sagrada. Forma parte de la historia sagrada, especialmente para los miembros de la misma. Es un lugar de gracia y de felicidad, tanto para los esposos y padres como para los hijos. Tener la dicha de nacer en una familia “sana” es una de las mayores bendiciones que se puede recibir en la vida. El ser “hijo” y, tal vez, hermano marca para toda la vida. Constituye una experiencia inicial y permanente de la propia humanidad.
En tiempos de crisis social y económica se  pone de relieve la función social de la familia. Se habla y escribe de la familia como colchón social. Se recuerda que junto con las pensiones, el seguro de desempleo y la economía sumergida, es uno de los pilares que sostienen y confieren estabilidad social y personal a un país. A diferencia del norte de Europa, la familia del sur atiende durante muchos años a los jóvenes cuyo tiempo de formación se prolonga y cuyas perspectivas laborales son escasas y se hace imposible la emancipación personal en un proyecto de vida independiente.
Tal vez estas luces tienen las sombras de favorecer familias demasiado protectoras, con el consiguiente perjuicio para la capacidad de iniciativa y de riesgo por parte de los  jóvenes. Y también favorecen una cierta comodidad y la consiguiente  dificultad para el esfuerzo personal de superación.
Cuando se trata de discernir los contextos más favorables para la transmisión de la fe, se recurre también a la familia. Es el santuario de la vida recibida, acogida y querida, cuidada y celebrada. Se recuerda su función específica como dadora de los sentidos básicos de la vida y como educadora de las actitudes fundamentales de la vida. En las actitudes y afectos de los primeros años de la infancia se juega la felicidad personal del individuo para toda su vida. Nos lo dicen los sicólogos. Por su parte, los educadores lo constatan uno y otro día. Y los catequistas perciben cómo la fe se trasmite verdaderamente cuando forma parte del paquete de aprendizajes que se recibe por contagio y ósmosis familiar.
Las familias son las primeras evangelizadoras. El testimonio de los padres pone los cimientos de una fe que configura toda la vida. Hay que reconocer a las familias cristianas en su transcendental tarea. Hay que darle la enhorabuena por su vocación y misión. Especialmente en Navidad. A su modo, ellas continúan hoy la historia sagrada. Son la buena noticia para la vida de todos.

Saturday, December 01, 2012

Como hablar de Dios? segun Benedicto XVI


No se puede hablar de Dios y de lo que ha hecho en mi vida, si primero no se habla con Él

Benedicto XVI - Viernes 30 de Noviembre del 2012
Semanalmente, Benedicto XVI está haciendo una catequesis con motivo del Año de la Fe que expone en la audiencia general que tiene los miércoles en el Aula Pablo VI. El tema de la última "¿Cómo hablar de Dios".
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Queridos hermanos y hermanas:
La pregunta central que nos hacemos hoy es la siguiente: ¿cómo hablar de Dios en nuestro tiempo? ¿Cómo comunicar el Evangelio para abrir caminos a su verdad salvífica, en aquellos corazones con frecuencia cerrados de nuestros contemporáneos, y a esas mentes a veces distraídas por los tantos fulgores de la sociedad? Jesús mismo, nos dicen los evangelistas, al anunciar el Reino de Dios se preguntó acerca de esto: "¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos?" (Mc. 4,30).
¿Cómo hablar de Dios hoy? La primera respuesta es que podemos hablar de Dios, porque Él habló con nosotros. La primera condición para hablar de Dios es, por lo tanto, escuchar lo que dijo Dios mismo. ¡Dios nos ha hablado! Dios no es una hipótesis lejana sobre el origen del mundo; no es una inteligencia matemática lejos de nosotros. Dios se preocupa por nosotros, nos ama, ha entrado personalmente en la realidad de nuestra historia, se ha autocomunicado hasta encarnarse. Por lo tanto, Dios es una realidad de nuestras vidas, es tan grande que aún así tiene tiempo para nosotros, nos cuida. En Jesús de Nazaret encontramos el rostro de Dios, que ha bajado de su Cielo para sumergirse en el mundo de los hombres, en nuestro mundo, y enseñar el "arte de vivir", el camino a la felicidad; para liberarnos del pecado y hacernos hijos de Dios (cf. Ef. 1,5; Rom. 8,14). Jesús vino para salvarnos y enseñarnos la vida buena del Evangelio.
Hablar de Dios significa, ante todo, tener claro lo que debemos llevar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo: no un Dios abstracto, una hipótesis, sino un Dios concreto, un Dios que existe, que ha entrado en la historia y que está presente en la historia; el Dios de Jesucristo como respuesta a la pregunta fundamental del por qué y del cómo vivir. Por lo tanto, hablar de Dios requiere una familiaridad con Jesús y con su Evangelio, supone nuestro conocimiento personal y real de Dios y una fuerte pasión por su proyecto de salvación, sin ceder a la tentación del éxito, sino de acuerdo con el método de Dios mismo. El método de Dios es el de la humildad --Dios se ha hecho uno de nosotros--, es el método de la Encarnación en la simple casa de Nazaret y en la gruta de Belén, como aquello de la parábola del grano de mostaza. No debemos temer a la humildad de los pequeños pasos y confiar en la levadura que penetra en la masa y poco a poco la hace crecer (cf. Mt. 13,33). Al hablar de Dios, en la obra de la evangelización, bajo la guía del Espíritu Santo, necesitamos una recuperación de la simplicidad, un retorno a lo esencial del anuncio: la Buena Nueva de un Dios que es real y concreto, un Dios que se interesa por nosotros, un Dios-Amor que se acerca a nosotros en Jesucristo hasta la cruz, y que en la resurrección nos da la esperanza y nos abre a una vida que no tiene fin, la vida eterna, la vida verdadera.
Ese comunicador excepcional que fue el apóstol Pablo, nos da una lección que va directo al centro de la fe del problema "cómo hablar de Dios", con gran sencillez. En la primera carta a los Corintios escribe: "Cuando fui a ustedes, no fui con el prestigio de la palabra o de la sabiduría a anunciarles el misterio de Dios, pues no quise saber entre ustedes sino a Jesucristo, y éste crucificado" (2,1-2). Así, el primer hecho es que Pablo no está hablando de una filosofía que él ha desarrollado, no habla de ideas que ha encontrado en otro lugar o ha inventado, sino que habla de una realidad de su vida, habla de Dios, que entró en su vida; habla de un Dios real que vive, que ha hablado con él y hablará con nosotros, habla de Cristo crucificado y resucitado.
La segunda realidad es que Pablo no es egoísta, no quiere crear un equipo de aficionados, no quiere pasar a la historia como el director de una escuela de gran conocimiento, no es egoísta, sino que san Pablo anuncia a Cristo y quiere ganar a las personas para el Dios verdadero y real. Pablo habla solo con el deseo de predicar lo que hay en su vida y que es la verdadera vida, que lo conquistó para sí en el camino a Damasco. Por lo tanto, hablar de Dios quiere decir dar espacio a Aquél que nos lo hace conocer, que nos revela su rostro de amor; significa privarse del propio yo ofreciéndolo a Cristo, sabiendo que no somos capaces de ganar a otros para Dios, sino que debemos esperarlo del mismo Dios, pedírselo a Él. Hablar de Dios viene por lo tanto de la escucha, de nuestro conocimiento de Dios que se realiza en la familiaridad con él, en la vida de oración y de acuerdo con los mandamientos.
Comunicar la fe, para san Pablo, no quiere decir presentarse a sí mismo, sino decir abierta y públicamente lo que ha visto y oído en el encuentro con Cristo, lo que ha experimentado en su vida ya transformada por aquel encuentro: es llevar a aquel Jesús que siente dentro de sí y que se ha convertido en el verdadero sentido de su vida, para que quede claro a todos que Él es lo que se requiere para el mundo, y que es decisivo para la libertad de cada hombre. El apóstol no se contenta con proclamar unas palabras, sino que implica la totalidad de su vida en la gran obra de la fe. Para hablar de Dios, tenemos que hacerle espacio, en la esperanza de que es Él quien actúa en nuestra debilidad: dejarle espacio sin miedo, con sencillez y alegría, en la profunda convicción de que cuanto más lo pongamos al medio a Él, y no a nosotros, tanto más fructífera será nuestra comunicación. Esto también es válido para las comunidades cristianas: ellas están llamadas a mostrar la acción transformadora de la gracia de Dios, superando individualismos, cerrazón, egoísmos, indiferencia, sino viviendo en las relaciones cotidianas el amor de Dios. Preguntémonos si son realmente así nuestras comunidades. Tenemos que reorientarnos para así, convertirnos en anunciadores de Cristo y no de nosotros mismos.
A este punto debemos preguntarnos cómo comunicaba Jesús mismo. Jesús en su unicidad habla de su padre –Abbà--, y del Reino de Dios, con la mirada llena de compasión por los sufrimientos y las dificultades de la existencia humana. Habla con gran realismo y, diría yo, el anuncio más importante de Jesús es que deja claro que el mundo y nuestra vida valen ante Dios. Jesús muestra que en el mundo y en la creación aparece el rostro de Dios y nos muestra cómo en las historias cotidianas de nuestra vida, Dios está presente. Tanto en las parábolas de la naturaleza, del grano de mostaza, del campo con diferentes semillas, o en nuestra vida, pensamos en la parábola del hijo pródigo, de Lázaro y de otras parábolas de Jesús. En los evangelios vemos cómo Jesús se interesa de toda situación humana que encuentra, se sumerge en la realidad de los hombres y de las mujeres de su tiempo, con una confianza plena en la ayuda del Padre. Y que de verdad en esta historia, escondido, Dios está presente; y si estamos atentos podemos encontrarlo.
Y los discípulos, que viven con Jesús, las multitudes que lo encuentran, ven su reacción ante diferentes problemas, ven cómo habla, cómo se comporta; ven en Él la acción del Espíritu Santo, la acción de Dios. En Él, anuncio y vida están entrelazados: Jesús actúa y enseña, partiendo siempre de un relación íntima con Dios Padre. Este estilo se convierte en una indicación fundamental para nosotros los cristianos: nuestro modo en que vivimos la fe y la caridad, se convierten en un hablar de Dios en el presente, porque muestra con una vida vivida en Cristo, la credibilidad, el realismo de lo que decimos con las palabras, que no son solo palabras, sino que muestran la realidad, la verdadera realidad. Y en esto hay que tener cuidado al leer los signos de los tiempos en nuestra época, es decir, identificar el potencial, los deseos, los obstáculos que se encuentran en la cultura contemporánea, en particular el deseo de autenticidad, el anhelo de trascendencia, la sensibilidad por la integridad de la creación, y comunicar sin miedo las respuestas que ofrece la fe en Dios. El Año de la Fe es una oportunidad para descubrir, con la imaginación animada por el Espíritu Santo, nuevos caminos a nivel personal y comunitario, a fin de que en todas partes la fuerza el evangelio sea sabiduría de vida y orientación de la existencia.
También en nuestro tiempo, un lugar privilegiado para hablar de Dios es la familia, la primera escuela para comunicar la fe a las nuevas generaciones. El Concilio Vaticano II habla de los padres como los primeros mensajeros de Dios (cf. Const. Dogm. Lumen Gentium, 11; Decr.Apostolicam actuositatem, 11), llamados a redescubrir su misión, asumiendo la responsabilidad de educar, y en el abrir las conciencias de los pequeños al amor de Dios, como una tarea esencial para sus vidas, siendo los primeros catequistas y maestros de la fe para sus hijos. Y en esta tarea es importante ante todo ‘la supervisión’, que significa aprovechar las oportunidades favorables para introducir en familia el discurso de la fe y para hacer madurar una reflexión crítica respecto a las muchas influencias a las que están sometidos los niños. Esta atención de los padres es también una sensibilidad para acoger las posibles preguntas religiosas presentes en la mente de los niños, a veces obvias, a veces ocultas.
Luego está ‘la alegría’; la comunicación de la fe siempre debe tener un tono de alegría. Es la alegría pascual, que no calla u oculta la realidad del dolor, del sufrimiento, de la fatiga, de los problemas, de la incomprensión y de la muerte misma, pero puede ofrecer criterios para la interpretación de todo, desde la perspectiva de la esperanza cristiana. La vida buena del Evangelio es esta nueva mirada, esta capacidad de ver con los mismos ojos de Dios cada situación. Es importante ayudar a todos los miembros de la familia a comprender que la fe no es una carga, sino una fuente de alegría profunda, es percibir la acción de Dios, reconocer la presencia del bien, que no hace ruido; sino que proporciona una valiosa orientación para vivir bien la propia existencia. Por último, ‘la capacidad de escuchar y dialogar’: la familia debe ser un ámbito donde se aprende a estar juntos, para conciliar los conflictos en el diálogo mutuo, que está hecho de escuchar y hablar, entenderse y amarse, para ser un signo, el uno para el otro, de la misericordia de Dios.
Hablar de Dios, por lo tanto, significa entender con la palabra y con la vida que Dios no es un competidor de nuestra existencia, sino que es el verdadero garante, el garante de la grandeza de la persona humana. Así que volvemos al principio: hablar de Dios es comunicar, con fuerza y sencillez, con la palabra y con la vida, lo que es esencial: el Dios de Jesucristo, aquel Dios que nos ha mostrado un amor tan grande hasta encarnarse, morir y resucitar para nosotros; ese Dios que nos invita a seguirlo y dejarse transformar por su inmenso amor, para renovar nuestra vida y nuestras relaciones; aquel Dios que nos ha dado la Iglesia, para caminar juntos y, a través de la Palabra y de los sacramentos, renovar la entera Ciudad de los hombres, con el fin de que pueda convertirse en Ciudad de Dios.

Saturday, November 10, 2012

resumen sobre el sinodo de los obispos


Los obispos, reunidos en Sínodo con el Obispo de Roma, nos acaban de enviar un mensaje. Su objetivo es “animar y orientar el servicio al Evangelio en los diversos contextos en los que estamos llamados hoy a dar testimonio”.
Aunque el Mensaje está dividido en 14 números –todos ellos con su correspondiente título-, podría ser reducido a tres apartados, con una introducción (el icono de la Samaritana)  y una conclusión (María, estrella de la Evangelización):
  •  La nueva Evangelización como encuentro y obra del Espíritu (1)
  •  Los agentes (2)
  • Escenarios, oportunidad y contextos (3)

Introducción: el icono de la Samaritana (n.1)

Se inicia el Mensaje evocando el encuentro de la Samaritana con Jesús en el brocal del pozo de Jacob. De este icono se deduce que “no hay hombre o mujer que en su vida, como la mujer de Samaría no se encuentre junto a un pozo con una vasija vacía, con la esperanza de saciar el deseo más profundo de su corazón”.
Sin embargo, no es fácil acertar con el pozo del agua viva: “hay muchos pozos que se ofrecen a la sed del hombre”. Pero no sacian la sed. “La Iglesia siente el deber de sentarse junto a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, para hacer presente al Señor en sus vida, de modo que puedan encontrarlo”.
 

I. La nueva evangelización como “Encuentro” y obra del Espíritu

El mensaje no pretende ofrecer una definición de la “nueva Evangelización”. La describe a partir del momento que estamos viviendo en nuestra tierra e historia. La nueva Evangelización consiste en un encuentro con Jesucristo “hoy” y tiene en el Espíritu Santo –el Espíritu del Señor- su principal actor y protagonista. Y, al mismo tiempo, caracteriza la nueva Evangelización como la misión que brota de la contemplación y que asume el rostro del pobre.
 

1. Encuentro con Jesucristo (nn.2-4)

La evangelización tiene como objetivo “conducir a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo hacia Jesús, al encuentro con Él” (M,2). Es urgente evangelizar tanto en regiones evangelizadas desde antiguo, como en las recientemente evangelizadas. La fe se está apagando, ¡es necesario reavivarla! ¡Hay que favorecer un nuevo encuentro con el Señor por parte de quienes recibieron el bautismo y se alejaron de la Iglesia y viven ya sin referencia alguna a la vida cristiana! “Los cambios culturales nos llaman a algo nuevo” (M,2): a una experiencia comunitaria y nueva de la fe y a un anuncio del Evangelio “nuevo en su ardor, en sus métodos, en sus expresiones” (M,2).
En todo esto, se parte de la convicción profunda de que “la fe se decide, sobre todo, en la relación que establecemos con la persona de Jesús” (M,3). La nueva Evangelización intenta posibilitar el encuentro con Jesús, proponiendo al ser humano de hoy  la belleza y novedad del encuentro con Jesús. Este encuentro no es imposible, difícil ni incierto: Jesús mismo “sale al encuentro” (M,3): somos buscadores previamente buscados.
“La Iglesia es el espacio ofrecido por Cristo para este encuentro” (M,3); ella manifiesta –sobre todo en sus celebraciones litúrgicas- que es obra de Dios; ella “hace visible en sus palabras y gestos el Evangelio” (M,3). De aquí deriva la necesidad de que las comunidades eclesiales sean acogedoras, espacios en donde todos se encuentren “como en casa”.  Hay que multiplicar y hacer accesibles a los seres humanos de hoy los pozos en los cuales sean invitados a saciar su sed, a experimentar un oasis en los desiertos de la vida, a encontrarse con Jesús.
Los Evangelios nos narran cuáles fueron los puntos de encuentro con Jesús durante su vida pública: en el contexto del trabajo (Pedro, Andrés, Santiago y Juan), como respuesta a la curiosidad (Zaqueo) o a la intercesión por una persona querida (el centurión), o a la propia ceguera (el ciego de Jericó, el ciego de nacimiento), o a la hospitalidad ofrecida (María y Marta) (M,4). Hoy debemos facilitar también otros puntos de encuentro: “la lectura frecuente de la sagrada Escritura, iluminada por la Tradición de la Iglesia, nos ayuda a hallar espacios nuevos de encuentro con Jesús, nuevas formas de acción evangélica, enraizadas en las dimensiones fundamentales de la vida humana: familia, trabajo, amistad, pobreza, pruebas de la vida” (M,4).
 

2. El Espíritu del Señor, primer actor de la nueva Evangelización 

Pero no podremos realizar la nueva Evangelización si no nos dejamos evangelizar de nuevo y si no acogemos el don de la conversión hoy necesaria: “la debilidad de los discípulos de Jesús hace mella en la credibilidad de la misión” (M,5). De todos modos, “si esta nueva evangelización fuese confiada a nuestras fuerzas, habría serios motivos de duda” (M,6). El mensaje del Sínodo reafirma algo sumamente importante:
“en la Iglesia la conversión y la evangelización no tienen como primeros actores a nosotros, pobres hombres, sino al mismo Espíritu del Señor” (M,6).
“No somos nosotros quiénes para conducir la obra de la evangelización, sino Dios: la actividad verdadera viene de Dios y solo introduciéndonos en esta iniciativa divina, solo implorando esta iniciativa divina, podemos nosotros también llegar a ser –con él y en él- evangelizadores” (M,6)
“Estamos convencidos, además, que la fuerza del Espíritu del Señor puede renovar su Iglesia y hacerla de nuevo esplendorosa” (M,6).
“Aquí está nuestra fuerza y nuestra certeza, que el mal no tendrá jamás la última palabra, ni en la Iglesia, ni en la historia… Nosotros confiamos en la inspiración y en la fuerza del Espíritu, que nos enseñará lo que debemos decir y lo que debemos hacer, aún en las circunstancias más difíciles” (M,6)
Desde esta convicción, del primado del Espíritu Santo en la nueva Evangelización, se deriva una nueva forma de parresía y audacia evangelizadora:
 “No nos sentimos atemorizados por las condiciones del tiempo en que vivimos. Muestro mundo está lleno de contradicciones y de desafíos, pero sigue siendo creación de Dios y, aunque herido por el mal, siempre es objeto de su amor y terreno suyo, en el que puede ser resembrada la semilla de la Palabra para que vuelva a dar fruto” (M,6)
“No hay lugar para el pesimismo en las mentes y en los corazones de aquellos que saben que su Señor ha vencido a la muerte y que su Espíritu actúa con fuerza en la historia… ¡Nuestra Iglesia está viva” (M,6).
De todas formas, es muy necesario hoy el discernimiento de espíritus para no confundir el Espíritu Santo con otros malos espíritus que –sin percibirlo- se pueden apoderar de nosotros. El mensaje del Sínodo lo recuerda más tarde, pero es oportuno expresarlo aquí mismo: “Sabemos que en el mundo debemos afrontar una dura lucha contra los principados y las potestades y los espíritus del mal (Ef 6,12)… (M, 10). Por eso, el Espíritu Santo lleva adelante la misión en un contexto de auténtica lucha apocalíptica.
 

3. La espiritualidad de la nueva evangelización: contemplación y cercanía a los pobres (n.12)

Hay dos expresiones de la vida de fe que son especialmente relevantes  en la nueva evangelización: la contemplación y la cercanía a los pobres (n.12)
“Solo desde la contemplación puede desarrollarse un testimonio creíble para el mundo, solo este silencio orante puede impedir que la palabra de la salvación se confunda en el mundo con los ruidos que lo invaden” (M, 12). Hay que favorecer “los lugares del espíritu y del territorio que son una llamada hacia Dios, santuarios interiores y templos de piedra” (M,12).
Es auténtica la nueva Evangelización cuando “tiene el rostro del pobre” (M,12). La cercanía al pobre no es solo cuestión de solidaridad, es –ante todo- “un hecho espiritual” (M,12). Por eso, la nueva Evangelización requiere que “a los pobres se les reconozca un lugar privilegiado en las comunidades cristianas, un puesto que no excluya a nadie” (M,12). Su presencia tiene la capacidad de “cambiar a las personas más que un discurso, enseñar fidelidad, hacer entender la fragilidad de la vida, exige oración, conduce a Cristo” (M,12). El gesto de caridad hacia los pobres ha de estar acompañado por el compromiso por la justicia, tal como postula la doctrina social de la Iglesia –horizonte necesario en  la nueva Evangelización- (M,12).
 

II. Los agentes


Los obispos son los primeros que refieren a sí mismos la urgencia de una nueva Evangelización hacia ellos mismos –pues se confiesan humildemente pecadores- y hacia los demás. Entre los agentes de la nueva Evangelización mencionan a la familia, a la vida consagrada, a la parroquia y a los jóvenes.
 

1. La familia y la vida consagrada  (n. 7)

En la comunicación  de la fe de generación en generación le corresponde a la familia –especialmente a las madres- un lugar muy importante: “la transmisión de la fe ha encontrado un lugar natural en la familia… No se puede pensar en una nueva evangelización sin sentirnos responsables del anuncio del Evangelio a las familias y sin ayudarles en la tarea educativa” (M, 7). Pero hoy la familia esta sufriendo una tremenda crisis: “está atravesada por todas partes por factores de crisis” (M, 7), que se verifica en situaciones familiares de separación y divorcio o en las convivencias irregulares. En el Mensaje no se ofrecen soluciones concretas a esta crisis: simplemente se reafirma que es necesario “crear itinerarios específicos de acompañamiento antes y después del matrimonio” (M,7) y que “el amor de Dos no abandona a nadie” (M,7) y que “la Iglesia los ama y es una casa acogedora con todos, que siguen siendo miembros de la Iglesia, aunque no pueden recibir la absolución sacramental ni la Eucaristía” (M, 7).
También se hace referencia a la vida consagrada como agente de la nueva Evangelización. Quizá para correlacionarla con la familia y el matrimonio que están al servicio de la vida humana, la vida consagrada es presentada como aquella cuya principal orientación y cuidado es la “vida eterna”, “más allá de lo terrenal”,  siendo de ello “testigos en la Iglesia y en el mundo”: “una vida totalmente dedicada al Señor, en el ejercicio de la pobreza, la castidad y la obediencia, es el signo de un mundo futuro que relativiza cualquier bien de este mundo” (M,7). Se relata aquí la vida consagrada como auténtica “fuga mundi”, aunque posteriormente se pone de relieve su función de testigos y promotores en la nueva evangelización “en los varios ámbitos de la vida en que los carismas de cada instituto los sitúa” (M,7).
 

2. La parroquia y sus agentes de evangelización (n.8)

Dentro del contexto de una obra de evangelización que corresponde “al conjunto de las comunidades eclesiales” emerge la función imprescindible de la parroquia, fuente en la que todos pueden beber y encontrar la frescura del Evangelio (M, 8).  Le corresponde a la parroquia “unir a la tradicional cura pastoral del Pueblo de Dios y a las variadas formas de piedad popular, las nuevas formas de misión que requiere la nueva evangelización”. Agentes de evangelización en la parroquia son todos: el presbítero (ministerio de sacerdote, padre y pastor), los diáconos, los catequistas y otras figuras ministeriales y de animación (M, 8). Todos ellos han de orientar su presencia y servicio desde “la óptica de la nueva Evangelización cuidando su propia formación humana y cristiana, el conocimiento de la fe y la sensibilidad a los fenómenos culturales actuales” (M, 8). Dentro de la parroquia –en cuanto Iglesia particular- han de integrarse, en comunión y en fidelidad al propio carisma, tanto los movimientos antiguos como los nuevos (M, 8).
Tampoco olvida el mensaje del Sínodo que hay hermanos de Iglesias y comunidades eclesiales con los cuales se comparte la misión evangelizadora, “aunque la unidad no es todavía perfecta, pero han sido marcados con el bautismo del Señor y son sus anunciadores”. La unidad ecuménica es una exigencia de la misión.
 

3. Para que los jóvenes puedan encontrarse con Cristo (n. 9)

El mensaje del Sínodo les reconoce a los jóvenes “un rol activo en la obra de la evangelización, sobre todo en su ambiente”. Muestra un talante optimista ante los jóvenes, porque “descubren en los jóvenes aspiraciones profundas de autenticidad, de verdad, de libertad, de generosidad”. El mensaje también se muestra preocupado por los influjos que sufren las nuevas generaciones. De todas formas, se vierte sobre ellos una mirada mucho más comprensiva que aquella que se proyecta sobre el matrimonio y la familia. El mensaje cree firmemente que “el amor de Cristo es quien mueve lo profundo de la historia y que sólo Cristo puede ser respuesta capaz de saciarlos” (M, 9).
Por otra parte, el mensaje reconoce que la nueva evangelización tiene un campo particularmente arduo y apasionante en el mundo de los jóvenes, con realizaciones tan satisfactorias como las Jornadas Mundiales de la Juventud (M, 9).
 

III. Escenarios, Oportunidad y Contextos
 

El mensaje del Sínodo no utiliza el término “escenarios” o “lugares” de nueva Evangelización. Prefiere referirse directamente a los nuevos fenómenos que están diseñando el presente y el inmediato futuro de la humanidad y hablar posteriormente del diálogo con la cultura, la razón, la utilización de los medios y redes de comunicación social, la “vía de la belleza” en el arte, el mundo del trabajo y del sufrimiento y la enfermedad.
 

1. Los nuevos fenómenos (M, 10)

El Mensaje de los obispos reconoce que hay fenómenos actuales, contemporáneos que se deben convertir para la Iglesia en “oportunidad para extender la presencia del Evangelio, para difundir la fe y la comunión”: tal es el caso de la globalización, de las migraciones. Otros fenómenos como la secularización, las formas más ásperas de ateísmo y agnosticismo pueden ser interpretados más que como vacío, como nostalgia y expectativa. Fenómenos como la crisis del primado de la política y del Estado, hacen que nos preguntemos: ¿cómo hacernos presentes en esta sociedad? También las muchas y nuevas pobrezas nos abren espacios inéditos al servicio de la caridad (M, 10).
 

2. Diálogo con la cultura, alianza entre fe y razón, la vía de la belleza (n. 10)

La nueva Evangelización no solo pretende hacer posible el encuentro de la persona con Jesucristo, sino también encontrar  “las semillas del Verbo”, presentes en las culturas y las experiencias humanas. La Iglesia tiene la convicción de dialogando con las culturas “el Evangelio es portador de luz y es capaz de sanar la debilidad del hombre” (M, 10).
Desde otra dimensión, “la nueva evangelización tiene necesidad de una renovada alianza entre fe y razón”. Se parte de la convicción de que “la fe tiene recursos suficientes para acoger los frutos de una sana razón abierta a la trascendencia y tiene, al mismo tiempo, la fuerza de sanar los límites  las contradicciones en las que la razón puede tropezar” (M, 10). Cuando, por otra parte, “la ciencia y la técnica no presumen de encerrar la concepción del hombre y del mundo en un árido materialismo, se convierten en un precioso aliado para el desarrollo de la humanización de la vida” (M, 10). Estos planteamientos tienen especial incidencia en “el mundo de la educación y la cultura (escuelas, universidades)” (M, 10).
El mundo de las comunicaciones y redes sociales ofrece a la nueva Evangelización “una oportunidad nueva para llegar al corazón de los hombres” (M, 10).
No olvida el mensaje del Sínodo a quienes  se dedican al arte en sus varias formas. Las personas artistas “dan forma a la tensión del hombre hacia la belleza… expresión de la espiritualidad… bellas creaciones que nos ayudan a hacer evidente la belleza del rostro de Dios y de sus criaturas” (M, 10): “la via de la belleza es un camino particularmente eficaz de nueva evangelización”. Ni tampoco olvida a los trabajadores: “toda obra del obra es un espacio en el que, mediante el trabajo, él se hace cooperador de la creación divina” (M, 10).
 

3. El escenario del sufrimiento, de la política y de las religiones

En el mundo del dolor y la enfermedad, “el evangelio ilumina esas situaciones”, a las cuales la Iglesia siempre quiere estar cercana.
Mientras que el Mensaje del Sínodo se muestra agradecido a quienes participan en los fenómenos hasta ahora descritos, sin embargo, mantiene una cierta reserva respecto a los políticos. Ahí su lenguaje es más severo: “Un ámbito en el que la luz del Evangelio puede y debe iluminar los pasos de la humanidad es el de la vida política”. El mensaje hace referencia al papel político de la Iglesia evangelizadora respecto a temas como aborto, matrimonio, libertad de educación, libertad religiosa, lucha por la justicia, oposición a la violencia, al racismo, al hambre, a la guerra. Y añade: “a los políticos cristianos que viven el precepto de la caridad se les pide un testimonio claro y transparente en el ejercicio de sus responsabilidades” (M, 10).
Respecto al diálogo inter-religioso, el Mensaje advierte que “si evangelizamos es porque estamos convencidos de la verdad de Cristo y no porque estemos contra nadie. Los discípulos de Jesús “se alegran de reconocer cuanto de bueno y verdadero el espíritu religioso humano ha sabido descubrir en el mundo creado por Dios y ha expresado en las diferentes religiones”. El diálogo interreligioso tiene repercusiones muy positivas en la humanidad, también en el ámbito político. Contribuye a superar los fundamentalismos y a la paz.
 

4. En el año de la fe, la memoria del Concilio Vaticano II y la referencia al Catecismo de la Iglesia Católica (n. 11)

El Mensaje del Sínodo se hace eco del diagnóstico del Papa Benedicto XVI sobre la situación de “desertificación espiritual” que ha ido avanzado en estos últimos decenios. “En el desierto –dice el Mensaje- se descubre aquello que es esencial para vivir” (M, 11), se busca el pozo, el oasis. Misión de la Iglesia es conducir a la humanidad hacia el “oasis”, “la fuente de la vida”, que es el encuentro con Cristo. Se agradece el “Año de la fe, preciosa entrada en el itinerario de la nueva evangelización”. Por otra parte, la celebración del cincuentenario del Concilio Vaticano II invita a una revitalización de la fe; su magisterio fundamental para nuestro tiempo –sigue diciendo el Mensaje- se refleja en el Catecismo de la Iglesia Católica, repropuesto a los veinte años de su publicación, como referencia  segura de la fe.
 

5. Contextos:  a las Iglesias de las diversas regiones del mundo (n.13)

Es muy acertado –a mi modo de ver- concluir el Mensaje con una referencia a las Iglesias particulares por Continentes, siguiendo la línea de los Sínodos continentales. Se ofrece así una interesantísima y particular visión de la “catolicidad” de la Iglesia (M, 13).
  • Los cristianos de las Iglesias Orientales católicas, herederos de la primera difusión del Evangelio, y los cristianos presentes en el Este de Europa. Sus caminos de nueva Evangelización están centrados en la vida sacramental y mistérica de la Iglesia: es misión de irradiación. Y quienes han de emigrar, llevan ese mismo espíritu a otros lugares, enriqueciendo el misterio de la Iglesia.
  • Hombres y mujeres que viven en los países de África: se les pide relanzar la evangelización recibida en tiempos aún recientes, dedicarse como Iglesia “familia de Dios”, reforzar la identidad de la familia, desarrollar el encuentro del Evangelio con las antiguas y nuevas culturas. Hace también una “llamada de atención al mundo de la política y a los gobiernos de diversos países africanos para que promuevan los derechos humanos fundamentales” (M, 13).
  • Los cristianos de Norteamérica: “son muchas las expresiones de la cultura de vuestra sociedad que están lejos del Evangelio”. Los obispos les invitan a la conversión: “estad dispuestos a abrir las puertas de vuestras casas a la fe”.
  • Iglesias de América Latina y el Caribe: el mensaje asume un tono muy positivo: “admirable desarrollo de formas de piedad popular fuertemente enraizadas en los corazones de tantos, formas de servicio en la caridad y de diálogo con las culturas. Os exhortamos a vivir en estado permanente de misión, anunciando el Evangelio con esperanza y alegría, formando comunidades de verdaderos discípulos misioneros (M, 13).
  • Cristianos de Asia: minoría como semilla profunda confiada a la fuerza del Espíritu, que crece en el diálogo con las diversas culturas, con las antiguas religiones y con tantos pobres. Presencia preciosa del Evangelio de Cristo que anuncia justicia, vida y armonía.
  • Las Iglesias del continente europeo, marcado por una fuerte secularización, a veces agresiva, y todavía hoy herido por largos decenios de gobiernos marcados por ideologías enemigas de Dios y del hombre. Reconocimiento (misioneros, universitarios, teólogos, carismas religiosos, servicios de caridad, experiencias contemplativas): “las dificultades del presente no os pueden dejar abatidos, os deben desafiar a un anuncio más gozoso y vivo de Cristo y de su Evangelio de vida” (M,13).
  • Los pueblos de Oceanía que viven bajo la protección de la Cruz del Sur. Comprometeos a predicar el Evangelio y a dar a conocer a Jesús.
     

Conclusión: María, estrella de la Evangelización ilumina el desierto (n.14)

Concluye el mensaje del Sínodo diciendo cómo todo el mundo, todo corazón humano, es hoy el campo de misión: “La misión esta vez no se dirige a un territorio en concreto, sino que sale al encuentro de las llagas más oscuras del corazón de nuestros contemporáneos, para llevarlos al encuentro con Jesús el Viviente que se hace presente en nuestras comunidades” (M,14). La misión consiste por lo tanto en llevar al ser humano desde el desierto hasta la fuente de la Vida.
La figura de María nos orienta en el camino. Es el agua del pozo la que hace florecer el desierto y como en la noche en el desierto las estrellas se hacen más brillantes. María estrella de la nueva evangelización a quien, confiados, nos encomendamos (14).

Desafios despues del Sinodo de los Obispos


Después de varias semanas de dedicación plena a la reflexión conjunta sobre la nueva Evangelización, de celebraciones litúrgicas y de oración y discernimiento, los participantes en el Sínodo habrán quedado hondamente afectados por esta gran preocupación: ¿cómo relanzar la misión evangelizadora en este momento de la historia de la humanidad? Cada uno ha ofrecido su peculiar aportación. En esta página web he ido publicando algunas de ellas, que me han parecido especialmente significativas. El Mensaje nace de ese clima. No pretende decirlo todo. Simplemente comunicar el sentimiento común, la preocupación, los sueños. Es la última oportunidad que se les ofrece a los miembros del Sínodo para expresarse conjuntamente y enviar un mensaje a la Iglesia y a la Sociedad. Dejarán después al Papa el medio centenar de Proposiciones. Será Benedicto XVI quien proponga después el tema sinodal en una Exhortación Apostólica.
Partiendo de esta reflexión inicial, ofrezco seguidamente algunos puntos para nuestra reflexión.
  • La nueva Evangelización tiene su principal protagonista y actor en el Espíritu Santo. El n. 6 del Mensaje es –a mi modo de ver- la clave para entender adecuadamente qué es la Nueva Evangelización. En su intervención en el aula sinodal había advertido Mons. Bruno Forte sobre la necesidad de una visión más “pneumatológica” de la nueva Evangelización. No se puede decir que el Mensaje en cuanto tal asuma esta perspectiva. En no pocas de las intervenciones en el Aula sinodal las referencias al Espíritu Santo o no existían o parecían notas al pie de página.  El mensaje sigue esa línea, pero exceptuando un magnífico número: el n. 6, que en mi síntesis he titulado “El Espíritu del Señor, primer actor de la nueva Evangelización”. La misión evangelizadora en nuestro tiempo es, ante todo, la Misión del Espíritu pues el Espíritu ha sido enviado por el Abbá y por Jesús, el Señor Resucitado a la Iglesia y a toda la humanidad. Es el Espíritu quien hace memoria de Jesús, quien nos lleva a la verdad completa, quien suscita en nosotros –como un gran don- la fe, es el Espíritu quien convierte, quien ora, quien crea comunión, quien lucha victoriosamente contra todos los malos espíritus. “Allí donde está el Espíritu está la libertad”. El Espíritu no suprime nuestra colaboración: la suscita. La misión evangelizadora es para nosotros colaboración humilde y generosa con el Espíritu Santo. Y se traduce en nuestra vida como “espiritualidad” o conexión permanente con el Espíritu del Abbá y de Jesús. Lo expresó muy bien el Concilio Vaticano II en la Constitución “Dei Verbum”:
“El Espíritu Santo, por quien la voz del Evangelio resuena viva en la Iglesia, y por ella en el mundo, va induciendo a los creyentes en la verdad entera, y hace que la palabra de Cristo habite en ellos abundantemente (cf. Col., 3,16)” (Dei Verbu, n. 8).?”.
  • La nueva Evangelización es también presentada por el Mensaje como “encuentro con Jesucristo”. La mediación para todo encuentro con el Señor Resucitado es siempre el Espíritu Santo. Gracias a la invocación del Espíritu acontece el misterio de la Consagración de los dones en el cuerpo y en la sangre de Jesús Gracias a la invocación del Espíritu la comunidad eucarística se convierte en un solo Cuerpo y un solo Espíritu. Gracias al Espíritu somos llevados a la Presencia de Jesús y gracias al Espíritu Jesús viene a nosotros y se hace el encontradizo. En el Espíritu nos encontramos con el verdadero Jesús, Evangelio de Dios. El Espíritu –decía Kathryn Tanner- “irradia la humanidad de Jesús”.
  • Es paradójico que la Iglesia sea “koinonía del Espíritu Santo”, pero esta es la condición de su misión. Hay aquí una paradoja: porque “koinos” (de donde viene koinonía) significa “impuro” y “hagios” (santo) todo lo contrario. Con ello se indica que la santidad del Espíritu no lo “separa” de la Iglesia que es también pecadora, impura, ni tampoco del mundo: el Espíritu ha sido derramado sobre toda carne. Decía Paul Evdokimov que “sabemos dónde está la Iglesia; pero no nos compete a nosotros juzgar dónde no está la Iglesia”. Sólo el Espíritu lo sabe. La Iglesia es invitada por el Espíritu a colaborar en su misión sin cerrarse, dispuesta escuchar y también a hablar y dar testimonio. La misión de la Iglesia no predetermina la misión del Espíritu. Es al contrario: la misión del Espíritu ha de predeterminar la misión de la Iglesia en todo momento. La Iglesia ha de estar dispuesta a “des-poseerse”, ha de renunciar al pensamiento totalitario. La causa de Jesús -en cuanto que Él es la revelación de Dios, el Hijo de Dios- es -¡ni más ni menos! “la cuestión de Dios”. Hablar de Dios es hablar de Jesús. Ésta es la gran cuestión que nosotros –los seguidores de Jesús- llevamos al diálogo interreligioso (Rowan Williams, The finality of Christ), llevamos a la sociedad influenciada por el secularismo, el ateísmo, el agnosticismo, el olvido de Dios.
  • La nueva Evangelización es también “glorificación”, doxología. El Espíritu Santo no solamente nos lleva a la verdad completa. Él es el glorificador de Dios Padre  del Hijo. El Espíritu lleva la obra de Dios -la creación y la redención- a su apoteosis. De ahí la importancia que tiene en la nueva Evangelización la glorificación de Dios a través, sobre todo, de la Liturgia sacramental y mistérica, pero también a través de la piedad popular. Ahí está el Espíritu Santo “glorificando”, mostrándose en el rostro de todos los redimidos en su infinita diversidad (Vladimir Lossky). La nueva Evangelización puede ser comprendida como la gran iniciativa del Espíritu Santo en nuestro tiempo para “dar gloria a Dios”, al Abbá y al Hijo Jesús, para descubrirle a la humanidad actual sus valores, sus virtudes, sus logros, su humanismo, su belleza y, al mismo tiempo, para sanarla de sus males y errores y expulsar de ella los malos espíritus que intentan dominarla. Y también es una gran iniciativa del Espíritu Santo para descubrirle a la Iglesia cuánto es amada por Jesús, cuántos valores y virtudes la adornan, cuánta belleza irradia con su liturgia, su caridad, su doctrina, su testimonio y para sanarla también de sus impurezas, sus males, sus pecados, su parálisis misionera.
  • ¿Y qué novedad? La novedad que la nueva Evangelización, así entendida, aporta no excluye obviamente nuevas estrategias misioneras, ni nuevos lenguajes o formas de comunicación, ni tampoco la creatividad artística o la agudeza intelectual para hacer más bello el mensaje y la presencia. “Lo nuevo” acaece, sobre todo, en un nivel más profundo: en el descubrimiento de la Presencia en todos nosotros –en la Iglesia y fuera de la Iglesia, en la humanidad y en el planeta, en el planeta y en el cosmos- de un “principio divino” que crea armonía, comunión: que “en Él vivimos, somos y existimos”, que “está con nosotros hasta el fin de los tiempos”, que es “el Reino de Dios” ya inaugurado. Se trata del “invento de todos los inventos”. Descubrir esta Presencia es reconocer que “tanto amó Dios al mundo…”, que todo está regido por el principio “Misericordia”. Que este mundo, tal como es, no está dejado de las manos de Dios: está llamado a vivirse en Alianza indisoluble con Dios. Que es un mundo llamado a ser “casa de todos”, donde todos tengan un solo corazón y una sola alma y todo en común.
La nueva Evangelización consiste en anunciar con una convicción cierta que el mal no tiene futuro; que el olvido y desprecio de Dios no trae ni tiene futuro. Que nadie puede frenar la bajada de la Nueva Jerusalén y la celebración de las bodas del Cordero con toda la humanidad. ¡Esta es la novedad que iluminará a nuestra generación, y cegará a quienes no se dejen cautivar por ella!
  • ¿Y qué mensaje? Si Dios nos ha hablado y nos ha enviado a su Hijo-Palabra, si el Espíritu habla por medio de los Profetas, ¿porqué dudarlo? El mensaje es “la Palabra de Dios” transmitida de mil modos, comunicada convincentemente, creíblemente, apasionadamente. Se trata de dejar a Dios que hable “al corazón”, que su Palabra sea “la espada de doble filo”,  que llegue su mensaje hasta los confines del orbe. Y hacerlo con el estilo de Jesús: no como quien va por todas partes riñiendo, espantando, como un profeta de desgracias y denuncias, como un crítico que todo lo ve mal, como un personaje anticuado, de museo, maloliente, des-ubicado. Más bien, como mensajeros de la Alegría, de la buena noticia, como gente capaz de entusiasmar, como personas movidas por el Espíritu Santo que esparcen por doquier el buen aroma de Cristo Jesús. Nosotros no comunicamos el Mensaje de la Palabra como “solistas”, sino como “coro sinfónico”. El anuncio del Evangelio del Reino de Dios llega al corazón y transforma cuando se hace de forma coral sinfónica (¡que sean uno para que el mundo crea!, oraba Jesús). Hemos de ensayar mucho para que la Palabra llegue así a nuestros contemporáneos. El ensayo nos armoniza con la gran y bella tradición eclesial de 21 siglos, es decir, con la fe de nuestros padres y madres; nos armoniza con la fe profesada hoy en todos los continentes, en tantas y tantas iglesias particulares y comunidades de creyentes. Ser portadores y portadoras de la Palabra evangelizadora es ofrecer en nosotros todo este maravilloso conjunto sinfónico de tantos testigos en comunión. Para ello, ¡qué importante es ser discípulos en la escuela de la Palabra y de la Tradición! No se malgasta el tiempo asistiendo a lo largo de la vida a esa escuela. Siempre se aprende algo nuevo, siempre se descubren nuevas perspectivas y horizontes.
El Papa es el gran director de orquesta -¡no el solista intérprete!- que nos invita a todos a integrarnos en el único coro mundial y a acompasarnos y a interpretar nuestra propia partitura en beneficio del conjunto bello y armonioso. También nuestros obispos tienen esa misma función en el coro de cada iglesia particular. Saben muy bien que la Iglesia funciona polifónicamente y no en “unísonos” o en “solos”. Por eso, se hacen responsables si acallan voces que están en la partitura del Espíritu de Dios; pero ¡qué fantástica es su función, cuando son capaces de integrar la diversidad en una bella interpretación!
  • ¿Y a dónde llevar la nueva Evangelización? Los lugares a los cuales el Espíritu de Jesús nos envía no son –como en otros tiempos- “las misiones”. Somos enviados a todo el mundo, a este mundo en todo su entramado maravilloso y también perverso: al mundo de los pobres y marginados, de la economía mundial y local, de la política, de la ciencia, de la educación, de las comunicaciones y redes sociales, a la sociedad del conocimiento y la información. Somos enviados para disfrutar del diálogo con tantas personas inteligentes de buena y bella voluntad y también para el difícil diálogo con el mundo del fundamentalismo religioso o secularista, de la perversidad y los bajos fondos, con el mundo de las redes del mal; y, como es obvio, ¡para sufrir sus consecuencias! Es preciso estar muy atentos a las “mociones del Espíritu”. Él provee en cada momento lo que se debe realizar. Y sus misioneros y misioneras –y claro está también y especialmente nuestras Instituciones y Comunidades- debemos estar en todo momento disponibles para “una nueva misión”. Por ello, debemos de renunciar a la institucionalización de la misión sin fecha de término. Es propio de cada misión recibida, el que tenga su inicio y su conclusión. Y esto vale también para nuestras instituciones.  La movilidad que requiere la misión acabará con muchos inmovilismos, con las llamadas “vacas sagradas” a las que no se les puede tocar y que perpetúan instituciones incapaces de renovarse. Por eso, la nueva Evangelización requiere re-estructuraciones, re-organizaciones: la Iglesia y sus comunidades deben re-organizarse para la nueva Evangelización. La misión debe dar su configuración a la Iglesia, y no la Iglesia dar su configuración a la misión. Aquí está –a mi modo de ver- el “quid” de la cuestión: en el cambio de paradigma. Será la nueva Evangelización –protagonizada por el Espíritu- la que nos re-organice, la que nos transforme, nos vuelva “nuevos” o nos haga “nacer de nuevo”. Sí, la nueva Evangelización está requiriendo un “nacer de nuevo” del Matrimonio y la Familia en una nueva época, un “nacer de nuevo” del ministerio Ordenado en un nuevo contexto, un “nacer de nuevo” de la Vida Consagrada –porque si no puede entrar en procesos de muerte y extinción-, un “nacer de nuevo” del laicado con todas sus formas, movimientos y asociaciones. La Iglesia reconoce que la nueva Evangelización le está exigiendo un nuevo paradigma de diferenciación y comunión eclesial. ¿Estaremos ahora en disposición de hacer posible el gran sueño del Concilio Vaticano II? Quizá esa sea la gracia del Espíritu Santo para nuestro tiempo. Él ya nos envía señales.

Cuando algo nuevo está naciendo, aparece el Dragón apocalíptico para devorar a la criatura apenas nazca. Que se lo piensen muy bien, quienes desde su escepticismo o incluso cinismo, o desde su pereza, se opongan y menosprecien esta gracia que nos es concedida: pueden convertirse en cómplices del Dragón. Sin embargo, todo se concitará para que el proyecto del Espíritu siga adelante.